La casa que habito

Hace poco, leí un post en Instagram donde un famoso chocolatier preguntaba ¿A qué huele Caracas? En los comentarios, los que adoran los olores foráneos, pero cierran los sentidos ante los propios, respondieron: a basura, a cloaca, a podrido.

Quizás mi olfato sea torpe, pero a mí Caracas me huele a todo lo que soy, a las cotufas que compraba mi viejo en la plaza Bolívar de mi niñez, a los jojotos sancochados cerca de La Previsora, al olor a cloro de la piscina de la UCV, a los pinchos que vendían en la parada de la avenida Urdaneta, al humo acumulado en las cortinas del Moulin Rouge, a la tierra mojada de la Cota Mil, a pan recién horneado y café con leche, a la la canela que arroja el chichero, a la fragancia que deja el vapor de un buen perro caliente, a los sudores de quién vive bajo el sol ardiente, a hogar.

En Caracas se ha desarrollado la mayor parte de mis historias de amor. En esta ciudad se encuentra el liceo donde di mi primer beso, la universidad que me oyó decir «me gustas», los hoteles de mala muerte que me vieron entrar (¡caminando!), los bares que cobijaron la cúspide y el fin de cada relación, las camioneticas donde rodé sin rumbo, la montaña que me ve renacer.

Además, la ciudad en sí misma es uno de mis mayores afectos.  Dicen que la relación del alma con las urbes del mundo es parecida al amor hacia otro ser humano.  En el amor a veces hay poco de razonable y mucho de sensorial. Caracas tiene la capacidad de herirme y curarme con la misma facilidad y por tóxico que sea. He intentado huir del dominio que ejerce sobre mí, pero siempre regreso. “Uno siempre vuelve a los viejos sitios donde amo la vida”, cantaría la negra Sosa.

Adriano González León decía que Caracas era una ciudad “mezclada, revuelta, imprecisa, loca”, azotada por las pestes, codiciada por traficantes, lugar de pleitos entre gobernadores y obispos; hasta que, ya situado en el presente, la califica de “arbitraria, llena de ruido, injusta a veces, agresiva, injuriosa, desabrida y horrenda”.

Sin embargo, en la ciudad de sus textos, había “gentes que corrían desnudas llenas de una felicidad indescriptible” y comían “frutas que eran promesas de cielo”, y de una raíz, la caracara, que era “el amor naciente”. Para mí, Caracas es eso: sus gentes.

Recuerdo que en mis años universitarios, un profesor nos pidió despojarnos de los audífonos por una semana para capturar por escrito todo lo que oyéramos. Al hacerlo, descubrí que somos un pueblo repleto de cronistas, que nadie —se lee nadie— echa los cuentos mejor que nosotros:

«Yo le dije: mira pana tú podrás estar muy buena, pero ya…», le narraba un viejo a otro debajo del puente de las Fuerzas Armadas un lunes cualquiera.

«No hermano, uno no puede ser así, ser pichachero trae la ruina, lo que usted tenga en su nevera pues cómaselo y compártalo, es la única manera de que mañana vuelva a haber», le gritó un hombre, cerveza en la mano, al señor que se estaban “pasando la cero” en la barbería de Toni, una peluquería improvisada en la esquina de mi casa, bajo la más violenta pepa de sol.  

«Ay mija, yo lo dejo tranquilito, que sea feliz creyendo que yo le creo», sentenció la flaca con un tumbao de mujer que todo lo sabe.

«Cuando uno ve esas vainas tan feas, no puede volver a cerrar los ojos, aunque los cierre», le dijo un borracho a otro.

Caracas es, como diría Alejo Carpentier, otra ciudad de lo inacabado, de lo cojo, de lo asimétrico, de lo abandonado. Es una capital asfixiante, caótica y destartalada, en donde casi nada funciona, pero que nos produce una euforia imposible de reemplazar.

Mi casa; aunque me vaya, aunque nunca vuelva. Mi casa, la que me habita.

Cuéntame tu historia, redáctala como sea, juntos le damos forma y la compartimos. Difundir las distintas formas del amor, siempre es necesario: [email protected]

 

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