A los Vaska del mundo

Foto @linjianyangbe

En el año 2015, tuve la oportunidad de viajar a Moscú para cubrir el septuagésimo aniversario del triunfo de Rusia (y las demás naciones integrantes de la antigua Unión Soviética) sobre la Alemania nazi de Adolf Hitler.

La Segunda Guerra Mundial recibió en Rusia el nombre de «Gran Guerra Patria» porque no hubo ni una sola familia que no perdiera a alguno de sus integrantes, tuviera algún herido o desaparecido.

Como se imaginarán, durante aquellos días escuché las más conmovedoras historias de amor, ese sentimiento que nos mantiene a flote incluso en medio de la guerra y la muerte.

Hace días recordé una de esas narraciones. Se trata de la historia de dos mujeres (madre e hija) y su gato Vaska, quien pasó de ser la mascota consentida a convertirse en el proveedor y guardián de un hogar bajo el asedio nazi.

Cada día, Vaska salía a cazar —cuidándose de no ser cazado por los humanos— y regresaba con alguna rata o pájaro (mayormente palomas) a la pequeña casa de Leningrado (actual San Petersburgo), donde la mayor de las mujeres destripaba a la presa y preparaba algún estofado o gulash.

Las ratas abundaban precisamente porque los sobrevivientes de los bombardeos comían gatos. De hecho, en plena invasión enemiga se desató una plaga de ratas que complicó aún más el escenario.

Durante la cocción de las presas, el gato se sentaba cerca de su ama y esperaba su turno para comer. En las noches, los tres se metían bajo la misma cobija y Vaska las calentaba y adormecía con su ronroneo.  

Cuentan que, en agosto de 1942, el gato presintió el bombardeo mucho antes de que se anunciara. El animal empezó a dar vueltas y maullar como loco. Entonces, las mujeres agarraron sus cosas y huyeron de la casa hacia el refugio antibombas más cercano.

Obviamente, arrastraron a su gato con ellas y vigilaron que nadie se lo llevara para comérselo. Miles morían de frío y hambre. La falta de alimentos ocasionó actos de antropofagia/compraventa de cadáveres. Como todos, Vaska y su familia humana estaban hambrientos, flacos y débiles.

Durante el invierno, la mayor de las mujeres recogió migas para que al empezar la primavera su gato pudiera usarlas como “carnada” para cazar algunos pájaros. El salto del felino era rápido y preciso, pero su debilidad no le permitía quedarse con las aves.

Entonces, la mujer salía corriendo de los arbustos y lo ayudaba. De esta forma, lograron sobrevivir muchos meses más. Finalmente, en enero de 1944, se levantó el bloqueo y la comida empezó a aparecer. Desde entonces, la mujer le dio a su gato el mejor de los trozos de carne.

Vaska murió en 1949. Su ama se las arregló para enterrarlo en un cementerio de humanos y se aseguró de que nadie pisoteara su tumba colocando una cruz donde escribió “Vasily Bugrov”. Cuando llegó su momento de partir, su hija la sepultó junto al gato, y luego, a ella le tocó el mismo destino. Los tres sobrevivieron y yacieron juntos.

Recordé esta historia porque hace un par de años, mientras visitaba a mi novio, vi una gata hermosa, dueña de la mirada más penetrante que conozco, tomando el sol en la puerta de su edificio. El lugar tiene solo tres pisos. Por ende, fue muy fácil que la animalita me siguiera hasta el apartamento.

Esa tardé le di algo de comer y mucho amor. En los días subsiguientes, apenas la animalita nos veía salía corriendo a nuestro encuentro. Rápidamente notamos que era una suerte de “gata comunitaria”, una animalita esterilizada y querida por casi toda la comunidad.

Empezó a quedarse a dormir con nosotros y se convirtió en nuestro reloj despertador. A veces, se perdía por un par de días y verla regresar era una pequeña fiesta. Pero, confieso, siempre creí que ella retornaba únicamente por la comida… hasta que mi familia en pleno cayó con covid.

En aquellos duros días, con mi padre en terapia intensiva y mi hermano entre avances y retrocesos, la gata no se movía de mi lado. Una noche podría jurar que “besó” mi mejilla. En ese instante, comprendí que los animales sienten nuestra tristeza y nos ayudan, de una u otra forma, a superarla.

Varios meses después, en medio de la pandemia, con su respectiva dosis de encierro, desesperación y soledad, los niños de una de las vecinas casi caen en depresión hasta que nuestra gata apareció en sus vidas. Ella deja que hagan y deshagan con ella… con todo y su profunda cara de ladilla.

Ella va y viene de su casa a la nuestra. Al principio, me costó compartirla, pero hace días la vi “bailar” con ellos, ajá: dos patas en el suelo y dos en la mano de uno de los niños. La coñita tenía hasta ritmo. Ahí comprendí que esa había sido su decisión: ella sabe para quién y cuándo estar.  

Por ridículo que suene, el mundo sigue lleno de Vaskas que nos ayudan a ganar las batallas cotidianas. Es una lástima que algunos maltratadores de animalitos no lo comprendan.  

Cuéntame tu historia, redáctala como sea, juntos le damos forma y la compartimos. Difundir las distintas formas del amor, siempre es necesario: [email protected]

 

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