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Última y secreta misión de Antonio José de Sucre

El mariscal Sucre debió salir de Bogotá a principios de junio de 1830.  Nada en su indumentaria identificaba su condición de militar, lo cual era lógico porque afirmaba ir a vivir apaciblemente con su esposa en la hacienda El Dean en la región de Ecuador. Eso no lo creían los liberales colombianos y ciertamente tenían razón, iba en misión dirigida a salvar a Colombia y ejecutar el plan de Bolívar, misión secreta. Un periódico de Bogotá llamado El Demócrata, había inserto un artículo titulado Sedición criminal, que dice:

«Acabamos de saber con asombro, por cartas que he­mos recibido por el correo del Sur, que el General A. José de Sucre ha salido de Bogotá ejecutando fielmente las órdenes de su amo, cuando no para elevarlo otra vez, a lo menos para su propia exaltación sobre las ruinas de nuestro nuevo Gobierno. Antes de salir del Departa­mento de Cundinamarca empieza a manchar su huella con ese humor pestífero, corrompido y ponzoñoso de la disociación. Cual otro Leocadio, lleva el proditorio intento de minar la autoridad del Gobierno en su cuna, ridiculizándole y burlándose aún de su misma generosidad. Bien cono­cíamos su desenfrenada ambición, después de haberle visto gobernar a Bolivia con poder inviolable; y bien previmos el objeto de su marcha acelerada, cuando di­jimos en nuestro número anterior, hablando de las últi­mas perfidias de Bolívar, que éste había movido todos los resortes para revolucionar el Sur de la República. Pero hablemos de lo que actualmente sucede.

Va haciendo alarde su profundo saber… Se lisonjea de observar una política doble y deslumbradora. Afirma que los liberales y pueblo de Bogotá, es lo más risible, o más ridículo que ha visto. En fin, osa decir, denun­ciando sus aleves intentos, que, si todos los pueblos son así, está seguro de cantar victoria en todos ellos. Dice además contra el Gobierno, que el actual Excmo. Vice­presidente de la República sólo tiene capacidad para oír demandas verbales; que carece de talentos para inter­venir en el Gobierno, pues actualmente no sabe lo que deba hacerse; niega la aptitud de todos los Ministros y tiene el descaro de asegurar que en toda la Nueva Gra­nada no hay quien pueda desempeñar esos destinos. Se burla de que se piense en la restauración del orden, y manifiesta su conato, su decisión por separar los pue­blos del Sur.

Sería difícil marcar cuál de estas dos aserciones es más fatua, más atrevida, más subversiva, más calumniosa, más llena de esa voraz ambición que le destroza las en­trañas y que en vano procura cubrir con una risa falaz y maligna. ¡Ved, colombianos, el más digno de los Gene­rales de Colombia! Pero él tiene razón cuando dice que en vano se procura restablecer el orden; él está al cabo de todos los planes para insurreccionar las tropas, él mismo es un agente de la intriga, él ve en la generosidad de nuestro gobierno apenas debilidad e ineptitud. Ya empiezan a germinar las consecuencias de no haberse permitido al pueblo, el 7 del corriente, amarrar a todos los factores descubiertos del motín que dio ocasión a la alarma de aquel día, para juzgarlos y castigarlos, pro­bados que hubieran sido sus crímenes. El 7 de mayo pudo haberse hecho célebre en nuestros anales destru­yendo del todo las esperanzas de Bolívar y asegurando la estabilidad de Colombia. Bolívar es hoy un Vesubio apagado, pronto a romper su cráter vomitando llamas de odio, de destrucción y de venganza… Su explosión es temible y puede lanzar al Gobierno republicano y a la libertad al caos del olvido. Sucre, Carreño, Luque, Portocarrero y otros pérfidos mariscales, son bocas que verterán la sangre, terror y espanto de que está hirviendo el fondo de aquel volcán.

Los pueblos del interior, que sirven obedientes al Go­bierno y sin peligro, no tendrían motivo de armarse, pero afortunadamente se levantan batallones con qué auxiliar, su fuese preciso, a nuestros compatriotas del Sur, bien oprimidos aún por el General Flores. Las car­tas del Sur aseguran también que este General marcha­ba sobre la provincia de Pasto para atacarla; pero el va­leroso General José María Obando, amigo y sostenedor firme del Gobierno y de la libertad, corría igualmente al encuentro de aquel caudillo y en auxilio de los invenci­bles pastusos. Puede ser que Obando haga con Sucre, lo que no hicimos con Bolívar».

Tenía razón el redactor del malvado artículo en cuanto que era cierto que el mariscal de Ayacucho no iba en retirada del mundanal ruido político. Lleva a pensar así su trayectoria en el Sur en la que visita a José Hilario López, uno de los conspiradores para matarlo, al doctor Mosquera, que acababa de ser electo  presidente de Colombia por el Congreso hostil a Bolívar y a José Erazo, puestero en cuya casa se repartió el dinero a los que iban a asesinar y durmió su última noche el mariscal, también habla en ese sentido la correspondencia que intercambiaron Obando y el general Flores por encima de la guerra que vivían, correspondencia de alarma, de miedo a lo que sienten o saben que viene a hacer Sucre. Es alucinante que por encima de las montañas que separan ambos ejércitos circulen mensajeros llevando cartas. Han salido publicadas con los años. En la primera le decía Obando a Flores:

«Pongámonos de acuerdo, Don Juan, dígame si quiere que detenga en Pasto al general Sucre o lo que deba hacer con él. Hábleme con franqueza y cuente con su amigo».

