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El amor en la tercera edad es más libre

Se conocen “de toda la vida”. Él fue el primer esposo de su mejor amiga, con quien tuvo dos hijas. Esa relación se terminó sin mucho drama: porque sí, porque a veces el amor de pareja se acaba, se transforma.

La ruptura fue pacifica: están divorciados y son buenos amigos. De hecho, con el paso de los años y tras sanar las heridas, Nelson se hizo panísima del nuevo esposo de su ex.

Ambos entendieron que a veces las personas no funcionan juntas pero eso no significa que alguno de los dos sea malo o haya hecho algo mal. Por ende, el grupo de amigos y conocidos siguió siendo básicamente el mismo.

Pero aún así, para Valeria era imposible pensar que más de 40 años después de asistir al matrimonio de Nelson con su mejor amiga, ella terminaría siendo quien compartiría su vida con él.

Ya saben: enamorarse del ex de una amiga no es válido entre mujeres ¿o será que sí? Yo no lo concibo, pero Valeria acota lo que ella considera la clave del asunto: él tiene 72 años y ella 66.

Esas cifras vienen de la mano de una suerte de mantra sagrado que hizo que todos aceptaran de forma armónica el giro en la historia de sus vidas: “En este momento de la vida y en medio de esta angustia mundial, hay que buscar espacios de sosiego, aceptar lo que no funcionó, las limitaciones, ser honestos con las emociones, ser feliz uno y ser feliz si el otro es feliz”

Para las hijas de Nelson, mujeres hechas y derechas, tampoco representa mayor problema verlo empatadísimo con la mejor amiga de su mamá. De todas formas, ella siempre fue como una madre para ambas. “Las familias hoy son tan variopintas”, dicen entre risas.

De esta forma, Valeria y Nelson concretaron su amor poco antes del inicio de la pandemia y llegada la cuarentena decidieron darle con todo: “si toca encerrarnos, vamos a hacerlo bajo el mismo techo”, aunque cada uno tuviese su casa y su independencia.

El resultado —que pudo ser aterrador— terminó siendo la confirmación de sus presentimientos: quieren estar juntos lo que les resta de vida.

“Ha sido sabroso, armónico, revelador, sanador, tranquilizante. Una invitación a poner el foco donde era”, cuenta Valeria. En medio de la convivencia, ella confirmó estar enamorada de “un hombre con vida propia”, que no se encarama en la suya, que se ocupa, que hace y deja hacer, que no invade espacios.

En este aspecto, ella cree (nuevamente) que la fecha de nacimiento es parte de la magia: “¿Para qué vamos a perder el tiempo peleando si ya nosotros no tenemos toda la vida por delante sino un cuarto de vida? Y estamos seguros de que no vamos a durar 30 años juntos porque no vamos a vivir 30 años más”.

Por crudo que suene, para Valeria eso convierte la relación en una delicia. “El amor a esta edad es el amor más libre, entregado, despreocupado, sin afán. Es una compañía, si se da bien y si no, no importa, tú sigues, es un regalo que nos damos. No te tienes que imponer normas, ni aparentar, es estar y punto, el único compromiso es quererse”.

Ella está convencida de que esta relación la está alejando de esa vejez enferma o tortuosa que algunos viven. “Tenemos un afán en ‘estar duros’, ágiles y fuertes para hacer juntos todo lo que aún no hemos hecho pero siempre quisimos hacer”.

Además, Valeria cuenta con un plus. “Estoy convencida de que este tipo es el tipo, mi tipo, y yo no voy a echarlo a perder, no dejare que esto se pierda, porque yo realmente quiero hasta el último día de mi vida estar así: conquistada, emocionada, feliz, que al verlo me dé un ‘aaaayyy ahí está’. En el amor, eso es lo que a veces nos hace falta: tener la certeza”

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