El amor entre cachiporros y godas

Los Capuleto y los Montesco eran dos facciones políticas rivales de Verona, Italia. Julieta es la hija de Capellio, el líder de los Capuleto, y está prometida a Tebaldo. Pero tras un encuentro con Romeo, el líder de los Montesco, ambos jóvenes se enamoran.  

Nadie se había enterado, salvo Lorenzo, su médico y confidente, quien decide guardarles el secreto. Sin embargo, las cosas se complican aún más cuando Romeo mata sin darse cuenta al hermano de Julieta durante una batalla.

Cualquiera creería que una historia así solo podría ocurrir en la literatura europea de los años 1500. No obstante, en Colombia —la cuna del realismo mágico— se han tejidos relatos de amor aún más poderosos.

Eran los años 1940 y el colombiano Justo García estaba perdidamente enamorado de Ana Patricia. Pero, él era un militante de la juventud liberal y ella pertenecía a una conocida familia conservadora.

Tras nueve guerras civiles de carácter nacional y miles regionales, en Colombia se constituyeron dos bloques que vivirían enfrentados entre sí durante más de una centuria: los rojos (liberales) y los azules (conservadores).

Justo, el liberal, peleaba contra el conservadurismo de los hermanos de Ana Patricia a pesar de conocerlos desde la infancia. De hecho, cada tanto, se enfrentaban con armas de fuego.

Según Justo, los ataques no buscaban asesinar al otro sino “amedrentarlo”, demostrar cual era más fuerte. Con los años los encontronazos adquirieron dimensiones terribles.

La muerte de Jorge Eliécer Gaitán en 1948 y la llegada a la Presidencia del ultraconservador Laureano Gómez en 1950 avivaron el conflicto. Según Justo, la policía conservadora empezó a adueñarse de todas las tierras y bienes de los liberales.

Por eso, mientras la Dirección Liberal se dedicaba a sufrir en silencio su marginación del poder y las bases rurales del partido se autoproclamaban «guerrilleros», Justo decidió bajar su perfil político y renunciar a su sentir por Ana Patricia.

El protagonista de nuestra historia adquirió una pequeña finca, alejada de la meca de los conflictos. Tiempo después, se casó con Clara, una profesora de escuela rural que se decía liberal, pero poco o nada tenía que ver con la contienda de aquellos cruentos años.

Juntos tuvieron 9 hijos y más de 20 nietos. Son precisamente estos descendientes quienes recuerdan a su abuelo hablándoles de  ‘cachiporros’ y ‘godos’ como quien habla de ‘Montescos’ y ‘Capuletos’. Luego, con la voz baja, les susurraba su eterno amor por Ana Patricia. “No hay en el mundo nadie como ella”.

Ante el asombro de los pequeños, Justo reiteraba que había amado mucho a “la abuela Clara” pero los amores primeros nunca se olvidan. “Cuando crezcan los entenderán”.

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