InicioJabón de olorSemana santa: el diablo Breto en misa

Semana santa: el diablo Breto en misa

El general Antonio Guzmán Blanco hizo excavar los cimientos de una iglesia sita donde hasta hace poco estuvo la Biblioteca Nacional para encontrar osamentas de fetos que seguramente sabía que estaban allí por chismes y hablillas, asunto de niñas de sociedad que iban a abortar allí los frutos de amores prohibidos. También construyó un gran templo masónico en todo el centro de Caracas, pero ante las indignaciones y quejas de su esposa Ana Teresa Ibarra de Guzmán declararó católico al templo rebautizándolo como Santa Teresa y nombrando a la puerta oeste Santa Teresa y a la que da al este Santa Ana. Quizá también dio nombre a la placita que está al lado de la iglesia, el nombre de Henry Clay, gran masón yorkino, secretario de Estado de los Estados Unidos, que estructuró y coordinó un equipo de embajadores ؙ—Poinsett, Harrison. Tudor— que combatieron al Libertador organizando revoluciones en Nueva Granada y Perú.

En un folleto que historia al nazareno de San Pablo se incorpora una radiografía de la cabeza de la estatua atravesada por un clavo, cosa natural porque está construida de madera y ya existían los clavos en los siglos de la colonia, que fue cuando esta versión de Cristo vestida de morado vivió su accidentadísima llegada a las costas venezolanas en un cofre navegador.

  Una completa comedia humana se ha vivido bajo las cúpulas de Santa Teresa, pero narraremos solo dos episodios, el de la tragedia y el del negro Breto vestido de morado.

Debió ser por 1956 que, en pleno jueves santo, estando la iglesia repleta de fieles, alguien gritó “¡Auxilio! ¡Incendio”, desatando un pánico cuya corrida y colapso en la puerta sur produjo 85 muertos!  La Últimas Noticias del día siguiente abundó en rostros ensangrentados, cadáveres de gente anciana rota, y zapatos, montaña de zapatos, porque parece que en reacciones de pánico la gente dobla los pies y expulsa el calzado. Pero no salió nada de José Ramón Márquez, niño de año y medio de nacido que fue pasado de mano en mano sobre las cabezas de la multitud y salió ileso.

Al negro Breto yo lo conocía de la plaza Concordia, de un corrillo que se reunía en la esquina a hablar de política y de estupideces. Se sabía que era un malandro, que se había metido en una quinta del Country Club a robar prevalido de que el perro lo conocía y era amigo de él. Pero me sorprendió verlo vestido de nazareno en la acera subiendo hacia Miracielos. Nos saludamos, nada en su conducta hablaba de religiosidad, nos despedimos. Al día siguiente llegó morado, pero de golpes, la boca hinchada y hosco. Cuando había como ocho personas en el corro nos explicó que después que yo lo vi, se metió a la iglesia, como todas las semanas santas lo hacía, y cuando veía una beata bien buena se le pegaba por detrás haciéndoles sentir el que te conté. A ellas le gustaba, se quedaban calladitas y las que tenían una vela en las manos la apretaban con fuerza. Y él tranquilo. Pero ayer una, que debió ser medio loca, empezó a gritarle “¡Sinvergüenza! ¡Abusador!” y entonces de no se sabe dónde, salió un cura español, fuerte, de esos alimentados con gofio, y le cayó a golpes.

Un trabajo como cualquier otro

Lo que sigue parece que es novela por el reencuentro de personajes, pero juro que es verdad. El autor de este texto, hombre ya de 24 años, se inscribió en la Escuela de teatro de la UCV, pero la universidad se envolvió en la moda del mayo francés, vivido en París el año anterior. Y un postulado perfecto e indiscutible de esta era que la revolución la iban a hacer los marginales, según anuncio del profeta Marcuse y había que empezar ya, de modo que se eligió di­rector de Cultura al negro Breto, co-director, mejor dicho, porque compartía con Haydée Machín.

Lorenzo había hecho teatro alguna vez, pero comprensiblemente su principal elemento de currículum era el ser atracador. Además del asunto de la quinta había participado en algún secuestro. Estas actividades habían contribuido a su estabilización económica de la siguiente manera paradojal: el padre de Breto, un italiano, era un constructor importante, beneficiado de la prosperidad del momento de estabi­lización de la democracia betancourista. Buscaba la respetabilidad, que es adorno del dinero. Deseó aparecer en las páginas sociales, pero grandes disgustos le ocasionaban los escándalos de aquel hijo, cuyas de­lincuencias publicitaban los periódicos en grandes titulares don­de, lógicamente, figuraba la palabra «Breto», el apellido «Breto». «El negro Breto atraca otra vez en la fábrica de ropa interior», «Negro Breto se bate a tiros con la policía en los Valles del Tuy». Y así.

El constructor Breto había reprimendado a aquel hijo engendrado en su juventud por causas que bien comprende quien sabe que a los italianos les excitan las negras. Obtuvo la negativa que siempre da el hijo rebelde. Entonces optó por un remedio distinto: le ofreció un sueldo a Lorenzo. No tendría que asistir a una oficina ni a las obras que la empresa adelantaba; ni siquiera debía dejar de atracar. Su trabajo consistiría en no identificarse con el apellido Breto cuan­do lo registraran en la prisión. Así de simple. Breto cobraba por no decir que era hijo de su papá. «Es un trabajo como cualquier otro», afirmaba él y explicaba que, cuando lo capturaban, presentaba en la reja de la cárcel la cédula de identidad, donde figuraba con el apellido de la madre, y era ese el que salía publicado.

