Eso que llaman amor propio

Empezaba el año 2019, cuando una de las puertas de vidrio de mi ducha se salió del carril y se me vino encima. El accidente, afortunadamente, solo me dejo cortadas menores en los antebrazos y las rodillas. Pero, el miedo y la rabia se apoderaron de mi durante varios días. ¿Por qué me pasan estas vainas? ¿Se borrarán estas cicatrices algún día? y ¿Por qué este carajo no aparece?, me preguntaba.

A los días, el carro empezó a joder, echaba humo, no le quedaba ni una gota de refrigerante. “Hay que abrir el capo con más regularidad, flaca”, me dijo el idiota que me auxilio en plena Avenida Libertador. Y ¿por qué este carajo no aparece?, me volví a preguntar. “Se te jodió el radiador”, certificó el mecánico días después… y el carajo todavía no aparecía.

Estaba sin carro y con la piel llena de marcas, cuando Hidrocapital se compadeció de mi y decidió, tras varias semanas de sequía, enviar algo de agua a mi casa. El fregador no supo cómo procesar tan inesperada sorpresa y se colapsó en el acto. Maldita sea ¿cómo detengo tanta agua?, gritaba en mi cabeza. Y otra vez: ¿Por qué este carajo no aparece?

El carajo era mi novio y la mujer que se sentía profundamente frustrada era yo. “No lo necesitas”, decían mis amigas. Y no, la verdad no lo necesitaba. Soy experta resolviendo las vainas por mi cuenta y nunca he dependido económica ni emocionalmente de nadie. Pero, yo anhelaba su presencia y suponía, como un mantra, que “su deber” era estar ahí.

En medio de aquellos sinsabores, una rara fiebre, que iba y venía sin ton ni son, se apoderó de mí. Me dolía la cabeza, me pesaba el cuerpo, sentía puñaladas en el estómago, hasta que mi periodo se perdió. Por primera vez en mi vida, mi regla, puntualísima ella, tenía dos semanas de retraso.

Lo que me faltaba: estoy preñada y el carajo no va a aparecer. Sin dudarlo, y en medio de mi pelazón, llamé a la ginecóloga para que me atendiese fiado. Con 10 años conociéndonos, es lo mínimo que ella podía hacer por mí. “No, no estás embarazada. De hecho, todo indica que tu cuerpo está menstruando, aunque no lo esté”, me dijo, “así que… ¿qué más te pasa?”, preguntó. 

Acto seguido, yo estallé en llanto. Se cayó la puerta, se jodió el carro, se volvió mierda la cocina, tengo mucho trabajo y poca plata, estoy cansada, y este idiota nunca aparece. De paso, doctora, en mi instagram, la gente es súper feliz, los que se fueron, los que se quedaron. Ahí nadie tiene problemas. En cambio, míreme, me acercó a los 30 años, empieza la presión social para que sea mamá, mis mejores amigas andan casándose y preñándose por doquier y se ven tan bellas, tan seguras de sí mismas. Mientras que yo ni se lo que quiero y, de vez en cuando, hasta me da miedo la oscuridad.

Beherenis solo sonrió. ¿Qué te gusta hacer cuando te sientes así?, me preguntó. No sé, tal vez ir a trotar, respondí dudosa. Ve y hazlo. A la mañana siguiente, yo salí a cumplir mi palabra. A la primera vuelta, noté que no podía hacerlo. ¿En qué momento perdí también mis condiciones físicas? No puedo, doctora. Ni siquiera esto puedo hacerlo bien, le conté por teléfono. Sigue, respondió. En cada vuelta, no hacía más que compararme con las demás personas. Algo, definitivamente, no andaba bien.

Fui a la oficina y pedí todas mis vacaciones vencidas ante la mirada de quien probablemente consideró inadmisible que una jefa de prensa dejase el coroto en medio de una convulsión política y con las calles de Caracas en llamas. Yo misma me lo cuestioné varias veces. Pero lo hice. Y seguí trotando.  A las semanas, la pista de trote y el aire fresco empezaron a surtir efecto.

Yo tenía años trabajando sin parar, en mi trabajo formal, pero también en cuanto tigre explotador surgiera. No quería que la crisis económica arrasara conmigo. No quería devolverme a la casa de mis padres, ni vender el carro, ni irme del país. Además, como cualquier mujer, había estado cargando y resolviendo los peos de todas las personas que me rodeaban. Y, por si fuera poco, me encontraba en una relación donde solo recibía migajas de amor y eso, sin darme cuenta, me sumía en una profunda ansiedad que, de ñapa, era condimentada por las redes sociales.

Fui al psicólogo, paseé los domingos, me obligué a dormir más de 5 horas por día, comí helados, vi películas tontas, releí novelas que amaba, seguí trotando.  Entre vuelta y vuelta, intenté mirar, escuchar, sentir. Al cabo de un tiempo, me descubrí contenta con la alegría de un niño que aprendió a volar papagayo, risueña por la conversación de un par de liceístas, conmovida por la firmeza de aquel viejito que pase lo que pase siempre sale a caminar, enamorada de las parejas que se aman en la vía pública.

Ese capítulo me dio la fuerza necesaria para dejar de sostener todo aquello que tarde o temprano se iba a caer, incluyéndome. Renuncié a un trabajo que ya no me hacía feliz, terminé con un amor que me estaba matando por dentro, inicié mis prácticas de yoga, abandoné culpas que no me pertenecían, dejé de compararme con las demás, me puse por encima de todo y solo entonces, el amor llegó.

Cuéntame tu historia, redáctala como sea, juntos le damos forma y la compartimos. Difundir las distintas formas del amor, siempre es necesario: [email protected]

 

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