El estudiante de las camisas bien planchadas

Siempre llegaba tarde a clases. Esperaba que yo me voltease al pizarrón para entrar. La ráfaga de su perfume, que siempre parecía recién aplicado, lo delataba de inmediato. Un par de veces lo saludé aún estando de espalda. Odiaba verlo entrar a mitad de una explicación y sentir el deber de retroceder o repetir las mismas oraciones para satisfacer su impuntualidad.

Desde que aparecía, me miraba de una forma tan fija que no podía estarme escuchando. Pero luego repetía con exactitud mis palabras a la hora de formular sus preguntas (casi todas haladas de los cabellos). Escribía a cada instante. ¿Tomaba dictado cual ñoño o apuntaba las cosas que faltaban en su nevera?, alcance a preguntarme.

Sus camisas siempre estaban impecables: las blancas eran blancas y los bordes estaban redefinidos por el vapor. ¿Le planchara la mamá o la esposa?, me cuestioné. En mi cabeza, los tipos que se ven tan bonitos solo tienen dos orígenes: una madre sobreprotectora o una pareja abnegada. Ambas opciones son un paso y gano.

Un día se esfumó, ni siquiera apareció la última semana para decir que su perro se comió las tareas o su abuelita se enfermó de gravedad.  Tanto joder las clases para ni siquiera pasar la materia, pensé, mientras cargada su nota al sistema. A los meses, volvió a inscribirse. Yo ya tenía experiencia con reincidentes: estudiantes raspados que insistían en ver la materia conmigo una y otra vez.

En su caso, no quise preguntarle qué había pasado. Él tenía toda la pinta de ser como esa gente que suelta la sopa sola con el paso de los días. Además, este trimestre tendría suerte: eran muy pocos inscritos, yo acababa de renunciar a un trabajo de ocho años y a una relación de tres (tres años y tres personas, jajaja) así que los ánimos no estaban para darse mala vida.

Empecé a llegar tan tarde como ellos, pero en condiciones casi impresentables. Asistía a yoga de 4 a 5 pm y daba clases de periodismo de 6 a 9. Solía cambiarme en el carro para que no me vieran entrando con mi mejor look budista. Sin embargo, mi cabello estaba sudado y el olor a aceites esenciales seguía impregnado en mi tercer ojo (ajá, entre las cejas) y mis muñecas. Tiempo después supe que mis estudiantes amaron esa faceta de mi vida. En sus cuerpos rebosantes de hormonas, había algo de sexy en mi aspecto de mal bañada.

Pero una tarde, el cronograma no salió tan bien, me quedé atrapada en una cola absurda entre la academia de yoga y la universidad. Entonces, me llegó su mensaje: “Buenas tardes. Soy el gocho, ¿usted viene hoy? La estamos esperando”. No pues, la mata del descaro, pensé. Espérenme, respondí. Debería dejar de darles mi número a los estudiantes, murmuré después.

Luego, él, que tiempo después me confesó ser experto “engordando novias”, se fue unos días de viaje y al volver, como quien intenta comprar una asistencia y puntualidad ponderada con el 10% del total de la calificación, me regaló chucherías y miche sin azúcar porque yo “parecía fitness”. En realidad, creo que él notaba la incoherencia que bordeaba aquellos meses de mi vida: ejercicios, dulces y alcohol, todo lo necesario para recuperarse de los golpes de la vida, ¿no?

Al finalizar el trimestre, me obsequió una antología de textos periodísticos de Gabriel García Márquez que se convirtió en una mejor forma de asimilar mi sentir. Por aquellos días de soledad voluntaria, yo estaba leyendo al Gabo, cuando se registró un segundo apagón nacional y su mensaje no se hizo esperar: “¿Usted está bien?”.  Nos acompañamos a la distancia y al ritmo que nos impuso la intermitente señal de Digitel.

Al otro día, fuimos juntos a intentar llenar gasolina y lo logramos. Ajá, así se forjan los lazos de acero en la Venezuela de hoy. Como dice una amiga: no se debería odiar a quien se bañó usando el mismo potecito de Mavesa que uno. Tras la cola, nos fuimos a comer un negro en camisa en una plaza pública. Sí, sí, todo el chinazo que ustedes quieran, pero la mezcla del cacao venezolano con la crema inglesa es de otro nivel.

Entre ires y venires, los días nos fueron acercando, pero en la universidad yo nunca sabía cómo actuar. Por lo general, llamo a estudiantes y ex estudiantes por sus apellidos, pero en su caso esto empezó a parecer ridículo, así que en un ataque balurdo de ética y moral, renuncié.

Gracias a su presencia en mi vida, yo terminé de entender que muchas cosas de mi relación anterior (la amante que se creía esposa) estaban realmente mal y me habían convertido en una reducción de mi misma. Yo debería pasar unos  años sola, solía decirles a mis amigas. “Sí, pero después, ahorita anda a tomarte un café con el tipo, vale”, respondían las buena para nada esas.

En ese momento entendí que tal vez fui bastante absurda las veces que me sentí herida porque alguien no espero que pasaran 12 meses tras separarnos, para salir con otras personas. Antes, yo creía que la gente debía guardar eso que los psicólogos llaman un duelo post ruptura, pero nadie sabe realmente cuando empieza el duelo del otro. Es decir, una persona puede empezar a morir lentamente aún estado al lado de su pareja.

Además, en los finales, la gente se tortura pensando todo lo que podría haber hecho para no llegar a ese punto. Pero en mi caso, siempre he hecho de más. Y me alegra, finalmente, saber que el otro avanzará (y en ocasiones será mejor persona) después de mi.

Igual, siento miedo cada vez que confío en él, pero lo hago. A fin de cuentas, creo que es un buen tipo y mis experiencias pasadas no deben herirlo.  Él tiene la paciencia con la que yo no fui dotada, me conoce y me respeta. Como dice la canción de Sui Generis, sabe “las palabras que jamás le voy a decir” pero también todo lo bueno que puedo dar. Sin embargo, lo que más disfruto de su compañía es que nunca me corta las alas. Cuando se me presentan situaciones difíciles o grandes retos, corro despavorida a preguntarle ¿y si no puedo? Y él me mira con esa convicción bonita de quién me cree capaz de todo.

Creo que después de varias relaciones que coartaron mi crecimiento personal, me encontré con alguien que apuesta a lo contrario y eso me resulta bastante sexy. Tomen nota caballeros: a las mujeres que siempre andamos buscando maneras de reinventarnos, nos seca la panocha que sus inseguridades pretendan limitarnos. A él, las arepas le quedan mejor que a mí y es, por ahora, el único que usa la plancha que yacía en un viejo armario de mi habitación.  

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