El amor de lejos no siempre es de pendejos

Desde muy joven, Daniel poseía una rara mezcla de academia con tumbado callejero, algo que siempre lo hizo sentir fuera de lugar.

El tipo en medio de los pobres parecía un sifrino y al lado de los sifrinos no era más que un vulgar pelabolas. Podría, fácilmente, ser otro integrante de la banda panameña Los Rabanes: entre cumbiamberos, los llaman rockeros, y entre rockeros, cumbiamberos.  Él, como casi todos, asegura que su forma de ser es “culpa” de sus padres.

Daniel ni pedía ni daba la bendición, nunca fue bautizado a pesar de crecer en un país profundamente católico.  Además, no estaba ni remotamente dispuesto a casarse por la iglesia, algo le rompía el corazón a más de una pretendiente.

A ella la conoció en medio de una jornada de salud, donde ambos, desde sus respectivas áreas, se encontraban trabajando. Su mirada lo cautivó de forma inmediata. Le puso el ojo y rápidamente llegó la bala… un proyectil con forma de boda por el civil y barriga de 9 meses.

En aquel tiempo, Daniel atravesó un proceso de transformaciones que consideraba “beneficiosas para él y su entorno”: comenzó a hacer ejercicios y dejó de fumar.  Eliminar ese vicio fue “un hito histórico”, aunque jamás lo haya admitido en voz alta. A veces, los seres humanos olvidamos la importancia de celebrar nuestras pequeñas victorias y hasta nos dejamos llevar por el miedo que nos produce que otros las minimicen o ridiculicen.

Tras el nacimiento de su hijo, Daniel se convirtió en “cita amarilla” en taekwondo y “maha kuk sool”, un arte marcial coreano que busca cultivar la mente, el cuerpo y el espíritu.  Así se desprendió de unos 20 kilitos que le estaban sobrando y se fue alejando, cada vez más, de todo aquello que antes le resultaba irresistible: alcohol, rumbas, nicotina.

Y aunque nadie nos enseña a ser padres y nunca estamos lo suficientemente preparados para asumir esa tarea, Daniel intentaba dar siempre lo mejor de sí. De hecho, desde la llegada de Diego, su impaciencia y carácter hosco quedaron de lado. Gracias a su hijo, él entendió muchas cosas que creía saber, pero jamás había sentido en sus propias carnes.

“Todos en nuestra vida tenemos a alguien a quien sentimos profundamente. Yo, afortunadamente, tengo a varias personas en esa lista. Pero lo que Diego despierta en mi es algo que va más allá de todo”, me cuenta.

El cambio, aunque gradual, era bastante notorio. “Por fin sentó cabeza el hombre”, repetían amigos y familiares. Y eso fue, en gran parte, lo que ocurrió. Por lo general, estas transformaciones llenan de felicidad a las novias o esposas, que, por una u otra razón, terminan atribuyéndose parte del cambio. Ya saben: “desde que yo llegué a su vida bla, bla, bla”. Pero esta vez, la historia fue diferente.

En el plano amoroso, estallaron los problemas. La relación se llenó de desencuentros e incomprensiones producto de una profunda falta de comunicación. Daniel creía estar construyendo “una mejor versión de sí mismo”, cultivando una faceta “ideal para el amor en familia”, pero su esposa no lo vio así. Entre tensiones y soledades, todo se derrumbó.

Hoy su ya expareja decidió irse del país y Daniel atravesó repentinamente el que quizás sea el trance más jodido de su vida: separarse de su hijo. Un divorcio implica el derrumbamiento de los planes comunes, cada uno se ve obligado a reestructurar su proyecto de vida y, a veces, a lidiar con la sensación de fracaso. Pero separarse de los hijos es un dolor de otro nivel.

Al principio, Daniel se negó con todas sus fuerzas. Después, intentó postergar lo inevitable: “Vete tú adelante, establécete primero, luego yo mismo te envío a Diego o cuadramos para que lo vengas a buscar”. No hubo caso, su planteamiento jamás iba a prosperar. Entonces, este padre sintió en sus adentros que debía ceder por el bien de su hijo.

¿Cuál es la mejor opción ante esta disyuntiva? ¿Tiene algún sentido migrar al mismo destino que tu ex para tener cerca a tu hijo? ¿Vale la pena emprender una batalla legal que arrase con todo? ¿Es igual de compleja la ausencia paterna que la materna? ¿Cuál es el costo emocional que tarde o temprano terminaran pagando los hijos de la migración?

Daniel aún no tiene todas las respuestas, pero sabe que, por la fuerza de los hechos, debe seguir construyendo una mejor versión de sí, ya no para agradar a su pareja, sino para aprender a convivir con su nueva realidad, lograr vencer el reto que supone la distancia y adquirir las herramientas que le permitan transmitir su amor con la misma intensidad.

La despedida —en medio de la pandemia— fue bestial e inhumana. “Señor, le juro que comprendo la situación, pero debe despejar el área”, le dijo el encargado de seguridad del Aeropuerto Internacional de Maiquetía. De lejos, vio a su hijo entrar en un túnel y sintió la presión en su pecho. De repente, este padre, que no está bautizado ni profesa religión alguna, se descubrió pidiéndole a Dios que bendiga a su hijo y les de la fuerza necesaria para sostener un amor de lejos, que no será de pendejos.

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