Ella jamás le pararía

Foto @linjianyangbe

Era difícil distinguir en que plan andaban. Siempre los veían juntos, pero nunca había ni agarradita de mano ni besos apasionados. Para amigos y familiares, era casi imposible que tuviesen algo: Mariana nunca le pararía bolas a un carajo como José.

Ella era una rubia espectacular. Tenía los rulos más definidos que cualquier peluquero haya podido ver. Por alguna extraña razón, ese cabello hacia un juego perfecto con sus diminutos senos y las amplias caderas. Siempre apostaba por un maquillaje suave aunque con atuendos coloridos. Ni hablar de sus dos carreras universitarias y el postgrado en marcha.

José, en cambio, siempre portada unos jeans golpeados por el paso del tiempo, el mismo par de franelas repletas de pelusa y los viejos deportivos de marca que no ha podido sustituir en años. El tipo no tenía vicios, trabajaba como ninguno, pero pelaba bolas como casi todos.  De ñapa, cargaba sobre sus hombros, la manutención de su familia materna.

Estaba perdidamente enamorado de Mariana, sí. Pero se sabía consciente de “sus debilidades”. Sus amigos lo alentaban asegurándole que “a los pobres siempre los salva la labia”. Sin embargo, Dios tampoco lo había dotado con el don de la palabra. Además, él había abandonado la universidad “para hacer plata”. 

Al verlos juntos, cualquiera tararearía el viejo merengue de Juan Luis Guerra y su 440: “Ella summa cum laude, yo suma dificultad» o la vieja canción de Los Adolescentes: “Tú no entras en su clase social así ella no te deje de amar”. Pero ¿existía alguna posibilidad de que Mariana lo mirase con ojos de amor? ¿Cómo surgen nuestras atracciones?

Según la Universidad de Siracusa, en Nueva York, nos toma solo medio segundo flecharnos con alguien pues ese es el tiempo exacto que nuestro cerebro tarda en liberar las moléculas neurotransmisoras del amor: oxitocina, dopamina, adrenalina y la vasopresina.

Pero, además del papel que juega la bioquímica, ¿por qué una mujer se derrite por un hombre y no por otro, aunque los haya conocido el mismo día, en el mismo lugar y bajo las mismas circunstancias? Tal vez ni la psicología ni la neurociencia consigan la respuesta.

José, sin embargo, necesitaba averiguar si algún día lo podría lograr. Entonces, se armó de valor y la invitó a salir. Ella, sin pensarlo dos veces, dijo que sí. Esa tarde reinaron las risas. Eso nunca puede ser mala señal. Así que poco a poco, las citas se fueron multiplicando. Pronto, conocerían a sus familias. De repente, se asumieron como “algo”.

Las amigas de Mariana, entre el desconcierto y una sutil envidia, empezaron a jurar y perjurar que “ella se lo busco así para que nadie se lo quite”, a murmurar que quizás “lo vio por donde era” e insinuar abiertamente sus posibles “dotes amatorios”.

Obstinado de tanta tontería, el subvalorado pretendiente aprovechó una salida grupal para erguirse ante todos y admitir públicamente todas y cada una de sus carencias, pero también exhibir sus ases bajo la manga: solo tengo la certeza de poder amar a Mariana hasta el último respiro de mi vida.

Aquella princesa, cansada de salir con “intelectuales” y “carajos de plata” que poco o nada sabían del compromiso, sintió que había encontrado un hombre que, a pesar de ser muy distinto a ella, compartía su mismo proyecto de vida: dar y recibir todo lo que tengan.

En la boda, cuando el cura exclamó “el novio ya puede besar a la novia”, todas las amigas anhelaban ser la Ligia Elena de Rubén Blades fugándose con el trompetista de la vecindad.

Años después, aunque ambos reconocen que aunque de cuando en cuando la diferencia social se ha hecho presente y todavía los miran raro en el supermercado, el amor ha triunfado.

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