El 40 y 20 del amor

Estaba terminando mi carrera cuando supe de su existencia. Lo leí, lo escuché, lo “perseguí”. Me presenté en algunas de sus ponencias, siempre me sentaba de última, solía ser la más joven del público y la única que huía minutos antes de que terminara la actividad.

Deseaba conocerlo, pero él tenía algo que me paralizaba, era como una especie de pasión violenta a la hora de exponer sus ideas. Además, me decepcionaba el único escenario que alcanzaba a recrear cuando pensaba en acercarme: Hola, soy una estudiante universitaria boba y creo que eres mi amor platónico.

Por otra parte, sabia que al acercarme correría un gran riesgo pues, con el paso del tiempo, inevitablemente terminaría bajándolo del altar a donde nunca debí subirlo. Los altares no son para humanos.

Sin embargo, en los últimos días del año 2011, me dio por incursionar en una novedosa red social llamada Twitter. Él estuvo entre mis primeros seguidos. De repente, el espíritu navideño o quizás mis fotografías jartando pan de jamón, lo hicieron devolverme el follow que, por si fuera poco, vino acompañado con un mensaje directo donde me deseaba feliz navidad.

¡Mierda, mierda, mierda!, empecé a gritar por toda la oficina. Pero, respondí de forma escueta y ácida. Ser odiosa me sale natural. Creo que es mi coraza, pero también, muchas veces, ha sido mi gancho. Ya saben, masoquistas hay por doquier.  Entonces, conversamos un par de días hasta que llegó lo inevitable: ¿Vamos por un café?, preguntó.

No había que darle tantas vueltas al asunto, yo quería conocerlo y él a mí. Pero, la situación me daba algo de recelo. Es decir, yo creo que las mujeres podemos buscar a un tipo, propiciar un encuentro, tomar la iniciativa, sin que eso nos convierta en “zorras”. No obstante, aún pensando esto, siempre he sido consciente de la facilidad con la que podemos convertirnos en la presa fácil de algún loco de carretera (sea famoso o no).

Le avisé a un par de amigas y asistí a su encuentro. El tipo trabajaba a escasas dos cuadras de mi casa. Nos vimos en un punto intermedio, transitado, a plena la luz del día. Cuando le pregunté donde quedaba su oficina, el carajo alzó el brazo para señalar un edificio y su mano temblaba. Estaba aterrado. Su voz también lo delataba.  

Caminamos juntos hasta la que tiempo después se convertiría en “nuestra panadería”. Yo tenía 22 años y él había arribado a los 46. Los tipos mayores tienen mucha experiencia, pero a la par son vulnerables ante lo que él llamaba “la juventud de la carne”, especialmente cuando no esperan vivir un cuento así. 

Yo pagué los cafés. “Yo los pago, así asegurare una segunda invitación”, le dije. O “quizás te arrepientas por haber perdido esa plata”, me respondió. Nos mostramos como éramos, nos hicimos reír, nos caímos bien, nos tomamos miles de cafés. En aquel entonces, nadie entendía nuestra relación. Algunos panas creían que yo estaba buscando una figura paterna. Mis amigas, mientras tanto, se dividían en dos: las que decían que solo un viejo podría tener la paciencia para aguantarse mi carácter y las que pensaba que yo me encontraba, inevitablemente, bajo un artilugio manipulador.

Yo, en cambio, rara vez pensaba en la diferencia de edad, excepto en aquellos instantes donde la gente insistía en dañar el momento. En varios restaurantes, por ejemplo, los mesoneros, a pesar de ver nuestra actitud amorosa, soltaban frases tipo ¿y su hija qué va a desear para beber?. Eso solía afectarme mucho. Nunca supe que sentía él.

En aquellos meses, yo aprendí que no debía emitir juicios a la ligera sobre relaciones que desconocía, que, de hecho, ni siquiera debía emitirlos. A su lado, conocí los maravillosos cuentos de David Sánchez Juliao, las canciones navideñas de Nancy Ramos, mil y una versiones de la Potra Zaina, los libros de Argenis Rodríguez, la narrativa de Gustavo Solís, la Gran Pulpería, el Torero, y hasta la discoteca de la niña de la peineta roja. Él solía acompañarme en uno de mis raros placeres: ver películas venezolanas viejas con el único fin de leer al país de ese entonces.

Creo que fue él quien me hizo enfrentarme con dos grandes monstruos a quienes necesitaba vencer para poder ser quien deseaba ser: el miedo a escribir y el miedo a manejar. “Escribe con el mismo desparpajo con el que hablas y te irá bien”, me decía. “Maneja a tu ritmo, ni el de adelante ni el de atrás deben imponerte la velocidad”, repetía.

Teníamos algunos gustos en común: la avena caliente, las pizzas a la leña, la salsa, las rancheras y las llaneras, cantar Mecano a todo volumen. En medio de una borrachera, me dijo que yo me parecía a María Lionza y creo que ese ha sido uno de los piropos más de pinga que he recibido.

Salimos días, meses, años, nos alejamos días, meses, años, nos esperamos después de cada viaje, viajamos para vernos, nos quisimos, nos odiamos, nos reencontramos, conocí a sus nuevas parejas y él a las mías, nos apoyamos, y finalmente nos hicimos grandes amigos.

Cuando por fin conseguí un techo propio en Caracas, lo llamé. Teníamos meses sin hablar, pero no había dudas: él debía ser el primero en conocer mis nuevas coordenadas y ayudarme con mis mil y un desastres. Se trajo un montón de corotos de su casa, vainas que necesitaba, pero que decidió regalarme. El desprendimiento y la nobleza son dos de sus atributos y la fulana pasión violenta resultó ser bastante tierna.

De vez en cuando nos tropezamos por ahí y a mí me encanta certificar que se sigue sorprendiendo y emocionando con las pequeñas cosas. Todavía tiene más juventud que mi generación. Juntos fuimos exploradores de vainas amargas, distintas y hermosas. Ya no nos amamos, al menos no de la misma manera. Ambos entendimos que los sentimientos son capaces de mutar y adquirir otras formas. Gracias a él, sé que, tras una ruptura, el amor no siempre debe devenir en odio. A veces, el tiempo hace bien su trabajo.

Cuéntame tu historia, redáctala como sea, juntos le damos forma y la compartimos. Difundir las distintas formas del amor, siempre es necesario: [email protected]

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