Con razón la esposa lo dejó

Corría el 2007, yo cumplía 18 años y había aprobado el segundo semestre de Comunicación Social. Ese día hicimos una rumba en el apartamento de la única amiga que vivía sola en Caracas. No sé cómo ni por qué razón, al lugar se llegó un grupo de chamos del último año de la carrera.

Los panas nos llevaban más de diez años, y formaban parte del centro de estudiantes… eternos repitientes, babosos a morir, politiqueros de oficio, ¿cazadores de presas fáciles? Quien sabe.

Sin embargo, en el grupo, había un carajo que desentonaba con el resto. Tenía 27 años, un TSU en administración, buenas calificaciones, andaba en carro, no tomaba ni fumaba, y poseía el carácter más pausado del mundo. Días después, empezamos a compartir en los pasillos de la UCV. Su interés en mi era evidente. Pero, la verdad, me molestaba su exceso de amabilidad.

“¿Cómo así?”, me preguntó una amiga cuando se lo comenté. “No sé, es que siempre me abre la puerta del carro, arregla la silla en el cafetín, insiste en cargar mi bolso, es incómodo ¿sabes?”, intenté explicarle. Ella no me entendió. Yo, al escucharme en voz alta, tampoco.

A simple vista, el tipo parecía “un caballero”. ¿Era yo quien estaba mal? ¿Me había acostumbrado al trato “informal” de los chamos de mi edad? No recuerdo que me hubiese “pedido el empate”, pero de repente… éramos novios. De hecho, a las pocas semanas, y de una forma muy natural, conocí a su familia: “Acompáñame a buscar rapidito a mi hermana y a mi mamá, vente”.

A los meses de estar juntos, me enteré que era divorciado. Se casó en agosto del 2004 y se divorció en octubre del 2005. Ya saben: el noviazgo había sido muy corto, se lanzaron al agua de forma prematura, convivir es difícil, etc. Normal ¿no? Ser divorciado no es una condena.

Sin darme cuenta, empezamos a compartir demasiado tiempo juntos y cuando yo deseaba reunirme con mis panas, él insistía en venir: “yo les hago la comida mientras ustedes estudian”, “así te espero para que no te vayas sola en camionetica”. Y yo, que siempre me he caracterizado por ser extremadamente frontal, no sabía cómo decirle “pana, déjame en paz, no voy pendiente de montarte cachos, pero quiero hablar con mis amigas a solas”.

En realidad, pensaba que hacerlo sería muy cruel. Finalmente, él era “tan bueno”, “tan “colaborador”. Una tarde, en medio de mi desesperación, solo alcance a decirle “mi amor, tienes 27 años, solo te faltan como 2 materias ¿por qué no te buscas un trabajo? De tiempo completo pues”. Pero él me respondió que aún no necesitaba hacerlo pues vivía de “unos alquileres”.

Así se nos fueron los meses.

Cuando se acercaba mi cumpleaños, otra vez, mis amigos y yo empezamos a planificar la fiesta. Con ese fin, improvisamos una alcancía, donde quincenalmente depositábamos algo. Cuando faltaban pocos días para el magno evento, abrimos la caja y ¿adivinen? No había nada.

Mis amigos y yo intentábamos, en constantes e inocentes ejercicios de memoria o imaginación, edificar como alguien externo a nosotros había podido hacer eso. Pero, él, cuando estábamos a solas, culpaba a uno de mis panas. Entre ires y venires, supe que “el ladrón” había sido mi pareja, pero —aún en medio de mi rabia— lo dejé pasar. “Quizás lo necesitaba y le dio pena decirme”.

Pero, de forma inconsciente, me fui alejando. Al notarlo, él empezó a manifestarme su “amor” de una manera “abrumadora”: dejaba mensajes públicos en todas mis redes sociales y me buscaba al trabajo/clases sin que yo se lo pidiera.

Tras meditarlo, y en perfecta armonía, yo decidí finalizar la relación. “No sabes lo que dices, actúas sin pensar, mejor hablamos mañana cuando estés más tranquila”, me respondió… y se fue. Esa noche, inundó mi celular con mensajes tan extraños que preferí ignorarlos. Además, al día siguiente tenía la prueba final de un curso de inglés, donde llevaba años matándome el coco.

Al llegar al instituto, él estaba ahí con un ramo de flores inmenso. Apenas me vio, empezó a llorar. “Esto no me puede estar pasando a mí”, pensé. Seguí de largo, directo al salón. En medio de la rabia y los nervios, expuse la historia del fantasma de Canterville de Oscar Wilde. Pero, lo hice mal, muy mal. Al finalizar la clase, perseguí al profesor rogándole un chance para volver a exponer. En ese momento, apareció mi ex y me haló por el brazo: “Vámonos”.

“¿Qué te pasa? ¿Por qué sigues acá?”, le pregunté asombrada. Él me empujó hacia la salida y pretendió montarme en su carro. “Estás loco”, grité. “¿Loco por qué? ¿Por qué no te dejo seguir puteando con tu teacher?”. Su rostro había sufrido una metamorfosis espantosa. Me zafé y empecé a correr. Él también lo hizo.

Al llegar a Chacaíto, intenté abordar la primera camionetica que vi. En ese instante, mi ex sacó un bolígrafo de su camisa y lo hundió en mi hombro. Volví a gritar. Forcejeamos. Corrí hasta el módulo policial de la esquina. “Niña… habla con él”, “vayan a casa a resolver sus problemas”, me dijeron los funcionarios.

Entonces, un camionetero —que había presenciado toda la escenaؙ— se acercó y gritó “móntate chama”, sacó un bate cuando mi ex intentó subirse y cerró las puertas de la unidad.

En segundos, mi teléfono explotaba entre mensajes y llamadas: “eres una puta”, “perdón”, “me las vas a pagar”, “te amo”. Llamé a mi mejor amiga. “Espérame en la parada, allá te explico”. Al llegar a su casa, me reporté en la mía y caí rendida. A la mañana siguiente, él estaba abajo.

Durante meses, mis amigos “me escoltaron”. Durante meses, él me persiguió.

“Con razón la esposa lo dejó”, dijo mi amiga una tarde. Gracias a eso, descubríamos el poder del internet. En la web, reposaba la sentencia de su divorcio y una denuncia por violencia de género. Entonces, lo hicimos público. Rápidamente recibí la llamada de su madre: “Por favor, no lo denuncies tú también. Él no es un mal muchacho. Ya no te fastidiará más”.

No sé qué hizo su vieja, pero el carajo desapareció.

En el 2013, seis años después, llegó un mensaje a la bandeja de spam de mi Facebook: “Si alguna vez no dije ‘lo siento’, probablemente a gritos mi alma lo hacía”. Era él.

Se había mudado a España. En las fotos salía con su novia, una niña idéntica a la Jessica de antes. Juro que pensé en alertarla, pero no lo hice. Fui cobarde. Temí verme nuevamente envuelta en el mismo horror. La verdad, tardé unos cuantos años más en entender que “el miedo es natural, pero no es la única opción”. Solo entonces, decidí nunca más volver a callar.

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