Cuando “el amor más grande” nos hace mal

Sofía creció en el seno de una familia pequeña pero aparentemente “normal”. Unos padres felizmente casados, un hermano mayor bastante responsable y un par de tíos jodedores. De niña, tuvo una infancia promedio, con algunos paseos al parque y otros al cine. Pero, a medida que fue creciendo, las cosas se complicaron.

Sus padres eran extranjeros, profundamente trabajadores y poseedores de un carácter bastante particular. Ellos no tenían tiempo ni conocimientos para ayudarla con sus estudios primarios y secundarios ni mucho menos para impulsarla a realizar alguna actividad extracurricular.

No obstante, Sofía contó con muchos “ángeles de la guarda” en su camino, entiéndase profesoras con vocación o madres de amigas con capacidad para arropar en su seno a una hija más. Gracias a ellas, Sofía conoció la playa y la montaña, pero también supo cuáles eran sus principales capacidades.

Sin embargo, nunca obtuvo una felicitación ni un gesto amoroso de su progenitora, con quien más compartía y quien más le afectaba, pues su padre trabajaba hasta muy entrada la madrugada. Tampoco logró contar con su apoyo ni mucho menos obtener su confianza.

Como una especie de obsesión, Sofía se empeñó en ser la mejor en todo, tal vez como una manera de despertar el “orgullo” de sus padres. De hecho, siempre estuvo en el “cuadro de honor” del colegio católico donde estudió subsidiada gracias a sus buenas calificaciones.

Al contrario, entre sus recuerdos más vívidos se encuentran las decenas de veces que tuvo que mentirle para poder quedarse estudiando un rato más; los cuentos que le inventaba a sus amigas para explicarles que, a pesar de ser la primera en su promoción, no podía ir a tal o cual cumpleaños; ni tampoco formar parte del equipo deportivo. 

Para intentar lidiar con esto, Sofía se escondió en la comida. Poco a poco, empezó a subir de peso y a sentirse cada vez más incomoda con su cuerpo y su vida. 

En contraparte, su madre intensificó las críticas y le compró prendas negras para disimular su peso. También la llevó a algunos centros tipo “reduce fat fast” o promotores de “la dieta de los puntos” para “arreglar eso”. Ninguna de los dos notaba que había un problema emocional del otro lado de la balanza.

Al llegar a su adolescencia, todo fue peor. Su madre jamás aceptó que Sofía tuviese amigos ni mucho menos “noviecitos” porque eso era “algo de putas” y su hija no sería una. En cambio, ella debía llegar virgen al matrimonio, la cual sería –además- la única manera en la que se le permitiría salir de casa. 

Entonces, permeada por las palabras y accionares de su madre, Sofía empezó a crearse concepciones erradas de casi todo. El sexo era malo, las fiestas también, los deportes igual, leer suponía una pérdida de tiempo, dormir no estaba permitido, estudiar en la UCV era “algo de vagos” y el trabajo es “para hacer dinero” porque la vida consiste en una serie de “sacrificios” y no en hacer lo que te gusta. 

Las pocas veces que se atrevió a defender sus creencias o sueños en voz alta, Sofía recibió un par de cachetadas, se encerró en su cuarto por días y noches, lloró en silencio miles de veces, perdió a personas que amaba por miedo a decirles lo que vivía, se sintió vacía, se creyó culpable, se llenó de miedos e inseguridades, perdió su autoestima (si es que alguna vez la tuvo) y pensó muchas veces en acabar con su vida. 

Al llegar a ese punto, Sofía entendió que algo debía cambiar. Se supone que “el amor de una madre es el más grande” pero en su caso resultaba tremendamente dañino… aunque nuestra sociedad católica aun no esté lista para esta conversación. Pero en cuanto a maternidad y paternidad se refiere, el hipercontrol, el abandono emocional o los malos tratos, pueden abrir heridas igual de grandes que la ausencia física.

Sofía por fin lo había entendido y ya tenía la edad suficiente para intentar tomar las riendas de su vida. El primer paso fue mudarse. Abandonar el “hogar” sin novio, matrimonio, ni virginidad, fue una hecatombe. Pero, para ella, se trataba de lo mismo: estar sola. Pero con la tranquilidad que le otorgaba no oír constantemente los reproches maternos.

Hacerlo supuso lidiar durante meses con el rechazo de su progenitora. Por ende, también implicó tener que perder contacto con otros miembros de su familia de los que no necesariamente quería alejarse. Irse dolió tanto o más que permanecer, pero su decisión tenía un fin, era su forma de abrazarse a la vida y darse a sí misma otra oportunidad. 

Para no desistir, día tras día se repetía “tienes todo el derecho a vivir tu propia vida. Te mereces tener relaciones horizontales, libres de sometimientos y juegos de poder”, aunque –en el fondo- le costaba creérselo. En realidad, aún se le dificulta asumirse merecedora de algo bueno. A menudo, sus heridas pasadas le juegan sucio, pero ella se niega a convertirlas en una excusa: “Soy más que lo que me pasó, soy mejor que aquello que hicieron conmigo”.

En medio de sus nuevas dinámicas, Sofía aprendió que no siempre “estar sola” es malo, que encontrarse consigo misma podía ser bonito, que –de una u otra manera- ella no era tan despreciable. También así, en la distancia, intentó comprender los motivos por los que su madre se comportó como lo hizo y en cierta medida lo consiguió: “Seguramente sus padres la trataron de la misma manera y nadie puede ofrecer algo de lo que carece”, pensó.

No obstante, cuando -para evitar seguir sufriendo- casi se convierte en una justificadora compulsiva del accionar de su madre, empezó a recibir terapia. Su psicólogo le explicó que, aunque el pasado de su madre hubiese sido duro, no era excusa para su accionar, pues las personas tienen la posibilidad de transformarse. 

Sofía admitió las heridas, se enfrentó a ellas con el único fin de cicatrizarlas, supo que su profundo temor a tener hijos radica en el miedo a ser con ellos “igual de cruel” que su madre, busca sanar para avanzar, para no reproducir patrones. Su familia la cree una “egoísta” pero ella –que pasó toda su vida pendiente de los deseos o las expectativas de los demás- hoy intenta pensar en sí misma. 

Confía en que el amor propio y las ansias de “vivir aprendiendo para no morir” puedan salvarla.

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