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Atrapado en la friendzone

En la cultura popular, se conoce como ‘zona de amigos’ a una relación interpersonal entre dos personas, donde una tiende a enamorarse y la otra no. Pero ¿se puede salir de ella?

Cuando Leo era adolecente, experimentó algunos cambios en su comportamiento por culpa del amor. Lucia “lo llevaba loco”. Pero, después de todo, eso era algo bastante habitual a su edad.

La mayoría de los chamos atraviesan esa rara etapa donde empiezan a destinarle la mayor parte de su tiempo al crush, se la pasan «pegados» al celular, cuidan más su aspecto físico y a veces hasta pierden el apetito de tantos nervios. 

Él alucinaba con Lucia. Sabía que ella no era exactamente hermosa, pero tenía un carisma que hacía que todos los carajos la persiguieran mientras las demás compañeras de clase repetían coléricas: «pero ¿qué le ven?” o “yo no sé lo que se cree ésta».

Aunque, en realidad, ella no andaba con mayores pretensiones. Sonreía siempre, se adaptaba con facilidad a los cambios, no era egocéntrica, escuchaba más de lo que hablaba y sabía decir casi cualquier cosa sin herir a nadie.

Leo lo sabía porque era su amigo cercano, pero en el fondo tenía la esperanza de conquistar su amor y precisamente esa cercanía lo hizo creer (ingenuamente) que tendría más oportunidades que el resto.

Siempre recuerda que a ella un día le dio por decirle su concepto de «hombre ideal». Primero —dijo con voz dulce— debe ser un caballero, escucharme, ser considerado, respetarme, ser romántico y detallista.

¡Bingo! Leo iba anotando asteriscos en su tabla mental, estaba segurísimo de que él reunía todas esas cualidades ¡y más! Durante esos días, sintió más confianza en sí mismo que nunca. Sin embargo, a las semanas, ella le presentó al verdadero candidato.

Se trataba de Arnaldo, un mujeriego con pinta de modelo de productos para el cabello, flaco como un hueso, experto en mirar a todos por encima del hombro y tratarla como un accesorio. Ella lo miraba con ojos de becerro a medio morir y le susurraba frases inteligibles.

¡Que bolas! —pensó Leo— Entonces, ¿qué coño le pasó a esta mujer? Ese carajo no llena ni un «check» en su famosa lista de deseos.

Al final, terminó concluyendo que a la mayoría de las mujeres les gustan los tipos egocéntricos, demasiado seguros de sí, indiferentes ante las necesidades femeninas. De lo contrario, van directo a la «friendzone», el espacio destinado al pana, un amigo chévere, el casi un hermano.

Entonces, empezó a imitar el comportamiento de Arnaldo, pero al cuadrado. Al hacerlo, se levantó nada más y nada menos que a Romina, la chama más sexy de todo el liceo, quien evidentemente creía que todos debían estar a sus pies. Un día, ella lo escuchó decir: “Romina puede estar muy buena, pero no me interesa». Eso bastó y sobró.

—Pero yo sé que te gusto, le dijo delante de sus amigas.

—Eso no es asunto tuyo, respondió él.

—Pero, ven acá, ¿por qué me hablas así?

Acto seguido, tuvieron un romance fugaz pero intenso.

Hasta que apareció Carolina y echó por tierra su recién adquirida técnica. Ella era hermosa, elegante, una reina. Rápidamente, se hicieron amigos. Aunque secretamente, Leo moría por ella. Una tarde la encontró llorando, sola, en el parque del liceo.

Listo. A río revuelto, ganancia de pescadores:

—¿Qué tienes?

—Estoy muy triste.

—No te preocupes mi amor.

—Me rompió el corazón.

—No te merece.

—Nos abrazamos y nos besamos, pero se arrepintió…

—Ven, me tienes a mí.

—Eres un buen amigo.

—Lo sé y cuentas conmigo.

—Pero es que ¡me aceptó, nos besamos!

—Definitivamente, le debe faltar un tornillo para no ver lo increíble que eres.

—Ella fue una cobarde.

—¿Ella? 

Los segundos de silencio se abrazaron con la eternidad.

—Ay, disculpa. Es que nunca te dije que a mí me gustan las mujeres

Finalmente, ante su incapacidad para competir con el porte de Arnaldo o la sensibilidad de las mujeres, Leo decidió seguir siendo un patán a ver cuántas Rominas más se encuentra en la vida. 

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