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El amor después de Fito

Esta semana terminé de ver la serie sobre Fito Páez (“El amor después del amor”) en Netflix. Creo que, en promedio, lloré dos o tres veces por capitulo.

De una u otra forma, verla fue hacer un recorrido por mi propia vida. Entonces, terminé preguntándome cuáles son los orígenes de mis gustos musicales. 

Yo nunca se que responder ante la típica: ¿Qué música te gusta? Por eso, termino huyendo con un “de todo”, aunque, la verdad, existan géneros que ni siquiera tolero. 

En mi adolescencia busqué referentes nacionales y terminé encontrándome entre la Seguridad Nacional, Sentimiento Muerto (y luego Dermis Tatú), Zapato 3, Desorden Público, etc.

De ahí no fue muy difícil saltar al rock sureño. Lo primero que escuché fue Sui Generis. Tener noción del contexto histórico, me hizo sentir escalofríos con “canción para mí muerte” o “rasguña las piedras”. Pensé que “necesito” era todo lo que quería en materia de amor y que algún día podría dedicar “quizás, porque”.

Entonces, me abracé a Charly García. Se me hizo fácil delirar con “demoliendo hoteles”, “nos siguen pegando abajo”, “hablando a tu corazón” o “promesas sobre el bidet”.

Recuerdo que cuando me compré mi carrito (azul), una amiga que conocía mi tendencia de “bautizarlo” todo, me preguntó: ¿Y al carro qué nombre le vas a poner? ¿El unicornio azul? 

Y yo: no, no se me puede perder. Además, será el rock. Se llamará Charly. Desde entonces, todo es: ¿Le cambiaste el aceite a Charly? ¿Le reparaste el caucho? ¿Cómo se porta? Con el, desafíe todos los pronósticos, recorrí el país casi por completo y todo, todo, fue rock. 

Tras conocer su música, inevitablemente hice el recorrido de rigor para enamorarme de todo lo demás: Luis Alberto Spinetta, Soda Stereo (Gustavo Cerati), Calamaro, Aznar,  el indio Solari (Patricio Rey y sus redonditos de Ricota), La Bersuit, Fito Páez, Fabiana Cantilo.

Con los últimos dos, el flechazo fue por partida doble. Amo la música que crean pero también su amor. Me gusta verlos, escucharlos, leerlos: cuando estaban juntos, cuando decidieron separarse, el “final” que fue transformación, las distintas facetas de un sentimiento en constante movimiento.

Aunque, la verdad, aún odio esa separación. De vez en cuando, fantaseo con un regreso o me consuelo pensando que aún tienen algo en secreto. Pero ¿Qué es algo? ¿Acaso existe un sentimiento superior a la incondicionalidad que ambos se han profesado?

En mayo del año pasado, suspiré mil veces con el discurso que Fito pronunció cuando Fabiana fue distinguida por la Legislatura porteña:

“Su voz de terciopelo embrujó a generaciones, supo ser la chica más brava del lugar, aún lo es (…) Es una chamana moderna, necesaria, fundamental (…) El tamaño de su espíritu es el de su generosidad (…) Fabi es atmosférica, los lugares se transforman ante su sola presencia (…) Fabi, la lúcida, la heroína de su propia leyenda (…) quiera Dios seguir bendiciéndote, porque mucho de lo bueno que existe en este mundo, existe gracias a vos”.

Fito Páez y Fabiana Cantilo

Durante años, esa música fue lo que más escuché. Una tarde, un amigo me dijo: “Deja la depresión sureña, ese filosofeo intenso. Nosotros somos alegría, somos Caribe”.

Su frase me hizo clic. Le creí, le quise creer, tal vez pensé que me iba a volver loca si seguía entre cantantes delirantes y poetas suicidas. Y finalmente, la salsa también vivía (vive) en mi.

Juntos “pulimos la hebilla” (aunque la pulo mal) cientos de noches. Bailamos, cantamos, reímos, al son de los instrumentos de percusión, pero, aquello no era muy diferente a lo que yo hacía en los tributos al rock y la historia de los salseros tampoco dista mucho del desastre que es la vida (lo supo Chano Pozo, Héctor Lavoe y pare usted de contar) aunque el espíritu “populachero” de la salsa nos haga congeniar más con ellos. De hecho, bastante me “friqueo” leer que “¡Que viva la música!” de Andrés Caicedo.

Pero, finalmente, la música, cualquier sea su género, nos ayuda a procesar las emociones, a digerir la vida. “La música es cada uno de esos pedacitos que antes tuve en mí y los fui desprendiendo al azar”, escribió Caicedo.

En la militancia, conocí la trova. Los meses que pasé en el llano venezolano, me aprendí todas las llaneras (contrapunteos incluidos). Con mis amigos colombianos, bailé vallenatos y champetas por doquier. Pero siempre he regresado a este raro gusto.

Posiblemente por eso, Fito Páez sea parte fundamental del soundtrack de mi vida. No hay ningún capitulo triste, doloroso o feliz sin que su voz haya aparecido. La serie me lo recordó. Además, con él aprendí lecciones fundamentales sobre el amor:

  • Puedes amar y parecerte a tu madre aún sin haberla conocido. “No la conocí pero supongo que sí, son marcas que lleva el cuerpo, creo que eso hizo que llenara los silencios con música”.
  • Tu padre siempre querrá lo mejor para ti aunque piensen diferente sobre lo qué deberías o no hacer. Es importante entenderlo porque “muerto tu padre ya no sabes dónde estás”.
  • Cuando la persona que te hace suspirar se fija en ti, vivir se parece más a estar vivos. “El amor nos hace inmortales”.
  • Hay un boomerang”: todo vuelve aunque sea diferente. 
  • Los amigos, aun los más “dañados”, aunque nos dañemos juntos, y de vez en cuando toque alejarse, pueden ser sustento, pilar, familia, por contradictorio que esto parezca.
  • “Hay que irse de los lugares donde no nos quieren”. Aplica a todo.
  • “Fue amor” aunque haya terminado. “Fue amor” y también existirá un amor después de ese. No será ni tiene porqué ser igual.
  • Siempre podemos salir de los huecos, renacer, aunque todo el mundo diga que ya no sabemos que más hacer con nuestras vidas.
  • No hace falta sufrir todo el tiempo para escribir buenos textos, canciones, convertir un disco en el más vendido de la historia.
  • A algunos les gusta creer que hay buenos y hay malos pero en realidad todos somos héroes y villanos.

Entonces “¿por qué lloramos con la serie de Fito?”, se preguntó a sí misma la periodista y licenciada en letras, Virginia Messi, y respondió lo que yo habría respondido:

“Solo tengo una hipótesis. Tal vez porque, pese a todo lo vivido, nos queda algo de ternura. O porque fuimos felices. O porque fuimos felices con gente que perdimos. O porque nos faltaba sabiduría pero nos sobraban ganas. O porque nos extrañamos”.

Pero, bueno, ya saben, como Fito nos enseñó: siempre podemos reencontrarnos.

Fito Páez e Iván Hochman, el actor que toma su rol en “El amor después del amor”.

Por: Jessica Dos Santos

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