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De prostituta endemoniada a santa: la historia de amor de María Magdalena

La mujer más amada por Jesús, no escapó cuando lo detuvieron y crucificaron

En Semana Santa, muchos profesan su devoción a Cristo. Sin embargo, una de las historias de amor más apasionantes en torno al mesías fue protagonizada por una mujer: María Magdalena, cuyo nombre deriva de Magdala, una ciudad portuaria en la orilla del lago Genesaret (famosa por sus burdeles), donde ella y Jesús se conocieron.

En ese encuentro, San Lucas la presentó como una pecadora, no obstante, jamás afirmó que haya sido prostituta. Horas después, mientras Jesús cenaba, María Magdalena se arrojó a sus pies llorando, los limpió con sus cabellos y les ungió un perfume que llevaba consigo.

Tras esto, y pese a la negativa de los demás, el mesías la acogió, perdonó sus supuestos pecados y la invitó a acompañarlo —a él y a  sus apóstoles— en sus viajes.

En los versos de Lucas VIII:1-3 se dice que “Jesús iba por todas las ciudades y aldeas, predicando y anunciando el evangelio del reino de Dios, y los doce con él y algunas mujeres que habían sido sanadas como María llamada Magdalena, quien le servía con sus bienes”.

En efecto, muchas investigaciones han reconocido a María Magdalena como una caraja influyente tanto en lo económico como en lo social; en lo económico porque era una tipa acomodada, y en lo social porque a pesar de crecer y vivir en una sociedad religiosa muy estricta, decidió romper los esquemas para seguir a un profeta.

La investigadora Jennifer Ristine, autora de María Magdalena: percepciones desde la antigua Magdala, asegura que María Magdalena era una mujer adinerada de un pueblo económicamente bien posicionado, que financió y sostuvo, junto a otras muchas mujeres, los tres años de campaña por Palestina del fundador cristiano.

Entonces, ¿por qué en vez de reconocer su entrega y lealtad se le recuerda mayormente como una suerte de prostituta endemoniada? La respuesta radica en el papa Gregorio Magno, quien en el año 591 durante su homilía 33, la calificó como “prostituta” y agregó que de María fueron expulsados “siete demonios” que representaban “todos los vicios”

En la memoria cristiana existen muchas opiniones de este tipo:

«El marido ama a la mujer porque es su esposa, pero la odia porque es mujer» (San Agustín)

«La mujer es una burra tozuda, un gusano terrible en el corazón del hombre, hija de la mentira, centinela del infierno» (San Juan Damasceno)

“La mujer es un varón equivocado y fracasado” (Santo Tomás de Aquino)

Después de eso, la Iglesia católica la tachó durante siglos —sin ninguna misericordia— de prostituta, adúltera, pecadora, poseída por siete demonios, llorona. Hasta que en el año 2016, por orden del papa Francisco, fue reconocida como santa en el calendario romano.

De hecho, el papa Francisco la nombró apostola apostolurum, es decir, la apóstol de los apóstoles: “una mujer que mostró un gran amor a Cristo y que fue amada por él”

En el Evangelio de María Magdalena, uno de los textos apócrifos encontrados en el siglo XIX, puede apreciarse claramente el lugar que ella ocupaba:

“Pedro le dijo a María: Hermana, sabemos que Jesús te amó más que el resto de las mujeres. Dinos las palabras del Salvador que recuerdas y que tú conoces, pero nosotros no conocemos, ni las hemos oído”.

Magdalena, la mujer más amada por el hijo de Dios, no escapó cuando lo detuvieron y crucificaron y fue la primera en verlo resucitar. En cambio, Pedro, considerado hoy “la piedra sobre la cual se edificó la Iglesia”, huyó y negó al maestro tres veces.

Ese mismo Pedro criticaba a Magdalena por ‘metomentodo’ (entrometerse en asuntos ajenos) y parlanchina, mientras que Jesús la defendía con aplomo. El conflicto aparece en varios evangelios, oficiales o no. 

¿Qué tan diferente es esta historia, por ejemplo, a la de Manuelita Sáenz o tantas otras mujeres cuya convicción, aplomo y papel protagónico en la historia de la humanidad fue totalmente invisibilizado por un machismo que aún no entiende el poder de nuestro amor?