Cuatro hijos de tres padres

Hilda es madre de cuatro hijos de tres padres. Tiene 62 años y un máster en crianza. La vida, que es muy caprichosa, fue poniendo en su camino hombres que parecían ser la oportunidad perfecta para “esta vez sí” ser feliz… o aprender la lección.

Al primero de los caballeros, “y disculpe que les llame caballeros, pero aún no los conozco bien”, como diría Groucho Marx, se lo topó cuando era una dulce quinceañera. El segundo llegó a escasos meses de sus 30 años y el último apareció tras pasar las famosas cuatro décadas. Abordó todos los trenes y, sin embargo, nunca llegó a la estación de la felicidad.

Por eso, pasó muchos años de su vida pensando que “el amor era un ingrato” incapaz de devolver lo recibido, capacitado para olvidarlo todo.  En el fondo, ella sencillamente no comprendía “qué había hecho mal”.

Sus relaciones amorosas iniciaban con gran fervor, pero rápidamente entraban en un terreno plagado de confrontaciones e inestabilidad, donde su ilusión se transformaba en desesperanza, hasta que finalmente los veía partir. “¿Será que no quería muchachos?”, se llegó a preguntar.

Finalmente, un parto es relativamente rápido, pero en el antes y el después están esas cuentas que muchos no sacan: ¿Qué tenemos para entregar? ¿En nuestra dinámica e intereses futuros hay lugar para un hijo? ¿Es posible construirlo? ¿Cuántos sacrificios tendremos que hacer?

Las preguntas sorprendieron a estos tres hombres sin haber estudiado ni un poquito, no supieron responder, no asumieron su desconocimiento, no quisieron indagar. Entonces, Hilda terminó pegada al barandal de una escalera con dos niños la primera vez, otro después y una última nena, cuando los primeros ya eran, incluso, mayores de edad.

Esa tercera vez, que no fue la vencida, es la más dolorosa. Cuando los momentos más duros habían quedado en el ayer, con sus tres hijos convertidos en “hombres hechos y derechos”, en vez de “resignarse a la soltería”, puso una ficha más en la ruleta del amor y “¡ahora sí! ¡mírenlo! ¡aquí está! ¡tremendo tipo! ¡tendremos una niña! ¡por fin la hembrita!”.

Pero, epa, ya va, “¿a dónde fue el papá?”

¿Qué pasaba con sus príncipes azules? ¿No les asustó salir con una mujer con hijos, pero si huyeron cuando llegaron los propios? Tal vez. Su compromiso era nulo.

No obstante, los hijos de Hilda no son medios-hermanos ni tuvieron que separarse en los periodos vacacionales para irse “cada uno con su papá” pues cada implicado se convirtió en prófugo de cualquier responsabilidad, unos fugitivos de sus propios frutos.

Al primero, padre de dos, sólo lo vieron cuando contaban con 8 y 9 años. Después, les envió un obsequio… se lee uno.  Los padres del menor de los varones ni eso. El de la niña menos, aunque su familia (padres, hermanos) si se han vinculado emocionalmente con la pequeña. 

A Hilda, por ende, le toco asumir sola lo que le correspondía a cuatro. Sin pensarlo ni un segundo, trabajó en cualquier oficio para que sus chamos comieran, estudiaran, y vivieran lo que todo niño merece vivir: las salidas al parque, el paseo a la playa, las fiestitas de cumpleaños.

Sin majestuosidades, pero todo se hizo, todo apareció, todo salió, pues, finalmente, ella estaba ahí. Con el paso de los años sus hijos hicieron el respectivo balance familiar y contabilizaron los inmensos sacrificios de su vieja, una mujer sin formación académica, que salió del campo a la ciudad en medio de la migración petrolera, sola, con un primer bebé en brazos, viviendo entre las cuatro paredes de un pequeño cuarto, mientras afuera la esperaba su “mala suerte en el amor”.

Hilda vivió para cubrir necesidades y pagar cuentas, dio más de lo que recibió, pero agradeció todas las solidaridades y providencias que aparecieron en su camino.

Su familia, aun desde la distancia, la absolvió y apoyó, pero sin liberarla nunca de su destino: de todas todas, los familiares no están para cuidar muchachos ajenos.

El tiempo, que es sabio y paciente, supo hacer una buena dupla con esos hijos, para enseñarle a Hilda que el amor romántico es solo una minúscula parte del amor. Aun así, sus cuatro muchachos que no se cansan de repetirle: “gracias por insistir”.

Sin embargo, las estadísticas develan que cada día damos las gracias más de veinte veces. Lo hacemos cara a cara, por teléfono, por correo electrónico. Pero ¿somos capaces de mostrar gratitud? Hacerlo consiste en demostrarle al otro que realmente valoramos y apreciamos lo que ha hecho por nosotros.

Para intentarlo, sus hijos se desviven por ella, le obsequiaron la casa que nunca tuvo, la impulsaron a culminar el bachillerato e iniciar sus estudios de Literatura, una selección académica que busca hacerle honor a una vida de novela.

En términos generales, ellos la apoyan o al menos respetan sus decisiones, lo que representa otra forma genuina y necesaria de amar. Además, Hilda es la adoración de cinco nietos, una treintena de sobrinos y un par de ahijados.  Después de todo, el amor no le fue tan ingrato.

Cuéntame tu historia, redáctala como sea, juntos le damos forma y la compartimos. Difundir las distintas formas del amor, siempre es necesario: [email protected]

 

ENLACES PATROCINADOS

				
					<div class="fb-comments" data-href="<?php the_permalink(); ?>" data-width="100%" data-numposts="5">&nbsp;</div>