El único tema posible

Fabricio y Angélica llevaban algunos años juntos. Tenían varios apartamentos en Caracas, pero decidieron convivir en un hermoso penthouse en el este de la ciudad. Allí tenían todas las comodidades necesarias incluyendo los respectivos puestos de estacionamiento que sus diversos carros ameritaban.

De igual forma, el espacio interno y las áreas verdes eran ideales para el esparcimiento de sus dos cocker spaniel inglés, que pasaban buena parte del día solitos, pues Fabricio y Angélica, tenían excelentes trabajos en reconocidas empresas privadas del país, con puestos de gran responsabilidad y una buena remuneración.

La verdad, ambos habían hecho todo lo necesario para llegar en buenas condiciones a sus 30 y piquito de años. De esta forma, estarían listos para su gran sueño: ser padres. Entonces, con todo en su justo lugar, la búsqueda empezó.

Sin embargo, tras meses de intentarlo, el “positivo” no terminaba de llegar. Aún así, no sé asustaron. Finalmente, Angélica llevaba muchos años tomando pastillas anticonceptivas así que aquello debía ser normal. De todas formas, ella decidió acudir a su ginecóloga para chequear que todo estuviese en orden.

A simple vista, todo estaba bien. No obstante, la especialista le practicó una ecografía transvaginal, entre el tercer y quinto día del ciclo menstrual, para hacer un recuento de los folículos de cada ovario, así como un análisis de sangre, para conocer los valores de diversas hormonas.

Los resultados solo certificarán lo que tanto se ha dicho: A los 35 años la llamada “reserva ovárica” es menor y tener un bebé puede ser un poquito más difícil, pero no imposible. Así que solo restaba seguirlo intentando.

Pasaron más y más meses y la noticia no llegaba. Entonces, Fabricio decidió que era su hora de visitar a un experto. En su caso, abundaban los espermatozoides, pero no se movían lo suficientemente rápido.

La suma empezó a convertirse en resta. Se habían unidos dos personas que tenían todo lo aparentemente necesario para ser padres, pero sus cuerpos no estaban colaborando con el objetivo en común. Aunque, ninguno de los dos estaba dispuesto a darse por vencido.

En conjunto, decidieron someterse a un proceso de reproducción asistida que arrojaba un 50% de probabilidades de éxito. Tan 50-50 que los especialistas le recomendaron intentarlo unas 3 o 4 veces. Pero cada intento -que duraba unos 30 días- contemplaba 5 etapas que requerían de mucha paciencia y dedicación. Y, por si fuera poco, costaba entre $3.500 y $5.000.

En Venezuela, existen 27 centros especializados en estos tratamientos, pero ni un solo plan público/gratuito para las parejas que atraviesan por estas dificultades. En algunas naciones de Europa, al menos existe una lista de Seguridad Social (por larga que sea).

Aún así, nuestra pareja se animó a intentarlo. De fallar, si contaban con los recursos económicos, tendrían que esperar entre 3 y 4 meses para volverlo a intentar. Al estrés, la hinchazón abdominal, las molestias inespecíficas en los ovarios, el cansancio o los constantes dolores de cabeza de Angélica, se sumaba la preocupación de Fabricio.

Además, ambos decidieron transitar está camino casi solos, como la mayoría de las parejas que se someten a estos procesos y no desean ser víctimas de los comentarios imprudentes de su entorno. “No quieres que sepan que estás luchando por tener un hijo. Te sientes mal si la gente te pregunta cuándo vas a ser mamá”, recuerda Angélica. 

En silencio, juntos, pusieron todo de sí mismos. Pero el primer intento falló. Lo volvieron a intentar… y nada. Empezaron a enfrentarse cada vez más de cerca con la angustia, la desesperación, el estrés. No quedaba espacio para la espontaneidad y la alegría. A estas alturas, la maternidad se había convertido en el único tema posible, una idea casi obsesiva. 

Esto fue minando sus esperanzas y agotando sus ahorros, pero, ya saben “a la tercera va la vencida”. O al menos eso se suponía. Al cabo de dos años, las expectativas desaparecieron. Las peleas llegaron: “tú eres el del problema”, “yo soy la que más ha sufrido”, “gasté todo mi dinero”, “no entiendes nada”.

Se les olvidó que no poder concebir es un problema conjunto, independientemente de si las causas son debidas a un factor masculino o femenino.

Angélica lloraba cuando veía a una mujer embarazada. Fabricio se llenaba de odio cuando leía alguna noticia sobre “bebés abandonados” o incluso “debates para legalizar el aborto”, no entendía como algunas parejas sin posibilidades económicas ni planificación familiar tenían 10 hijos y ellos que se habían preparado minuciosamente para ser “los mejores padres del mundo” no lo lograban. “¿Por qué yo? ¿Por qué a mí?”, se susurraba cada día.

Conversaban poco y siempre de lo mismo. La intimidad, de pronto, hasta dejo de tener sentido. La pasión se esfumó. El problema que “iba a unirlos y hacerlos más fuertes” empezó a separarlos de una forma lenta pero irreversible. 

Una mañana, Angélica decidió que no quería saber más nada de eso. “Eso” incluía tantos los procesos de fertilización como su matrimonio. A Fabricio -y su inmenso sentimiento de culpa- no le quedó más opción que “resignarse” … aunque aún no lo logra.

Cuéntame tu historia, redáctala como sea, juntos le damos forma y la compartimos. Difundir las distintas formas del amor, siempre es necesario: [email protected]

 

ENLACES PATROCINADOS

				
					<div class="fb-comments" data-href="<?php the_permalink(); ?>" data-width="100%" data-numposts="5">&nbsp;</div>
				
			
WP Twitter Auto Publish Powered By : XYZScripts.com