Aquella única noche

William era profesor universitario, tenía 30 años y varias historias de amor fallidas. En medio del desgano que generaron esos fracasos, conoció a quien luego se convertiría en su esposa. La mujer venía en combo: tenia una bebé de apenas 11 meses y un despecho brutal.

Empezaron a salir, él alquiló una pequeña casa para ella y su bebé, quienes vivían subarrendadas en la habitación de un apartamento. Entonces, tuvieron una idílica luna de miel, se casaron y finalmente William le dio su apellido a la bebé y la asumió como propia.

Tenían 3 años juntos, cuando los problemas empezaron a asomarse. Ella tenía un carácter muy fuerte, las expectativas de ambos comenzaron a chocar, y para colmo de males: un tercer apareció en la relación. Era, nada más y nada menos, que el papá biológico de la niña.

El tipo que la abandonó, apenas se enteró que ella tenía la barriga llena de huesos, llegó para demostrar que poseía un gran poder de influencia sobre ella. “Entiéndeme, él fue el amor de mi vida”, le dijo su esposa una mañana. Pronto, aquel matrimonio estaría repleto de dudas.

Entonces, William se refugió en su trabajo: asumía una clase tras otra. Hasta que, de pronto, un reencuentro lo dejó fuera de sí. Se trataba de Carolina, una exestudiante, a quien le había dado clases meses atrás, y con quien se descubrió chateando sin razón aparente.

Ella formó parte de una sección donde todos querían a William, las clases eran emocionantes e interactivas, los chamos trabajaban, cumplían y salían bien. Esos raros ensoñamientos académicos que los profesores vivimos de tanto en tanto.

Carolina vivía en casa de sus padres, pero con su pareja y una hija. Tenía un buen esposo, pero naturalmente había algunos conflictos de fondo que fueron el caldo de cultivo que la hizo terminar flirteando con un profesor del semestre anterior.

Ella tenia un trabajo de medio tiempo, mientras que su marido tenia varios empleos en una ciudad cercana. Por ende, Carolina pasaba mucho tiempo sola. De repente, la mayoría de esas horas las empezó a ocupar conversando con William.

Él sabía que no debía involucrarse en una situación que traspasaba los límites éticos, trastocaba la integridad de su hogar e inflaba unos globos de ilusión que, tarde o temprano, iban a explotarse o espicharse. Pero no supo detenerse. Un día se descubrió escribiéndole “¿Ya comiste?” y de golpe comprendió que sería imposible dar marcha atrás a esa historia.

Hablaban de todo, de la cotidianidad, de poesía, música, política, de su trabajo y el de ella, de su niña y la de él, de los problemas que ambos vivían con sus respectivos matrimonios. “Nos encontramos en la soledad de tener unas parejas que, de vez en cuando, eran alguien en la cama, y casi siempre, alguien bajo el mismo techo, pero no en ese espacio que constituyen las cosas que ilusionan e importan”.

¿Amaba ella a su marido? ¿Quería William a su esposa? ¿Las inconformidades con él o ella eran una razón valida para ir armando una especie de tienda aparte, un rincón emocional que comenzaba a ser cada día menos rincón? Carolina visitaba su cubículo al salir de clases, se vieron en algún café, compartieron varios almuerzos.

“Construimos una comunicación intensa basada en nuestra compatibilidad, en su habilidad y la mía con las palabras, para leernos entre líneas y descubrirnos el uno al otro con lo dicho y con lo no dicho. Escribirnos, leernos, escucharnos, y vernos se iba haciendo cada vez más necesario”, recuerda William.

Hasta que finalmente, él alquiló una cabaña en las afueras de Mérida, se esmeró cocinando, compró el mejor de los vinos y avanzaron al único paso que restaba por dar. William todavía tiembla al recordar esa noche. El encuentro tuvo lugar hace ocho años y medio. Nunca más se repitió.

Siguieron conversando, pero ella sacó sus cuentas: se sentía muy atraída por William, pero tenía un esposo y una niña pequeña.  Más allá de los defectos de su compañero sentimental, él era un chamo que trabajaba día y noche para darles todo. Entonces, ella prefirió marcar distancia física.

William estaba desecho por partida doble. Su esposa finalmente se fue con el progenitor de la niña y su amante se estaba alejando. En medio de la desesperación, él intentó retener a Carolina hablándole de su ruptura y pintándole pajaritos preñados. Pero ella, a pesar de escucharlo y consolarlo, puso sobre la mesa su única carta: seamos amigos.

Pocas veces esta propuesta se materializa. William insistió, ella se obstinó y en un santiamén, lo bloqueó de WhatsApp y lo borró de todas sus redes sociales. “Ya déjame en paz”, fue el dictamen final. Él quiso recuperarla con distintas trampas y carnadas, pero ella no pico ninguna. Era definitivo: ni amante, ni esposa, ni hija adoptiva.

William entonces siguió siendo lo que era: un profesor universitario. Cuando parecía estar dejando ese capítulo atrás, su esposa regresó en junio del 2012, con la bebé en brazos, y el arrepentimiento a cuestas. Le había tocado vivir su propio laberinto al lado del padre de su hija. Estaba arrepentida y él también. Volvieron. Tienen seis años juntos y tres hermosos hijos. 

Pero William aún conserva un secreto. En 2018, ubicó a Carolina, tras años intentándolo. Ella se había mudado del país con su esposo y su hija. La excusa para escribirle fue felicitarla por su cumpleaños. Después, se ofreció a ayudarla para finiquitar su carrera, detenida por el exilio forzoso pero necesario y reparador que tuvo que vivir.

Cuando volvió a Venezuela para graduarse -sola- compartieron por unos instantes. Ella le prometió un almuerzo, pero cuando él intentó ponerle fecha y hora al encuentro, Carolina opto por la vieja confiable: “yo te aviso”. Entonces, William supo que esa salida jamás se concretaría. Su exalumna, ahora licenciada de la República, partió de nuevo.

Ella nunca le escribe por iniciativa propia, pero de vez en cuando le responde por las redes. “Asumo que no quiere parecer demasiado interesada o que, en definitiva, no lo está. A veces pienso que me mira desde lejos, desde la barrera, protegida. Otras tantas, creo que no me percibe. Muestra poco de su vida. Yo igual la pienso, la pienso siempre, sin los impulsos acosadores de hace algunos años, pero con una inmensa curiosidad”, confiesa.

El mayor tormento de William radica en no saber ¿quién es realmente Carolina? ¿Qué sintió por él? ¿Le habrá dolido alejarse? ¿Estará dispuesta, algún día, a repetir aquella única noche?

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