Era inteligentísimo Lorenzo, demagógico, y tenía caliente el fulgor de la rebeldía cuando se incorporó a la Renovación Universitaria.

Se tomaba en serio su rol de director de Cultura. Alguna vez lo en­contré con las gavetas de archivos de la Escuela de Teatro sacadas y puestas sobre una mesa. Me explicó las causas:

—Estamos procediendo a una revisión exhaustiva de la planta profesoral y de la de alumnos, a ver cuáles actividades van a conti­nuar y cuáles no en los nuevos programas.

Debería suponerse que Lorenzo compartía enteramente la ideología de la Renovación Universitaria, particularmente su sustrato central, que valoraba la cultura como el fósforo de la revolución y rebajaba el economicismo; sin embargo, al clausurarse el proceso de Re­novación en la Dirección de Cultura, se constató la desaparición de tres máquinas de escribir y algunos cuadros de los que formaban la pinacoteca de esa dependen­cia. En las evaluaciones posteriores debió admitirse que marcaban la conducta de este militante, restos del economicismo que los inte­lectuales marcusianos creían inexistente en la conciencia marginal.

Las discusiones abismales sobre la presencia del pensamiento capitalista en lo más íntimo de nuestra conducta de revolucionarios, ocupaban a veces toda la noche. Brillaba Ludovico Silva con sus honduras filosóficas, peroraba largo Jacobo Borges, terminando toda exposición con la toma del palacio de Miraflores.  Imposible no recordar a un chiquitín de teatro apellidado Canelones que se subía al marco de una ventana y gri­taba que se iba a lanzar porque la rubita Ruth «no le daba a comer». Angustias tremendas creaba Canelones asomado al abismo desde aquel piso diez, al fin se bajaba llorando. Ya tarde en la noche cedíamos al deseo, caso en el cual nos íbamos con alguna de las mu­chachas a una hondonada sita en el jardín llamado Tierra de nadie, en el punto donde éste contacta con la pared posterior del edificio del Aula Magna. Aquí evoco a una gorda que ni sueño en nombrar porque hasta carro con chofer tuvo después, como corresponde a una socióloga jefa de un ministerio de Acción Democrática, y que en aquellas madrugadas lo hacía y lo hacía, sin que entrara a fallarle la voluntad. Tanta fuerza y peso ponía en sus actos que mató la grama de aquella hondonada. En los años siguientes, los jardineros colocaban capas de tierra nueva con grama en la pelada superficie y hacían trabajos de estabilización inútilmente. Solo tres años des­pués reaparecería lo verde en la hondonada, que recomiendo a las generaciones que inician su actividad en esa alta casa de estudios. Amanecíamos allí y caminábamos hasta el comedor universitario, a disfrutar el desayuno, abundante y delicioso.

Casi todos éramos de teatro, de ahí salió un grupo antiintelectual que montó una obra —Mecanismos— de pura expresión corporal, en el Ateneo de Caracas. Consiguieron unos pasajes para Francia, cuatro, de ida y vuelta. Cambiaron los de vuelta por cuatro más de ida, pues eran ocho actores-directores-escenógrafos. Los dirigía Augusto Dugarte junto al negro Breto, no llevaban dinero, pero sí una invitación para presentar su obra en el Festival de Nancy y su actitud de quemar las naves. No se supo más de ellos, a ex­cepción de años después cuando Dugarte apareció en Margarita, convertido en músico y guía de turistas y alegrador del cuerpo de las turistas.

Entonces vino el lío del joyero Fisbach. Breto le había secuestrado un hijo. No se sabía dónde estaba y la PTJ le dio al joyero un revólver con los seriales limados para que matara al negro o en caso mínimo lo capturara y lo llevara a algún sitio sin autonomía universitaria.  A la UCV se fue Fisbach pero el Breto se refugió en los sótanos del Aula Magna y asomado a la puerta llamó a Fisbach a que fueran a negociar, lo que impidieron los vigilantes, por miedo a que el negro matara al joyero en aquellas oscuridades. Imagínese el titular de Últimas Noticias, que le hacía la guerra a la izquierda: “Director de cultura de la UCV mata al joyero Fisbach”.

Tiempo después encontré a Breto y me dijo que Allende iba a ganar las elecciones y él se iba para Chile a apoyarlo. Y otro tiempo después lo topé en un restaurant del boulevard de Macuto comiendo sopa de aleta de pescado porque el viejo Breto se había muerto y como hijo natural le había quedado la mitad de lo tocante a un hijo legítimo, cosa que se había solventado entregándole el yate del señor. En ese yate salía a pescar a las cinco de la mañana, a las siete estaba vendiendo lo pescado y a las siete y media en el restaurant desayunando con la sopa. Evocando la Renovación Universitaria se fue más atrás, a los tiempos de su disfraz de nazareno.  Se reía con sus dientes incompletos proclamando “Yo era el diablo de la Semana Santa”.