Cocinar el amor

Entre los pocos recuerdos nítidos que poseo de mi abuela materna, hay tres que me erizan la piel: ella bordando en el patio de la casa, armando una trenza en su larguísima cabellera gris y amasando con pasión una mezcla para buñuelos que luego cubriría con el trapo más blanco que he visto en mi vida con el fin de dejarla fermentar y doblar su volumen.

Mi impaciencia quería levantar ese manto a cada rato. Pero ella me daba una nalgada juguetona y me ofrecía silentemente una de las lecciones que más me ha costado aprender: a veces solo debemos esperar si no queremos estropearlo todo.

Años después, mi madre empezó a ganarse la vida entre sofritos y guisos. Yo la acompañaba en sus largas jornadas y jugaba a ser mesera hasta que una sopa hirviendo me cayó encima y se me quitaron las ganas.  Desde que tengo uso de razón, su sazón mezcla los placeres mediterráneos con la sabrosura del Caribe. Sin embargo, nunca me enseño a cocinar.

De hecho, era casi imposible entrar a su templo del sabor.  Nunca pidió ni quiso ayuda aunque la necesitara. Y si se me ocurría manifestar mis deseos de aprender, solo respondía con un escueto: “bueno… mírame”.  En efecto, aprendí observándola y calculando, siempre a través del gusto, que ingredientes y cantidades llevaba cada plato.

Aunque eso lo supe muchos años después, cuando por fin fui la dueña y señora de mi propia cocina y pude poner a prueba mis habilidades. Si lograba imitar sus sabores, algo en mi interior lo celebraba. Ni hablar de las veces que conseguía superarlos olímpicamente.

Laura Esquivel tenía razón cuando escribió Como agua para chocolate: La vida sería mucho más agradable si uno pudiera llevarse a donde quiera que fuera los sabores y olores de la casa materna, más allá de cualquier amargo recuerdo.

Fue justo leyéndola cómo descifre en qué consistía esa cosa extraña que me conectaba con la cocina. Se trataba de una comunicación que iba más allá de las palabras. Una forma de dar y recibir amor entre quienes no aprendieron a expresar sus emociones de una mejor manera.

Además, “cuando se habla de comer, hecho por demás importante, solo los necios o los enfermos no le dan el interés que merece”. Tal vez por eso, en casa, cuando alguien no tiene buen diente inmediatamente levanta sospechas. Son códigos que nos unen.

La chef estadounidense, Julia Child, interpretada por Meryl Streep en Julie & Julia, decía que su primera comida en La Couronne (el restaurante más antiguo de Francia, fundado en 1345) fue “la apertura de su alma y su espíritu”. De esta forma, ella entendió que, pese a las penurias, “los placeres de la mesa y de la vida son infinitos”.

Y es eso… cocinar y comer es un acto de amor hacia uno y hacia los demás. Por un tiempo, confieso que no fui capaz de decir esto en voz alta porque, por alguna rara razón, en ciertos ambientes me hicieron creer que eso era contrario a ser una “mujer liberada”. Pero si algo ha cambiado en mis hornillas es precisamente eso: todos metemos mano al hacer.

En mi casa, las puertas siempre están abiertas y el pasillo impregnado de olores. Cualquier celebración inicia en el horno. Los vecinos entran directo de la reja a la cocina. Los amigos siempre tienen algo que meter o sacar de la nevera. Es un espacio donde imaginar está permitido, salga bien o salga mal.

De cada plato, se puede extraer una lección para el día a día: “solo las ollas saben los hervores de su propio caldo” es mi frase favorita, la que rememoro cada vez que alguien juzga la vida del otro o cuando casi caigo en la tentación de hacer lo mismo. La mayoría del tiempo me enfoco en mi fuego y mi cocción.

También celebro los condimentos que otros me regalan porque como dice el cuento: todos nacemos con una caja de fósforos adentro, pero no podemos encenderlos solos. Necesitamos la ayuda del oxígeno y una vela. El oxígeno, por ejemplo, vendría del aliento de la persona que amamos; la vela podría ser cualquier comida, música, caricia, palabra o sonido que engendre la explosión que encenderá uno de los fósforos. Cada persona tiene que descubrir qué disparará esas explosiones para vivir más feliz.

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