El amor más grande

Era el penúltimo viernes de octubre y el último de unas breves vacaciones donde no hice más que trabajar. Madrugué y bajé a La Guaira. Después de 8 meses, por fin volvería a ver el mar. Pero no estaba emocionada. Algo, no sé qué, me lo impedía. Manejé rápido, muy rápido, como quien huye de lo inevitable. “Es que seguro hay mucha cola en Marina Grande”, me justificaba. El club aún no había abierto y al final, no había tanta gente en la cola. Empezamos a hacerla, pero un pálpito se había apoderado de mi: ¿Será un error? ¿Y si me vuelve a dar coronavirus?, pensé. A los minutos, llegó el mensaje: papá se siente mal.

Podría haber subestimado esa frase de no ser porque mi viejo nunca se siente mal. No había terminado de digerir esas palabras cuando un “es urgente, vamos a emergencias” me hizo salir del letargo. En ese momento, comprendí las razones que me llevaron a la playa aún sin tener ganas: miré las olas, les implore un poco de su fuerza y arranque de vuelta a la ciudad.

La Caracas-La Guaira de pronto se convirtió en una carretera trasandina. Los segundos parecían horas. Todo me daba miedo. Que no aparezca ninguna alcabala, por favor, rogaba en silencio. Cuando por fin llegué, él estaba ahí, en la fría sala de espera del Centro Médico de Caracas, donde todos te ignoran porque para ellos nunca nada es tan grave como parece, menos si vienes por seguro médico.

¿Cómo estás?, le pregunté. Me siento mal, me dijo. Sus ojos me miraban sin mirarme. ¿Qué sientes?, repliqué. Se me está durmiendo el lado derecho, respondió mientras masajeaba su brazo. Un frío recorrió todo mi cuerpo. Nunca antes había sentido tanto miedo. Sin embargo, yo formo parte de ese selecto grupo a quien el pánico no suele paralizarlo sino hasta que baja la marea y solo entonces se permite el derecho al derrumbe.

Corrí hacia el doctor de urgencias: se le está durmiendo la mitad del cuerpo, es un ACV, por favor atiéndanlo ya. “Tiene que esperar, los que llegaron antes de ustedes también se sienten mal”, me respondió sin siquiera mirarme. Yo, en cualquier otro momento de mi vida, habría estallado en gritos e insultos, pero esta vez una voz en mi interior me susurró: vete, vete ya. “Vámonos —le dije a mi familia— creo que sé a dónde ir”.

La Cota Mil me resultó tenebrosa, aún a plena luz del día. Me trasladé al otro lado de la ciudad, entre la calle 6 y 7 de la Urbina, donde trabaja uno de los pocos médicos que no se cree Dios pero actúa de su mano. Un tipo que conocí a finales del 2018 y se convirtió en una especie de ángel guardián. Mi papá tenía la tensión en 238 y un ACV en curso. Ya no se mantenía en pie, repetía incoherencias y su tono de voz era diez veces más alto de lo habitual.

Recostado en la camilla de emergencias, las lágrimas brotaban por la comisura de sus ojos. Parecía hablar sólo. Mi papá, por primera vez, tenía miedo. No importa cuántas veces antes lo hubiese sentido. Ante mis ojos, aquello era inédito. La cardióloga notó un desvío en su lengua, el ojo y la mejilla derecha también habían caído. La fuerza, de un lado y del otro, no era igual.

¿Cómo te llamas?, le preguntó. Él se voltea a mirarme, cual niño que no entiende que pasa, que no sabe qué decir, que clama mi ayuda. Fernando, me apresuré a responder yo. Necesito que responda él, me reprochó la especialista. Dime ¿tienes hijos?, le consultó. “Ella, ella es mi hija”, dijo él, con una sonrisa y su dedo índice señalándome. Lloré y él, en medio de la lucha que libraba por su propia vida, hizo un ademán para consolarme.

Por un instante, tal vez experimenté lo que sienten los hijos cuyos padres empiezan a padecer Alzheimer. De golpe entendí que algunos clichés son ciertos: no hay amor más grande que ese, el de las madres que cambian su vida por la de sus hijos, el de los padres que asumen estar presentes y ejercer su rol a carta cabal.

La tomografía confirmaba los daños: lesión isquémica temporo occipital izquierda y la necesidad de hospitalizarlo por al menos 48 horas. Yo sé, lo sé muy bien, que todo lo que parece malo siempre pudo o puede ser peor y esta vez parecía no ser la excepción: el seguro no daba la clave de ingreso, el corredor estaba modo viernes en la noche, el monto empezaba a sobrepasar las posibilidades.

Pero yo también sé, lo sé muy bien, que en los peores momentos, algo me salva. Mi vecina, una cristiana fiel, asegura, palabras más, palabras menos, que “el señor” siempre retribuye mi buen accionar con ciertos intereses, ya saben, por las veces que llegó tarde o no llegó.

Entre acuerdos y acuerdos, mi papá fue rumbo a la habitación número 22. Mi amigo, el único doctor que no se escandaliza con las enfermedades, y siempre receta cosas baratas: reírse, abrazarse, tomarse un buen vaso de ron, hacer el amor, escuchar Bach y actuar desde la nobleza del corazón, me tendió la mano de una forma que parecía sobrenatural, aunque en el fondo, era justo lo contrario, la manera más humana de ser.

De aquellas horas que parecían semanas, de aquellos días que parecían meses, mi padre protagonizó algunas escenas tristes que yo jamás podré olvidar: la mirada perdida de quién no se halla a sí mismo, el silencio de quién desconoce su nombre, las lágrimas sigilosas de quién cree que ha llegado su hora, su expresión de dolor cuando su mano sin fuerza ni coordinación dejó caer un tenedor.

Pero también hay imágenes hermosas que atesoraré en mis recuerdos como la prueba de que ‘no todo está perdido’ porque todavía existimos aquellos que venimos ‘a ofrecer el corazón’: la sonrisa de quien me sabe su hija, de un viejo que descubre que no está solo, que algo hizo bien, mi cuerpo soñoliento dando vueltas en el sillón de acompañantes y su voz diciendo “tranquila, ya me voy a poner bien para que nos vayamos”, y el momento en que “mi amigo el doctor” le dio un beso en la frente, mientras le recordaba que la vida le había dado otra oportunidad para ver a sus hijos crecer. Nunca antes mi corazón había albergado tanto agradecimiento como en aquellas horas aciagas.

Cuéntame tu historia, redáctala como sea, juntos le damos forma y la compartimos. Difundir lo más grande del amor, siempre es necesario: [email protected]

 

ENLACES PATROCINADOS

				
					<div class="fb-comments" data-href="<?php the_permalink(); ?>" data-width="100%" data-numposts="5">&nbsp;</div>