Afinar la puntería

¿Se puede o habría que cambiar la forma tradicionalmente impuesta de amarnos?

El miércoles fui al preestreno de la película venezolana “Un Cupido sin puntería”,  del director José Antonio Varela. Supuse que verla me daría un buen material para esta columna. 

De hecho, el titulo en si mismo me pareció que hablaba de varias cosas que me han ocurrido y seguramente a muchos de ustedes también: enamorarme de quien no iba pendiente de nada conmigo, sufrir “la perseguidora” de alguien que- hiciese lo que hiciese- no iría pal baile, que el “perseguidor” fuese el anhelo de una amiga, etc.

 El filme trata de todo eso y algo más. Sin embargo, hubo una idea (no haré spoilers, lo prometo) que se quedó rondando mi cabeza con mucha fuerza: ¿Se puede o habría que cambiar la forma tradicionalmente impuesta de amarnos?

Es decir, en el pasado, el matrimonio era un contrato que unía a dos familias y conducía a una forma de organización que aseguraba la procreación, la distribución del patrimonio y su conservación, sin que por eso los dos integrantes de la pareja tuvieran el “deber” de amarse.

Sólo la obligación sexual formaba parte del contrato, oficial o implícitamente, tal como lo expresaba la moral corriente hasta principios del siglo XX, cuando se hablaba del ‘deber conyugal’. El lazo no suponía necesariamente una unión psíquica profunda, como hoy muchos desean y buscan tener. Esto no impedía que tal unión se obtuviera a veces en un cierto número de pareja o que al menos ellas se lo creyesen. La tasa de separaciones era baja, claro. Pero ¿y la de infelices? 

Hoy, en cambio, se habla de “la complejidad del amor del siglo XXI”. Algunos aseguran que ahora todo es “peor”: relaciones más breves e hiperconectadas. El sociólogo y filósofo Zygmunt Bauman lo denominó “amor líquido”: vínculos inestables, inciertos, imprevisibles, ligeros, móviles, menos profundos, más fugaces. 

Según Bauman, un número creciente de personas busca -inmersas en la cultura de consumo- “relaciones de bolsillo” que no exijan esfuerzos prolongados. ¿Es esta la alternativa? No para el autor, quien advierte que, a pesar de las condiciones aceleradas, complejas y cambiantes, el amor sigue exigiendo vínculos más robustos y participantes conscientes, flexibles, comprometidos a trascender la superficialidad, dispuestos al diálogo profundo, capaces de realizar fuertes y prolongados esfuerzos.

Hace apenas unos meses, la Universidad de Málaga hizo un gran estudio al respecto. El trabajo, bajo la dirección de Félix Requena Santos, catedrático en el Departamento de Derecho del Estado y Sociología, concluyó que las personas quieren seguir viviendo en pareja, pero de una forma diferente a las generaciones anteriores.

Por ejemplo, aunque la gran mayoría de las parejas que no viven juntas lo hacen por motivos económicos (25,7%) y laborales (13%), por considerarse muy jóvenes (25,4%) o no estar preparados para convivir (7%), empiezan a aparecer también las llamadas parejas LAT (siglas en inglés de ‘Living Apart Together’), que eligen no vivir juntas a pesar de tener la posibilidad de hacerlo.

Las parejas que desean vivir en esta situación “por mantener su independencia” representan el 7% del total y tienen una edad media de 42,3 años. Uno de cada tres miembros está separado o divorciado y el 46,5% tienen estudios universitarios. Se trata de relaciones consolidadas, con más de seis años de duración. Son también las personas que menos esperan casarse (77,5%) y un 43% ha convivido en pareja previamente.

Mientras, las relaciones entre los menores de 30 años son más libres, pero al mismo tiempo más inseguras y con mayores incertidumbres. A la par, el estudio muestra que se ha producido un cambio importante en la percepción de la sexualidad, que pasa a ser una de las formas más importantes de comprobar la conexión emocional, pudiendo ser la incompatibilidad sexual un motivo de ruptura absoluta. 

Evidentemente, la sociedad actual reformula el ‘arte de vivir juntos’ y trae consigo relaciones de muy diversos tipos y formas, nuevas, diferentes, con una legitimación social cada vez mayor. Para mí, eso está bien. Pero las estadísticas también demuestran que ha aumentado “la frustración y el sentimiento de soledad”. ¿Realmente es así o solo nos expresamos de una forma más abierta? ¿Cuál creen ustedes que sea la mejor manera de amar?

Mientras lo piensan, pueden echarse una pasadita por el cine y ver qué opinión les genera el perfil psicológico de los cuatro protagonistas de “Un Cupido sin puntería”. Yo me confieso una combinación fatal entre Alicia y Verónica.  Además, me llevo una lección imposible de olvidar: “La verdad es un acto de amor”.

Cuéntame tu historia, redáctala como sea, juntos le damos forma y la compartimos. Difundir las distintas formas del amor, siempre es necesario: lasultimasnoticiasdelamor@gmail.com

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