El tocadiscos ya no estaba

Carmela es oriunda del estado Portuguesa. El negro es nativo de Anzoátegui. Se conocieron en la Caracas de los años 60. Él era dirigente sindical y ella una responsable secretaria, que siempre andaba “de punta en blanco”.

Entre discursos encendidos y piropos jodedores, confiando en que los polos opuestos se atraen, Lucho intentó atraer su atención. La llevaba, la buscaba, la traía.  En ese ir y venir, como un buen estratega de antaño, se metió en un bolsillo a su mamá.

Muy pronto, la doña tiró a matar: Hija, ¿tú no crees que Luchito es una buena opción para ti? En el fondo, Carmela pensaba lo contrario, pero —independientemente de su madre— sentía una suerte de “atracción fatal”. Al poco tiempo, dijo que “sí” ante el registro y el altar.

El matrimonio avanzó y la carrera política de Lucho también. Su sindicalismo lo llevó a convertirse en diputado de Acción Democrática (AD) por tres períodos. Juntos se mudaron a la carreterita de tierra, hecha por Rómulo Betancourt, donde vivía el adecal (líderes adecos).

Ella siguió trabajando, aunque con más comodidades: carro propio y un chofer durante los periodos en que estuvo embarazada. Tuvieron 3 hijas. Sin embargo, Carmela no se sentía parte de ese mundo. Ella no se parecía ni a la “barragana” Blanca Ibáñez ni a doña Cecilia Matos.

Aunque Carmela compartía la militancia política de su pareja, no se hallaba entre los vasos de whisky cotidianos ni los rumbones de fin de año de los políticos de ayer y hoy. Por eso, poco a poco, empezó a ausentarse de los compromisos sociales y aparecieron las peleas.

Un día, al regresar a casa, Carmela percibió que el tocadiscos de su marido ya no estaba en la sala. Entonces, lo supo. Luis se había ido con su amante, una muchacha que tenía la mitad de su edad. Rápidamente, se iniciaron los trámites del divorcio y la repartición de bienes.

No obstante, la depresión hizo que Carmela perdiera decenas de kilos. La mayoría de los días, esta mujer rodaba por la avenida Libertador escuchando el último hit de Oscar D’León: “Por tu mal comportamiento te vas a arrepentir, bien caro tendrás que pagar todo mi sufrimiento. Llorarás y llorarás sin nadie que te consuele y así te darás de cuenta que si te engañan, duele”.

Al enterarse de su estado, a su flamante ex esposo no se le ocurrió mejor idea que… ¡llevarse a sus hijas! Carmela recuerda que aquellos eran otros años, donde las mujeres/madres no necesariamente tenían la prioridad (ni para la guarda y custodia ni para quedarse con las posesiones) y, como siempre, los contactos lo determinaban todo.

Si un diputado quería a sus hijas, tendría a sus hijas. Además, a solicitud del político, ella fue internada en una clínica mental del este de la ciudad, donde la obligaban a comer y le daban un potente coctel de antidepresivos con ansiolíticos.

Tras semanas de estar ahí, un segundo domingo de mayo, cuando se celebraba el día de la madre, su ex le llevó a sus hijas para que “compartieran un rato juntas” en el centro de salud. Carmela bajaba las escaleras junto a la enfermera de turno cuando lo vio acercarse. El tipo se veía impecable, rellenito, feliz y ella estaba ahí “destruida, como una loca”.

Desde ese día, la paciente empezó a fingir que se tomaba las pastillas, luchó contra sus pensamientos y volvió poco a poco a recuperar el control de sí misma. Subió de peso. Y al cabo de un tiempo, insistió en que ya estaba lista para volver a casa. Y así fue.

Tras lograrlo, Carmela poseía la esperanza de poder recuperar a sus hijas, pero sus pequeñas no deseaban mudarse con ella. En casa de papá, cada una tenía su propio cuarto. Además, las constantes ausencias de Luis eran “recompensadas” con muchos regalos.

Carmela tuvo que aceptar su realidad y confiar en el paso del tiempo. Una psicóloga la ayudo a afrontar el proceso. A los años, las adolescentes cansadas del trato de su madrastra (que también era engañada con otra más joven) pidieron volver con mamá.

Además, AD dejó de ser AD y el negro Lucho perdió todo su estatus y poder. Nunca hubo ahorros y sus pertenencias quedaron regadas entre sus tantas separaciones amorosas. Sus jóvenes conquistas desaparecieron casi tan rápido como los “compañeros de lucha” con quienes se la pasaba de farra. “En la política no hay amigos”, solía decirle Carmela.

Con el tiempo, ella logró perdonarlo. Su corazón se llenó de compasión: “Él nunca pudo llenar sus vacíos. Tuvo todo y se quedó sin nada”. Hoy, de hecho, se considera su mejor amiga. De él y de todas las novias que ha tenido, quienes al poco tiempo corren despavoridas, no sin antes decirle a Carmela: “mujer, no sé cómo lo soportaste tanto”.

Carmela tiene 75 años, no se volvió a casar, vive sola y profundamente feliz. Hoy cree que casi todos los “males de amor” con el tiempo se disipan y hasta “dan risa”. Luis es un poco menor y hoy comparte su vida con “una señora de su edad”. Después de viejo, se metió a budista para intentar olvidarlo todo, pero según su ex esposa solo es “un loco que malgasta su presente recordando glorias y errores del pasado”.

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