Como dos viejos amigos

Una oriental y un gocho.  Se conocieron en unas vacaciones. Ella apenas tenía 13 y él 16. Como par de adolescentes, “se detestaban”. Ella era una niña consentida y malcriada, acostumbrada a tener en bandeja de plata todo lo que deseara. Su madre había sido directora de varios bancos en el oriente del país y su padre era dueño de un pequeño monopolio de repuestos de autos y maquinaria pesada.

Mientras, Jesús era el típico muchacho criado en un arrabal, forjado entre sol y monte, en medio de trabajo y sudor. Su familia, por su parte, tenía sus propios cuentos de grandezas: abuelos millonarios dilapidando fortunas, algunos tíos que desfalcaron a la familia y otros que se quedaron ensimismados en los recuerdos de una época de oro que no volvería.

Sin embargo, sus mundos se unieron. Sin televisor en casa, ni mucho que hacer en ese pequeño pueblo andino, Jesús se dedicó a leer cuanto folleto, panfleto, periódico, libro o revista, se tropezara. Era conocido por muchos de sus amigos como “El Loco” o “El sabiondo”. Ella, al haber recibido mejor educación, le hacía frente en casi cualquier tema, convirtiéndose así en la única persona con la que él podía ser totalmente franco y abrir su mente a otras perspectivas.

De esta manera, Jesús empezó a apreciar la capacidad que ella tenía de cuestionarlo y reclamarle sus errores. “A veces nos encerramos tanto en nuestra propia cacofonía que pensamos que es el único ritmo con el que se danza, pero si abrimos bien los oídos y estamos prestos a escuchar, es posible que cierta saeta de palabras con que supuestamente te arremete el otro, no sea el infierno abriéndose frente a ti, sino un coro de ángeles que te quiere mostrar el camino”, cuenta.

Cuando ella regresa a tierras orientales, mantenían la comunicación a distancia; hablaban de todo y nada a la vez. Él esperaba con ansias las vacaciones estudiantiles o el asueto navideño para poder verla. Con ella, se sentía escuchado. De repente, todas sus desdichas y fortunas eran importantes para alguien. 

Pero al acercarse esas fechas, cualquier otro intento de relación o amorío de Jesús se disolvía. El joven no toleraba la de idea de que, estando con ella, en esas breves y preciadas semanas, tuviera que irse porque alguien más lo estuviese esperando.

Una noche, años después, durante una fiesta, ella le confesó su amor. Él no cabía en sí de la emoción. Sin embargo, a las semanas, la oriental volvió a su hogar y Jesús continuó su vida. Al poco tiempo, la joven partió a Europa y al regresar, se embarcó hacia EE.UU. En cada contacto se juraban amor: “solo debemos esperar un poquito más, unos días, unos meses, unos años”.

Pero, en su ausencia, la familia de la joven se dedicó a humillar a Jesús.  Para su madre, el pretendiente de su hija era un “indio venido a más”, un pobre tratando de escalar a una cima donde, definitivamente, no había espacio para él. Jesús decidió alejarse, pero casi dos años después recibió un correo crucial: ella ahora vivía en Colombia y estaba comprometida… con otro.

No obstante, días después supo más: a la joven le resultaba difícil vivir en otro país, se sentía incomoda con su carrera universitaria, la presión familiar la tenía al borde de la locura y, para colmo, su relación amorosa no andaba bien. “¿Puedes venir?”, le preguntó. Dos días después, él ya estaba allí.

Jesús la encontró desmejorada, con ojeras y principios de gastritis. Había reprobado dos semestres, no soportaba las exigencias académicas y familiares y estaba hundida en una profunda soledad. “La ayudé a organizar su vida y fueron las semanas más felices de la mía”.

Al poco tiempo, ambos regresaron a Venezuela y formalizaron su relación. Ella tenía 19 y él 22. A partir de ahí, estuvieron juntos durante cuatro años, en los cuales Jesús lucho por ganarse el cariño por su familia, pero mientras más lo intentaba, más lejos estaba de lograrlo. Un día sencillamente se rindió, y ambos decidieron dividir sus tiempos: cuando ella estaba con su familia, él no podía estar presente y viceversa.

Aun así, la madre de la joven seguía oponiéndose y al tiempo a ella se le agotaron las fuerzas, dejó de luchar contra su familia y prefirió dar por concluida esa relación. Un par de años después, Jesús la vio con su nuevo novio. Ahí estaba… la sonrisa que él bien conocía, los ojos brillantes, la felicidad en su rostro. El reflejo de Jesús ya no evocaba nada en su mirada ni en su corazón.

Él, tras cinco años de ruptura, aún le sigue la pista a través de las redes sociales, muy a pesar de las críticas de sus propios amigos.  En el fondo, Jesús espera que algún día, en un café cualquiera, ella se siente a su mesa, para hablar como dos viejos amigos, como dos viejos enemigos, como un viejo amor. Solo ese día planea contarle que tiene esposa e hijos y de vez en cuando ha sido profundamente feliz.

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