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El misterio de Roseto o cómo amar nos sana

En 1955, el entonces presidente estadounidense Eisenhower sufrió un infarto que casi acaba con su vida. Años antes, Roosevelt cayó fulminado por una hemorragia cerebral. Estos sucesos dispararon el interés de los científicos por las enfermedades cardiovasculares.

En esa época, estos males eran la primera causa de muerte en Estados Unidos. Sin embargo, en Roseto, un pequeño pueblo ubicado en Pensilvania,  nadie sufría de tales afecciones.

Este hecho llamó la atención del doctor Stewart Wolf, quien se trasladó al lugar para intentar dar con el origen de esta excepción tomando en cuenta los parámetros médicos vigentes.

Roseto fue fundado a finales del siglo XIX por inmigrantes italianos originarios de Roseto Valfortore, una pequeña localidad situada a los pies de la cordillera de los Apeninos.

Al enterarse de este dato, Wolf pensó que sus hábitos alimenticios, basados seguramente en una dieta mediterránea, serian los responsables de su buena salud, pero no era así.

Los rosetianos bebían más vino que agua, consumían mucho salami y queso, amaban tanto las albóndigas como las salchichas fritas en manteca de cochino y fumaban muchísimo.

De hecho, la tasa de tabaquismo en Roseto era una de las mayores del mundo, y no consumían tabacos de calidad, sino los famosos puros Stogie Italianos, sin filtro, sin tratar y repletos de nicotina.

Entonces, una vez descartada esta teoría, la siguiente suposición de Wolf apuntaba a la genética. Pero al estudiar la incidencia de las enfermedades cardiovasculares en los rosetianos que no residían en Pensilvania también se desechó esta hipótesis.

Luego, su estudio se centró en el análisis de la zona geográfica, pero Roseto colindaba con Nazareth y Bangor, dos pueblos donde la tasa de enfermedades concordaba con la media.

Además, los rosetianos no tenían, tampoco, un trabajo que fuera especialmente bueno para la salud, pues la mayoría se desempeñaba en grandes canteras de pizarra, la forma más antigua de extraer la roca, cuyas explotaciones implicaban la inhalación de micro partículas y compuestos químicos perjudiciales para la salud.

De esta forma, durante años, ninguna investigación pudo determinar por qué los corazones de este pequeño pueblo funcionaban de una forma tan perfecta. Hasta que finalmente el doctor Wolf junto al sociólogo John Bruhn descubrieron que el misterio de Roseto no radicaba en sus hábitos de vida, sino en algo mucho más importante: sus hábitos sociales.

En Roseto nadie estaba solo. Eran apenas 2.000 habitantes pero tenían 22 organizaciones cívicas. En casi todas las casas convivían al menos tres generaciones y los domingos todo el pueblo se congregaba en la parroquia Nuestra Señora del Monte Carmelo para celebrar juntos la misa. Este sentimiento de comunidad era inusual en un país donde reinaba el individualismo.

Asimismo, existía una suerte de “paridad económica” y los pocos que eran ricos no alardeaban de su poder adquisitivo y vivían exactamente igual que el resto, lo que ahuyentó el estrés, la sensación de injusticia social y las enfermedades del corazón.

Una década más tarde, los más jóvenes empezaron a independizarse y adoptaron el estilo de vida tradicional del americano suburbano, por lo que la tasa de mortalidad por enfermedades cardiovasculares alcanzó la media nacional.

A pesar de que este cuento no tiene un final feliz, el estudio que encontró “la anomalía de Roseto” es, hasta la fecha, uno de los más extensos de la historia, y puso sobre la mesa que no es solo lo que comemos o bebemos lo que marca la salud de nuestro corazón, sino que amar y compartir nos hace mucho más sanos y felices.

El doctor Stewart Wolf (1914-2005) y el sociólogo John G. Bruhn (1934) escribieron juntos “El poder del clan: la influencia de las relaciones humanas en las enfermedades cardíacas”.

Por: Jessica Dos Santos

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