Buena suerte y hasta luego

No estoy segura, pero creo que nos conocimos en el 2014. No le presté mucha atención. Yo estaba felizmente empatada y él era parte de un gremio “farandulero” del que siempre preferí alejarme.

Los músicos, al igual que los poetas, suelen usar las mismas técnicas de seducción y son bastantes propensos al coqueteo con todas y por todo. O, al menos, esa era mi impresión tras varios años impulsando unos “viernes culturales” en la emisora donde trabajaba.

Por eso, esa entrevista fue como cualquier entrevista. Pero, un año después, nos tropezamos en un concierto. Era sábado, yo estaba soltera, y el tipo cargaba unos pantalones rojos que le quedaban bellísimos. Lo mínimo que podía hacer era decírselo ¿no? “Ese pantaloncito levanta pasiones”, le escribí. “Creo que me piropeaste”, me respondió.

Y bueno, si, ¿cuál era el problema? A casi ningún carajo los “colores vivos” le quedan tan bonitos como a él, pensé. Del resto, yo no sabía nada de ese chamo, ni me interesaba averiguarlo.  Hablamos de lo que hablan los mortales que desean permanecer en la orilla: el trabajo, el país. Aún así, un par de semanas después, caímos revolcados por las olas.

Con el tiempo, no hubo tantos pantalones rojos. Al contrario, conocí su rara tendencia –consciente o no- a la ropa azul marina, marrón y blanca. Algunos creen que los colores que usamos develan mucho de nosotros. De acuerdo con esa teoría, este tipo era simple y calmado, pero también triste y frío. No obstante, la psicología del color le fallaba a mi lado.

Cuando estábamos juntos, su calma caía abatida ante la fiereza de la pasión. Daba amor y reía, siempre reía, incluso por encima de la tristeza milenaria que sus ojos parecían albergar. Fue un amor improvisado, una relación que sabía a papelón, olía a naranja y era tan suave e intensa como los aguacates maduros que él solía regalarme.

Nos veíamos con frecuencia y hablábamos a cada instante. Aún me sorprende la cantidad de horas que pase al teléfono, a pesar de lo mucho que me ladillan las llamadas telefónicas. Las temáticas no variaron tanto: saltábamos de la política a la economía, de lo psicológico a lo social, del amor a la familia y los negocios, de la salsa a la trova.

De esta forma supe, que la fulana “química” hace que surjan maneras de conocer al otro sin la necesidad de caerle a preguntas. Él sabía casi todo de mí y yo de él, aunque no siempre nos contábamos las cosas de forma expresa. Nos caíamos bien. Confiábamos el uno en el otro. Lo quise y confieso que algunos días, me descubrí pensando “esto se parece a todo lo que siempre he deseado pero… él está casado, mamita, no lo olvides”.

La vi una sola vez. Los vi una sola vez. A su lado, sin duda, él se parecía más al tipo que vestía de azul marino y marrón. La tristeza de su mirada era proporcional a la de ella. Juntos lucían como un par de infelices establemente casados. Definitivamente, yo no quería su lugar, pero tampoco me sentía cómoda con el que estaba ocupando. Era su amiga pero también su amante, aunque no me sintiera como tal.

Un par de veces alcancé a preguntarle si era feliz. Él sabía a qué me refería, pero era una estrella cuando se trataba de esquivar lo que no sabía asumir: “¿Contigo? sí” o “Nadie es siempre feliz”. En los meses que estuvimos juntos, recuerdo que me tocó viajar a Ecuador. En esos días, conocí las formas más atípicas en las que un hombre puede decir “te extraño”.

En algún punto quise decirle “chamo, independientemente de mí, sepárate, parecen dos muertos en vida cuando están juntos” o “hermano, es que ni en las foticos decembrinas, alcanzan a meter bien el paro”. Eran dos jóvenes condenándose mutuamente a la infelicidad. Pero, temí sonar como “la otra” a la espera de que el tipo finalmente se divorcie.

Una noche, de la nada, me dijo –por teléfono- que él y su esposa buscarían tener un bebé. Pude haberlo insultado, aconsejado, convocado a decírmelo “en la cara”, pero nada de eso tenía sentido. Leyendo y releyendo sus palabras, entendí que su relación era como una empresa, en la cual había invertido “muchos años y recursos” y, por ende, haría cualquier cosa para evitar cerrarla, aunque todos los números estuviesen en negativo.

Entonces, guarde silencio y me fui. De seguir, corría el riesgo de terminar comprando escarpines y jugando a que nada me dolía. Creo que él sabía que su frase detonaría mi inminente partida. Durante mucho tiempo, cuestioné sus formas. “Yo jamás me despediría de un amor sin tan siquiera mirarlo”, pensaba. Pero luego entendí que ese final, tan mal logrado, tal vez fue una especie de “gesto de amor” hacia mí.

“Era la hora de huir y se fue sin decir llámame un día (…) Y la vida siguió como siguen las cosas que no tienen mucho sentido”, canté con Sabina durante 19 días pero menos de 500 noches. En la absoluta lejanía, y convencida de que los hijos no solucionarían nada, le desee siempre lo mejor. En mis adentros, sabía que regresaría cuando ya nada tuviera sentido.

Cinco años después del final, pasó. Supe lo que diría antes de oírlo. El divorcio era inminente. Y cuando por fin estaba haciendo lo correcto, parecía más perdido que nunca. En sus palabras, había una sutil invitación al ayer, pero yo soy una ferviente creyente de que retroceder, en materia de amor, no nos hace “coger impulso” sino “desnucarnos”. 

Me enteré que después de mi tibio rechazo, él saltó a otro viejo amorío. Quise decirle que se estaba equivocando… una vez más, pero temí sonar como la ex amante resentida. Además, quien quita que en el proceso de reencontrarse deba transitar antiguos caminos que lo lleven a otro destino. Buena suerte y hasta luego, amor.

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