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Del amor, la muerte y otros demonios

En mi juventud más joven vi montones de veces El lado oscuro del corazón. Me resultaba encantador ver a un poeta bohemio defendiéndose ante el acoso de la muerte con frases de Gelman y Girondo, por clicherosas que fueran.

Probablemente he olvidado varias escenas de esa película, pero hay una que se ganó un sitial de honor en mi memoria. Se trata de Oliverio preguntándole a la muerte:

“¿Por qué no te compras un lindo vestidito y nos vamos a emborrachar por ahí y te digo esas cosas que no te dijeron nunca? Si Dios existe te lo va a perdonar, y si no, vives un poco. Y yo quedaría como el hombre que venció a la muerte enamorándola. Cambiaría el planeta, y se demostraría que un bolero es mucho más importante para la historia de la humanidad que la marsellesa o la internacional».

Solía reírme pensando en la indignación que esa frase le generaría a un historiador o un político. Años después, leí Comer, rezar y amar, la autobiografía de Elizabeth Gilbert, donde ella –entre otras cosas— relata la historia de su amiga Deborah, una psicóloga que en los años 80 brindó asistencia a un grupo de refugiados camboyanos  que habían sufrido los peores padecimientos que los humanos pueden infligirse unos a otros: genocidio, violación, tortura, inanición, etc.

Antes de hacerlo, se preguntó mil veces: ¿Cómo podré comprender yo el nivel de sufrimiento que ellos me narrarán? Para su sorpresa, en las consultas hubo otras historias: “Conocí a un chico cuando estaba en el campo de refugiados y nos enamoramos. Yo creía que él me quería, pero…”.

Precisamente ayer un amigo me dijo que la muerte y el amor tienen algo en común: nadie es indiferente ante su llegada. Pensé que probablemente esa sea la mayor lección de esta pandemia, donde ambos factores han hecho sus mayores actos de presencia.

Además, todos hemos amado y hemos sido amados al menos una vez y todos hemos sufrido la partida física de un amor. Sin embargo, casi nunca hablamos de esto. Nos da pena.

El enamoramiento suele darnos vergüenza porque como diría Benedetti: “En el amor no hay posturas ridículas ni cursis ni obscenas. En el no amor todo es ridículo y cursi y obsceno”, y eso nos genera pánico, en especial a quienes intentamos mantenerlo todo bajo control.

La muerte también nos aterra. Sabemos que es lo único seguro que tenemos, pero casi siempre procuramos huir de ella, postergar su visita. Tal vez por eso a veces llega y sencillamente no nos encuentra, nos negamos a abrirle la puerta, al punto que termina yéndose… por un tiempo.

Recuerdo que cuando Vanessa, una vieja conocida, perdió a su esposo en un accidente de tránsito, estuvo a punto de volverse loca. En el año 2010, una suerte de terapeuta la convido a probar la ayahuasca, como una vía para “despedirse de su amor”.

Vanessa se llenó de valentía y empezó una dieta de desintoxicación que la prepararía para ingerir el brebaje y “enfrentarse a los fantasmas del ayer”. Al narrar su experiencia, asegura que el proceso le dio un entendimiento elevado sobre la vida, no necesariamente para aceptar la muerte, pero sí para apreciar su propia existencia y ser más considerada con los demás.

En total, realizó tres tomas. En la primera trabajó el sentimiento de abandono (porque su esposo, aunque no quería, también la había abandonado… igual que su padre), en la segunda la rabia, en la tercera sus inseguridades. Luego, consideró que ya no podía o quería seguir por ese camino.

“No era fácil. Cada toma implicaba pasar toda una noche trabajando experiencias duras, enfrentando sentimientos negativos de los que no te has podido desprender. Es una revolcadita sentimental que te deja como un coleto, porque además nosotros somos gente que hace juicios, que siente envidia, que critica, que cela, que lastima, y auto-depurarse de todo eso es muy duro. Son constantes batacazos”, me contó.

La verdad, su relato “se parece igualito” a las veces que yo asisto a terapia psicológica. En la última de ellas, de hecho, traje el tema a colación: la muerte. Siempre le he temido a la locura y a las enfermedades largas y tortuosas más que a la muerte. Pero desde que mi papá estuvo en terapia intensiva me he descubierto pensando “¿estaré preparada para tales o cuales despedidas?”.

Mi mejor amiga diría que nadie está listo para eso “ni para ser mamá”. Y tiene razón, pero algo se puede hacer. Por ejemplo, hace algunos años vi que en un centro comercial al sur de Londres habían inaugurado una exposición llamada The Departure Lounge (La sala de embarque), donde un montón de coloridos afiches nos invitaban a pensar en nuestro «último viaje».

En esta instalación, diseñada por la Academia de Ciencias Médicas, les pedían a los visitantes hacerse preguntas sobre la muerte. Podían ser cuestionamientos filosóficos (¿Hay vida después de la muerte?) o mundanos (¿qué transformaciones sufre nuestro cuerpo antes de perder sus signos vitales, ¿cómo donar órganos o hacer un testamento?).

El objetivo era iniciar un diálogo sobre un tema que se ha vuelto tabú en nuestra sociedad, pero del que necesitamos hablar. Finalmente, quien quita y conversar sobre la muerte pueda restarle su poder sobre la vida y ayudarnos a vivirla al máximo.

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