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¿Cuánto dura un despecho?

Gerardo y Valentina terminaron hace más de ocho meses. Sin embargo, él no deja de pensar en todo aquello que pudo contribuir al desenlace de aquella relación.

El día de los inocentes, como si se tratase de una broma, encendió la TV y estaban pasando “Jumanji”, la misma película que “vieron” la primera vez que ella lo visitó.

Diciembre fue el peor mes. En algún momento, lo invadió la ilusión de que Valentina volvería. Entonces, decidió pintar la sala de su casa tal cual como ella la quería.

¿Cuántos hombres han actuado así? Conozco a decenas que hacen lo que sus parejas se cansaron de pedirles justo cuando ya no hay vuelta atrás.

Como en la vieja baladita de Carlos Vives: “Hoy pagué las cuentas, arreglé un poco el jardín, decoré con flores como te gustaba a ti. De comer chatarra, ya dejé. Y de ver la tele hasta dormir (…) Ya la bicicleta la arreglé y por ti empecé a estudiar francés”

Tras el adiós, Gerardo cayó en cuenta de cuánto la amaba y subvaloraba la cotidianidad que compartían. Hoy anhela escuchar sus “regaños” por malgastar el agua, “dejar pelos en la afeitadora” o no animarse a cocinar.

Cada noche, sueña con recostarse sobre su pecho y que Valentina le haga “cafuné”, una de las palabras más bonitas del portugués, cuyo significado se resume en “pasar los dedos por el cabello de la persona amada”.

No obstante, los días transcurrieron y no recibió ni un mensaje de su parte. Gerardo se convenció de que tal vez no merecía su regreso. Entre sus principales errores, estuvo no aparecer cuando a Valentina la operaron de emergencia por una fuerte peritonitis.

En ese momento, estaban en medio de uno de sus extraños capítulos de amor-odio y él pensó que su presencia, la que ella tanto necesitaba, sería “un estorbo”. Hoy el sentimiento de culpa lo arropa.

La verdad es que, durante toda la relación, a pesar de que fueron más las altas que las bajas, Gerardo permitió que sus miedos no lo dejaran ver con claridad. En pareja es cuando más notamos los traumas que arrastramos. 

A pesar de recordar sus fallas, le dolía que ella no le diera “la oportunidad de remediarlas”, como si se tratase de una obligación. En una tarde de rabia, quemó todos sus obsequios, en un burdo intento de resetear su memoria. De hecho, hasta les prohibió a sus familiares y amigos “mencionarla”.

Por su “salud mental” o su “escasa inteligencia emocional” (aún no sabe cómo llamarlo) borró su número telefónico y la dejó de seguir en las redes sociales. También le daba la vuelta a la manzana para no pasar por su trabajo. Realmente se quería alejar, pero se la “encontraba” vestida de recuerdos en cada esquina de la ciudad.  

Ni hablar de aquellos momentos en que Youtube hizo gala de su mejor algoritmo para sonar “Lo Dejaría todo” (porque te quedaras) de Chayanne y “Se supone” (que ya por ti no sienta nada) de Luis Fonsi.   

Con esas canciones, Gerardo recordó que un día explotó de rabia tras haberla esperado durante cuatro horas en la estación del metro Independencia (Los Teques) pero hoy, ocho meses después de que terminaron, él sigue aguardando su regreso.

El escritor francés Frédéric Beigbeder popularizó la creencia de que “el amor dura tres años”. Pero ¿cuánto tiempo se necesita para superar una ruptura amorosa? Los expertos aseguran que la “amarga espera” puede oscilar entre seis meses y dos años.

En ese tiempo se supone que todos transitamos al menos seis etapas: el shock, la pena, la culpa, la resignación, la reconstrucción y la resolución. Gerardo no sabe por cuál va, pero hoy –por primera vez- afirma que, aunque ella nunca vuelva, él la quiere bien… cómo y con quien sea.

Por eso, escribió esta columna. “Valentina, supe que ya no tienes los ‘dientes de lata’ (ortodoncia) que tanto me gustaban, pero muero por volver a verte sonreír. Al principio, me parecía una hipocresía ofrecerte mi amistad, hoy ya no quiero seguir con esta guerra fría. A fin de cuentas, siempre serás lo que fuiste”.

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