Amar la soledad

Hace días, mientras tomábamos café, le dije a una vecina: “cuéntame una historia de amor”. Ella me miró desencajada y se cagó de la risa. ¿Qué pasa?, le dije, ¿acaso tú nunca te has enamorado?

Sí, claro que sí, pero mírame, respondió. Acto seguido, su mano hizo un amplio recorrido por su pequeño apartamento. Ajá ¿y entonces?, refuté, como quien no entiende la seña. En mi mente, alguien que pasa los 60 debe tener una serie de capítulos pasionales absolutamente memorables.

“Esta es mi mejor historia de amor”, me dijo. En ese momento, una sensación rara recorrió mi cuerpo, como quien prevé que escuchará algo que le quitará el sueño durante un par de días.

Entonces, ella empezó a contarme lo mucho que le había costado alcanzar la paz y lo profundamente feliz que se sentía estando “sola”, así, entre comillas.

Esta vez, capté su punto con demasiada facilidad. Tal vez porque a mí también me gusta la soledad. A veces, la necesito. Ella suele clarificar mi mente aún confundiéndola. Me ayuda a reconciliarme conmigo misma.

De hecho, siempre he considerado una lástima que la gente se frene por falta de compañía: «no fui porque nadie quiso ir conmigo» y de esa forma van engavetando sueños o desperdiciando oportunidades únicas.

Eso no significa que no me encante compartir con otras personas ni mucho menos que no las quiera o extrañe. Finalmente quienes me conocen terminan comprendiéndolo mejor que yo. Pero no siempre fue así. Cuando me mudé a vivir sola, casi nadie entendió mi decisión.

Yo me sentía la más arrecha entre las arrechas, pero en mi familia había una especie de decepción. Mientras, mis amigos se dividían entre los que pensaban que iba a morir de la depresión y los que creían que tendría una habitación de hotel en vez de una casa (con el montón de responsabilidades que ésta implica).

En aquel entonces, un carajo con el que estaba saliendo me dijo: «no te molestes, a nadie le gusta pensar que el otro estará solo, les da miedo y es normal». Entendí su perspectiva pero lo cierto es que solo desde esa soledad momentánea yo aprendí a acompañarme y a dejarme acompañar por gente que valiera mí tiempo.

Socialmente esto tampoco se entiende. El mesero te pregunta: ¿Usted está esperando a alguien, cierto? En los cines casi te reclaman: ¿viene sola? Ni hablemos de las playas o las posadas. Cuando no hayan cómo criticarte, apelan a la vieja confiable: «estar sola es peligroso para una mujer». Y sí, claro que es peligroso. Nadie más que una mujer lo sabe. Y lo seguirá siendo en la medida en que no cambien también esa forma de pensar/actuar.

Mi vecina me dijo que cuando finalmente salió su tan anhelado divorcio, ella empezó a hacer un montón de cosas que había paralizado precisamente por su esposo, los niños pequeños, la vida de casada. Entre ellas, estudiar, tener vida profesional y hasta inscribirse en un gimnasio.

Pero cuando más plena se sentía, se encontró con una amiga que le preguntó tajantemente: ¿Cuándo piensas rehacer tu vida? Ya saben, como si  la vida de una mujer se deshiciera cuando su relación amorosa concluye. “Mi vida está hecha”, respondió.

“Está bien que no quieras la soledad siempre ni para siempre, peor puedes permitirte disfrutarla un poco”, me dijo. El escritor y guionista de cine español, Noel Clarasó, nos aconsejaba: “aprende a amar la soledad; pero acepta siempre con gusto las interrupciones. El amor a la soledad es propio de todas las vidas triunfadoras”

En el peor de los casos, la soledad te mostrará lo que debes cambiar de ti. En un escenario más optimista, te volverás tu mejor amiga. Con ella, te fijarás en detalles que acompañada quizás no verías y te enfrentaras a “la libertad”.

Por ejemplo… te comprarías ese jean o esa blusa que tanto te cautivó si no tuvieras a quien preguntarle: ¿Te gusta? ¿Cómo me veo? ¿Qué tal me queda? 

Cuéntame tu historia, redáctala como sea, juntos le damos forma y la compartimos. Difundir las distintas formas del amor, siempre es necesario: [email protected]