¿A dónde mirar?

Hace algunas semanas me topé de frente con quien alguna vez fue una de las personas más importantes de mi vida. Creo que es la tercera o quizás la cuarta vez que nos pasa.

En esta ocasión, al igual que en las anteriores, él se limitó a clavar su mirada en el piso o algún otro lejano lugar. Y la verdad, se sintió raro.

Después de tantos daños, yo no deseaba (y tal vez ni siquiera soportaría) un saludo afectuoso. Pero, después de tanto amor, también me pareció extraño ignorarse de esa manera.

Entonces, ahí estaba yo, una mujer que defiende a ultranza la necesidad de bloquear del mundo virtual y de la mirada terrenal a todo aquel que nos lastime, preguntándome: Pero ¿de verdad debe ser así? ¿Qué se debe hacer en estos casos?

Luego, me reí sola entre pensamientos y recuerdos de momentos que ahora resultan casi premonitorios.

Pensé, por ejemplo, que me lo tropecé haciendo aquellas cosas que jamás estuvo dispuesto a hacer conmigo, pese a saber lo mucho que me gustaban. Léase subir el Ávila o tomar el sol en un parquecito cualquiera.

Una compañera de trabajo duró casi una década empatada con un pana pero jamás quiso casarse ni tener hijos con él. “No deseo eso para mi vida”, le decía. Un buen día, terminaron. Ella conoció a otro y en menos de lo que canta un gallo hubo matrimonio y dos hijas.

Otra amiga pasó años pidiéndole a su novio, un hombre divorciado y lleno de traumas, que le presentase a sus hijos. Él se negaba rotundamente: “ni ellos ni yo estamos listos para este paso”. Apenas la relación finalizó, él empezó a salir con otra mujer y los hijos de ambos.

Desde entonces, yo me convencí de la relatividad que rodea la frasecita: “no tiene nada que ver contigo, es que yo jamás haría eso”.

Y lo comprobé una vez más viendo a quien “jamás subiría el Ávila” dándole duro un domingo en la mañana.

Recordé aquellas tardes de café en las que yo solía preguntarle: “si un día terminamos y nos tropezamos por ahí ¿qué harías tú?” o las muchas veces que me dijo que uno “no debería odiar a quien compartió momentos duros a nuestro lado”.

Quizás la vida ya le demostró que sí, que nada es estático, que todos los sentimientos son válidos y el odio puede ser una de los tantos rostros del amor.

“Son dos, las caras de la luna son dos. Prefiero que sigamos, mi amor, presos de este sol”, te canté alguna vez.

Pensé y recordé, en calma, relajada, como algo que se siente raro pero ya no duele, como si se tratase de un sabor que no alcanzamos a descifrar ni tan siquiera describir.

Alguna vez leí que cuando dejamos de amar, el sentir del otro empieza a parecernos ridículo. Tal vez cuando nuestro dolor se transforma, aquello que lo ocasionaba pierde relevancia.  “Es bastante difícil no ser injusto con lo que uno ama”, diría Wilde.

Concluí que lo realmente triste no es que dos personas que compartieron una buena parte de la vida juntos empiecen a ignorarse, sino que una de las dos tenga que clavar su mirada en el suelo. Y me sentí contenta por no ser yo quien lo haga.

A estas alturas, y aunque algunos me llamen “doctora corazón”, yo sé cada vez menos del amor. No tengo idea de cómo se debe amar o esperar que te amen. De hecho, hago lo que puedo.

Sin embargo, poseo una certeza: nuestra forma de amar y de dejar a un lado el amor debería permitirnos mirar de frente… y al horizonte.

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