La bitácora de un amor

Tenía 16 años y “el saco lleno de huesos”. Se embarazó de su primer noviecito del colegio. Ella era jodidamente pobre, la hija única de una madre soltera.

Tras el “positivo”, se miraron a los ojos y empezaron a llorar. Él, un chamito más de la clase media caraqueña, rompió en mil pedacitos aquel resultado. “¿Y ahora? ¿Qué vamos a hacer?”, se preguntaron una y otra vez a lo largo de una avenida San Martín que parecía interminable.    

No fue promiscuidad ni un plan maléfico. Se trató de la pasión de un par de adolescentes sin mucho conocimiento en el manejo de anticonceptivos. 

No pensaron en abortar, aunque tampoco había chance. Cuando se enteraron, ya el embarazo había sobrepasado el cuarto mes. Pero el miedo era tal que la barriga no se atrevía a brotar.

En medio de su inocencia, Gabriela trazó una estrategia para intentar que la reacción de su madre, una ferviente católica, no fuese tan atroz. Le propuso ir a la misa de un padre amigo de la familia, Juan Manuel Fernández, quien ofrecía sus sermones en la Iglesia “Dulce Nombre de Jesús” de Petare. El cura, que ya estaba al tanto de todo, sería el vocero oficial.

Al son del “pueden ir en paz, la misa ha terminado”, empezó la guerra para Gabriela.

La familia en pleno se fue al cuartico detrás del altar para saludar al padre, quien rápida y elegantemente develó el misterio: “nos encontramos acá para darle la bienvenida a la vida. Tu hija Gabriela lleva en su vientre una bendición que llenará de alegrías a este hogar”.

“Pero ¿cuál hogar?”, se preguntaba la madre de Gabriela. Después del famoso “lo siento, esa barriga no es mía” que le escupió su pareja antes de esfumarse, todo había sido una sola paridera. No en vano tenían dieciséis años viviendo entre la calle y las “casas de familia” donde ella trabajaba como “cachifa”.

“¿Tú de verdad estás preñada Gabriela? Yo a ti te mato”, gritó la doña, segundos antes de estallar en llanto. “Yo quería que estudiaras, que no tuvieras que estar limpiando la mierda de otros como yo”, le dijo.

En ese instante, Gabriela supo que nada duele más que decepcionar a quien te ama. Hasta la rabia y el odio son más tolerables que sentir que le rompiste el corazón al otro.

Sin embargo, para revertir aquella premonición maternal, estableció un compromiso consigo misma: “Ahora más que nunca yo voy a estudiar”. Se paraba de madrugada, atendía a su varoncito, lo dejaba bajo el cuidado de una vecina, a quien debían pagarle de forma puntual.   

Así pudo terminar el colegio y luego empezar la universidad. Estudió siempre. Trabajó desde entonces. El padre del niño dejó de ser su noviecito, pero afortunadamente él y su familia, tras asimilar el trago amargo, asumieron las responsabilidades paternas.

Pero lo cierto es que la madre de Gabriela tenía razón: no había hogar. O al menos no una vivienda digna para construir un núcleo familiar en santa paz.  

Con apenas un par de años de nacido, su hijo ya había vivido en un sinfín de habitaciones en los distintos barrios de Caracas. Unas eran más pequeñas e incomodas que otras. En especial porque vivían cuatro: Gabriela, su mamá, su padrastro y el bebé.

Como era de esperarse, las peleas con su madre (por mucho que amase a su nieto) no se hicieron esperar. La escasez de metros cuadrados suele intensificar cualquier molestia.

Entonces, Gabriela intentó mudarse con su pequeño. Pero en todos los lugares la respuesta fue tajante: “con ese niño no”, “no aceptamos a mujeres con hijos”, etc. Por eso, antes de que el carajito cumpliese los cinco años, ella tomó la decisión más difícil de su vida: priorizar el bienestar de su hijo por encima de su dolor.

“Ven acá mi amor, mamá tiene algo que decirte…” y sí, lo dijo. Con la mayor delicadeza posible, le explicó a su hijo que le tocaría vivir con su padre mientras ella resolvía “un lugar bonito para nosotros dos”.

Entonces, ella empezó a escribir una suerte de diario, donde le contaba a su hijo lo mucho que lo extrañaba y los pasos que daba para cumplir su promesa: “Hoy, 12 de marzo del 2013, llevas 12 días viviendo con tu papá. He intentado que sea lo menos complicado posible para ti, pero me dueles tanto”, reza la primera página de aquel experimento.  

Letras iban y venían en un plan orquestado para el futuro: poder mostrárselas, algún día, a su hijo.  De esta forma, esperaba que él pudiese “conocer y entender” todo aquello que a sus cinco años era incapaz de procesar.  Tal vez era también su forma de lidiar con el temor que le generaba ser rechazada o juzgada por su pequeño.

Lo más doloroso era no dormir junto a él. Su único consuelo: verlo crecer en un ambiente sano. “La vida no es justa o por lo menos ahorita lo siento así. A lo mejor sea el tiempo de tu papá, para que te tenga, sienta y disfrute, aunque sabemos que los hijos no son de los padres sino de la vida. Espero que esto que escribo algún día te sirva, que sepas el amor es lo único importante, que mi amor eres tú”, dice la tinta derramada por sus lágrimas.

Pasaron seis años y muchos cuadernos, para que aquel lugar seguro existiera. Hoy viven juntos, en un techo propio, humilde, perfecto. Su papá se fue del país.  Le toca a ella “tener, sentir, disfrutar” las locuras de un adolescente sano y feliz. Por eso, en esta columna creemos –firmemente- en “las vueltas que da la vida”.

Cuéntame tu historia, redáctala como sea, juntos le damos forma y la compartimos. Difundir las distintas formas del amor, siempre es necesario: [email protected]

 

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