La flecha de Cupido

Hace días, unas amigas hablaban sobre lo que harían el próximo día de los enamorados. Una se quejaba de lo costosas que están las posaditas en La Guaira mientras la otra la invitaba a “redecorar el cuarto de la casa” y usar esos reales para “cenar algo rico”.

En silencio, intenté recordar mis 14 de febrero y caí en cuenta de mi falta de convencionalismos: nunca he celebrado un “San Valentín”.  De hecho, solo recuerdo un año donde pase el día llorando con una película navideña llamada “Todos están bien”.

Entonces, al llegar a casa empecé a leer sobre los orígenes de esta fecha, más allá de los clichés y los discursos anti-mercantilismo que también se convirtieron en cliché.

La historia que más me “flechó” fue la de Cupido y Psique, tal vez porque —en el fondo— se parece mucho a mi vida y seguramente a la de muchos de ustedes.

Cuenta la leyenda que Cupido era el hijo de Venus y Marte, y, según la mitología griega, recibió el nombre de Eros: dios del amor y del deseo.

En su poder tenía dos flechas: una dorada con plumas de paloma y otra de plomo con plumas de búho. La primera concedía el amor y la segunda la indiferencia, que de una u otra forma puede ser peor que el mismo odio ¿o no?

Un día, Cupido recibió una extraña encomienda de su madre: debía ir al mundo de los mortales, encontrar a la princesa “Psique” y hacer que se enamorara del peor de los hombres aunque seguramente eso iba a pasar con o sin Cupido, la verdad.

Psique era una joven cuya belleza e inteligencia envolvía a todo el mundo, pero no lograba encontrar pareja porque todos se sentían “muy poca cosa” para ella. ¿A ustedes también les han dicho algo así o Psique y yo somos las únicas desafortunadas?

Sin embargo, al verla, Cupido se enamoró profundamente (ya saben, en materia de amor, los hijos solemos llevarle la contraria a los padres) y, en ese momento, dejó de ser un niño para convertirse en un hombre (uhmmm también suele pasar). Cupido no crecía, porque el amor no puede crecer sin pasión. Aunque a veces no crecen porque no les da la gana.

A pesar del desacuerdo de los dioses, Cupido se casó con Psique pero como ella era mortal, tenía prohibido mirarlo. Por eso, se encontraban únicamente en la oscuridad de las noches. La princesa, al tenerlo cerca y escuchar su voz, se sentía plena.  Se supone que el verdadero amor surge del alma y no del físico.

Sin embargo, un día Psique quiso otra cosa (válido ¿no?). Algunos dicen que estaba influenciada por sus hermanas (en estas historias siempre se culpa a las mujeres de todo o casi todo), pero yo creo que se sentía sola por el día… como cualquier mujer cansada de la clandestinidad, cual amante el 14 de febrero.

Entonces, una noche, mientras Cupido dormía, Psique encendió una vela para descubrir su rostro y, por accidente, derramó una gota de cera en su piel. Para Cupido fue como si le hubiesen revisado el celular en mitad de la madrugada. Tras caer en cuenta de lo que ocurría, Cupido abandonó a la princesa argumentando que “el amor no puede vivir sin confianza”.

En medio de su desesperación post ruptura, en esos días donde una dice “si no volvemos pronto es que ya no vamos a volver nunca”, Psique le pidió ayuda a todos los dioses incluyendo a Venus (“coño, suegrita, por favor, piensa que la próxima te puede salir peor que yo”).

En medio de su furia, la diosa le asignó cuatro tareas imposibles, que de ser cumplidas garantizarían el regreso de su amado. Las misiones fueron conquistadas de formas inexplicables y casi en su totalidad (ajá, los cimientos del amor romántico, se supone que no hay vaina que una mujer enamorada no sea capaz de hacer).

La profunda lucha de Psique conmovió a los dioses, quienes le ofrecieron “ambrosia”, una bebida que le confería la inmortalidad, para que pudiese reunirse con su amado Cupido. Un “amor eterno”, pero de verdad (¡qué miedo!).

La boda de los dos enamorados se celebró en el Olimpo de los Dioses. ¿Será que vivieron felices para siempre? Tal vez, si. Pero, por supuesto, esta felicidad incluyó que Venus se metiera en lo que no le importa un par de veces más, Cupido huyese despavorido ante los problemas, Psique cayese en las garras de la inseguridad, etc, etc. De una u otra forma, de eso también se trata el amor… al menos el que la mitología griega nos heredó. 

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