En la segunda le escribía:

«Reciba usted un recado preventivo de las miras de Don Antonio José, de un diputado del Sur. Usted, usted, usted y sólo usted debe contar con mi amistad, persuadirse de la posición de ambos, y que nuestra íntima, buena y franca inteligencia mantendrá la común tranquilidad y futura felicidad: no se desvíe de mi amistad, que el peligro es más grande de lo que se piensa. Si las cosas se ponen de peor querría hablar con usted, para ello yo iría a Tulcán, si a usted le parece, pero de un modo tan privado que sólo usted y yo sepamos nuestro viaje, de otro modo no convendría».

En la tercera se expresaba así:

«A. (quería decir Mariano Álvarez, que niega todo en su declaración como sospechoso) y el comandante G. (Guerrero) que van para ésa, impondrán a usted de mil cosas que son utilísimas a usted para su conducta, ambos llevan a usted advertencias de amigos que no lo engañan y que le dirán que el general Sucre lleva la intención de sustraer al Sur y ponerse bajo la protección del Perú. Si no estuviéramos viendo todos los días mil fenómenos, yo no me atrevería a creer semejante perfidia. Cuide usted mucho de esto, y cuente con el Cauca y con mí mismo para estorbar tal suceso.»

La pregunta es si Flores aceptó las invitaciones de Obando. Tres viajes ida y vuelta hubo de hacer el jinete trasladando las cartas de Obando y las respuestas de Flores. Si las hubo debieron ser de boca pues jamás se han leído. Qué loco es que dos hombres que se hacen la guerra se envíen cartas a través de las montañas que los separan.

El libertador se solidarizó con Flores en su lucha contra Obando y una Colombia santanderista que lo repudiaba. Ello exculpa a Flores. Era lógica la actitud de Bolívar, pero hay contradicción con que a la vez que viajaba Sucre, y una semana o más después, se desplazaba Tomás Cipriano Mosquera con los papeles del protocolo que haría ley la reconciliación de Colombia y Perú pautada en las batallas de Tarqui. Ello es mundanal ruido político, el más inmenso, el de triunfo total de Bolívar, o de Sucre, su lógico sucesor. Y es lo que nombra Obando en sus cartas.

 Bolívar pudo ignorar la correspondencia de Flores y Obando, era secreta. Por su revelación se ha señalado a Flores como culpable del hecho de Berruecos, igualmente porque separar a Ecuador de Perú era contradictorio con el espíritu del Protocolo Pedemonte-Mosquera y porque Flores siempre había sido envidioso de mariscal de Ayacucho.

En una novela que título El enigma de los ayacuchos he redactado el final, que coloco en la voz del capitán Estela, personaje de ficción, así:

Pensé acercarme a tocar al mariscal tan amado y a que me viera llorar su espíritu, si su espíritu estaba en el bosque, y que me perdonara porque llorar no es cosa de hombres. Pero justo entonces vi a la muerte. Aquella mujer flaca y calva se bajó hasta pegar la cara de la tierra como un lobo, como un perro enamorado, y bebió la sangre que bajaba de la cabeza. Después le dio el beso en la frente y le cortó un crespo del cabello con la hoja del azadón. Luego desapareció por una puerta del bosque. Corrí, me parecía enorme el ruido suavísimo del chocar de las patas del animal sobre las cebollas, respiraba su olor espantoso, me sonaba a escándalo el ruidodel baúl chocando con la grupa del animal, llevaba la cara blanca, corría y corría aunque, cuando me atrevía a voltear hacia atrás, veía nada más selva. Así bajé por la montaña de Berruecos y subí por la que le estaba enfrente, y ya iba siendo oscuro. La noche cayó y yo continuaba avanzando, despacio porque era subida. Entonces recordé que los prestamistas de Egipto otorgaban sumas muy altas sobre los cadáveres pues no hay familia que dejé de honrar la deuda porque el castigo es el descoyuntamiento y aventamiento de los huesos a las cuatro esquinas del mundo. El mariscal se ha parado delante de Osiris, juez munificente que es un ánfora con rostro y está sentado en medio de sus eminencias adláteres. Van los hombres a poner sus virtudes ante sus pies de juez, si son agraciados con la resurrección les dará a beber el jeroglífico de la resurrección. Pero sólo resucitan los que duermen íntegros de cuerpo en el seno de la tierra. Si el mariscal Sucre ha sido secuestrado en cadáver y dispersados sus trozos y su tumba llena con piedras, está condenado a vagar ciego en la noche, entre enemigos que le hacen heridas desde lo oscuro. Es un vagar eterno. Cada cadáver tiene su moneda bajo la lengua para el viaje. Hay tumbas de gatos en este castillo que sólo forman paredes azules, oscuras y tiene por techo el cielo. Cocodrilos se hunden lentamente en el barro. Osiris, ven. Bebo el jeroglífico de la resurrección.

3 COMENTARIOS

  1. Nuestra deuda con el marsical es grandisima. No hemos podido conformar una comisión de historiadores, de caracter público, privado o mixtos, para desentrañar este caso que en realidad fue ideado por la rancia oligarquía colombiana con obando a la cabeza. En Colombia reposa los documentos de la investigación y del juicio, y de las penas que se le impuso a cada uno, pero aquí, como cosa extraña, no tenemos ni una copia de ese legajo. Se fusila a Pulido, el venezolano que llevó a los asesinos a sitio donde dispararon a Sucre y al momento del fusilamiento maldijo a OBANDO y atodos los involucrados. Hagamos justicia con Sucre, sobre todo si en Colombia se dé un cambios de gobierno y Cocalombia, pase su condición de de narco estado, a Colombia la de Bolívar

  2. Los proceso de liberación de los pueblos, estan llenos de hombres idealistas, luchadores y líderes; pero también de hombres traicioneros, ambiciosos y cobardes, que irrumpen los caminos de la libertad…

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