Aquel triste payaso

Foto @linjianyangbe

Nos conocimos en 2011 o tal vez era 2010. En minutos, se ganó mi rechazo. Soy mala tolerando a los tipos que se la tiran de graciosos con el fin de llamar la atención.

“¿Podemos terminar este programa algún día?”, le ripostaba con frecuencia y él solo intensificaba su jodedera. Yo intentaba no caer en la inmadurez de sus provocaciones, pero lo hacía. Frases ácidas iban y venían, mientras nuestros compañeros de trabajo eran fieles espectadores de aquel show.

Recuerdo que una tarde, me hizo llorar de rabia. “Me sorprende que una mujer que acostumbra a arrojar tantas pedradas sea tan susceptible”, fue su respuesta.

Tiempo después, coincidimos en “El maní es así”. Cuando esas cosas pasan, yo nunca sé cómo interpretarlas: “Caracas es un pañuelo” o “Es una señal del destino”.

Los amigos en común unieron mesas. Mientras todos tomaban cervezas, él y yo acordamos, a regañadientes, pagar juntos un servicio de ron. “Algo nos une”, dijo.

Pase toda la noche ignorándolo.  Pero, entrada la madrugada, me tropecé en la pista con uno de esos especímenes que son incapaces de aceptar un no como respuesta.

“Llevo toda la noche viéndote bailar”, gritó el carajo. Pero no quiero bailar contigo, respondí. El tipo se alteró y Carlos salió en mi defensa. Segundos después, medio bar intentaba evitar una pelea.

Vámonos, le dije. Agarré mi cartera y salimos del lugar. Abordamos un taxi. Estábamos ebrios y eufóricos. Él dio una dirección y yo solo murmuré “¿a dónde vamos?” como quien se asume dispuesta a ir. La brisa fría de la madrugada se colaba por la ventana.

En minutos, llegamos a un barrio que mis ojos no reconocían. La casa tenía 3 pisos y las escaleras más complicadas que he visto: parecían 3 escalones en uno. Un par de bloques ausentes eran la ventana de su habitación y la luna se colaba de una forma brutal.

Bajo esa luz, me contó su infancia, adolescencia y juventud en las calles de una Colombia en guerra, el abuelo que amaba, el padre que nunca estuvo, la madre que se fue a España, el camino que lo trajo a Caracas; las fotos, libros y recuerdos que guardó en su maleta.

Creo que lloramos y también reímos, pero al despertar, el mítico “¿qué hiciste, Jessica?” no sé hizo esperar. Tomé mis cosas de forma sigilosa e intenté adivinar dónde coño estaba. Logré salir a la avenida principal y huir.

Esperaba, anhelaba, que el carajo formase parte del supuesto grupo de tipos que no escriben al día siguiente. Pero un par de horas después, llegaron sus mensajes:

“¿Por qué te fuiste? ¿Estás bien?”. “Sí, con otro error encima, pero bien”.

Intenté que todo siguiese igual, pero sus chistes se esfumaron, las corazas se habían caído. Tras semanas de evitar conversar con él, me envió un correo que aún conservo:

“Me gustas para ir al cine agarrados de la mano o para una aventura furtiva en algún motel, bailar en bares de mala muerte, verte una vez al mes cuando te den permiso en el ejército o buscarte recurrentemente. Es una propuesta débil, cómoda, seguramente requieres algo más audaz, que apueste y deje las carta encima de la mesa, pero no puedo hacerlo”.

Y sí, yo conocía a la perfección su incapacidad para el compromiso, su forma mágica de huir cuando algo empezaba a importarle demasiado.

Siempre le decía, parafraseando a Cortázar en Rayuela, que sus relaciones no funcionaban porque el amor era un puente y jamás Frank Lloyd Wright ni Le Corbusier harían un puente sosteniéndolo de un solo lado. Sus parejas lo daban todo y él nada.

“No me des nada entonces”, planteó… como si fuera tan fácil.

Vimos todas las películas de Ingmar Bergman en los festivales de cine del Celarg, leímos gratis en las librerías y visitamos un par de bibliotecas, comimos mucha pizza y tomamos mucho vino en un pequeño restaurante de Altamira al que nunca volví a entrar, conocimos todos los bares del oeste de la ciudad y hasta hice el ridículo bailando champeta una noche.

Nos veíamos una vez a la semana o todos los días del mes, estuvo cuando lo necesité y estuve cuando hacía falta, fuimos jodidamente felices. Pero algo en él no se creía merecedor de la alegría. Le costaba disfrutar las bondades que a veces tiene la vida.

De repente, sin alcohol y monte no había nada. En el fondo, su “humor” escondía la más profunda de las tristezas. Tras cada rumba, se hundía en el abismo. Y pronto, yo me convertiría en la madre que lo exhortaba a “dejar toda esa mierda”, en la enfermera que intentaba curar sus daños actuales y sus heridas del pasado.

Si cierro los ojos aún puedo recordarlo al lado de la cama, con su guitarra, tarareando a Caifanes: “Ayer me dijo un ave que volara por donde no hay ardor (…) que abrace al miedo con tus sueños, que sea un guerrero de sangre para que nadie te haga daño”.

Pero yo no necesitaba un protector, ni él podía proteger a los otros de sí mismo. Era un tipo dañino, su propia versión de “Balada triste de trompeta”, un payaso que no sabía reír, la ternura delirante de un pequeño monstruo.  Y a la vez, un tipo profundamente hermoso.

Una noche pasó la previsible: “Tengo que dejarte”, murmuró. Lo besé. A los días, me devolvió mis pertenencias. A las semanas, se fue de la ciudad. A los años, y desde la distancia, me pidió perdón.  “Gracias”, le dije. “Te amé profundamente”, me respondió.

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