Dos décadas sin olvido

En Propatria todos hablaban de lo sexy que era “la muchachita de Maracay” que se había mudado al barrio. Daniel prefería guardar silencio. Sabía que en cualquier momento ella escucharía esos comentarios y pensaba que era mejor “hacerse el tonto” y “guardar silencio” para no parecer un baboso más.  

Aunque, la verdad, desde que la vio bajarse del carro sintió que aquello había sido “amor a primera vista”: ¡que muchacha! Días después, al salir de la escuela, pasó por la bodega a comprarse una frescolita. Entonces, la volvió a ver. Rosa estaba jugando con su prima a “la ere paralizada”. En aquel tiempo, no existían los teléfonos inteligentes y esa era la forma habitual de divertirse.

Entonces, Daniel se llenó de valor y decidió hablarle. Ambos tenían 14 años. Conversaron un rato y al despedirse, él tomo su mano de forma pícara. Un par de semanas después, ya andaban besándose a escondidas por todos los rincones y recovecos de aquel barrio caraqueño.

De ese cerrar de ojos inocente que antecedía al roce de sus labios, brincaron a la torpe fogosidad del amor adolescente. Daniel aún recuerda la primera vez que estuvieron juntos: “Nunca olvidaré su mirada, parecía un gato salvaje mirando a una presa. Pero, a su vez, era tierna y tenía el corazón acelerado”.

Tras eso, prosiguieron seis meses de repetidos, rápidos y furtivos encuentros sexuales. La mayoría de las veces, se citaban en casa de los padres de Daniel. Pero, de vez en cuando, aprovechaban la soledad que reinaba en el hogar de Rosa. Sin embargo, sus familias jamás se enteraron de aquella aventura.

Un día Daniel escuchó que los padres de Rosa la cambiarían de colegio y de pronto, como si de una pesadilla se tratara, dejó de verla. Las malas lenguas decían que –tras algunos “conflictos familiares”- la niña se tuvo que regresar a Maracay. Entonces, él sintió que le habían arrebatado “al amor de su vida” demasiado rápido.

Con el tiempo, no tuvo más opción que resignarse y seguir con su vida. Pero, como suele pasar, justo después de tomar esta determinación, ella volvió. Habían pasado tres o cuatro años, Rosa ahora cargaba un varoncito entre sus brazos. Era una madre adolescente, que estaba infelizmente “casada”.

A pesar de eso, alcanzaron a salir un par de veces más. Entonces, ella le explicó que había partido porque sus padres se estaban divorciando y quedó atrapada en el maremoto de dos rupturas: la de sus progenitores y la de ellos. Tras esto, conoció al padre de su hija y pasó lo evidente. No era feliz, pero eso fue “lo que le tocó”.

Nunca barajearon la posibilidad de ser amantes. Por el contrario, Daniel decidió proseguir con sus estudios, “salió del barrio” y tras muchas historias fallidas (tantas que tiene seis hijas de distintas mujeres), finalmente encontró un nuevo amor, con quien hoy comparte su vida. Es una relación estable, donde reina la paz.

Ella, por su parte, se fue a México. De vez en cuando, conversan por Facebook. Hace poco supo que aquel varoncito con quien retornó en brazos ya había cumplido los 21 años. Pero, además, tiene otros cuatro hijos, de distintos padres.

¿Habrían sido igual de inestables en el amor de haber permanecidos juntos? ¿Se trataría de una suerte de condena? Entre risas, se lo han preguntado un par de veces. Daniel confiesa que vive recordando a Rosa e intentando recrear –sin mucho éxito- lo que sentía con sus besos.  La distancia física frena los “tontos anhelos” de estas dos décadas sin poder olvidarla.

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