La herida del abandono

Era la navidad del año 2011 Yesenia tenía 20 años y fue a visitar a su madre en Ocumare del Tuy. Ambas salieron a un restaurante, donde un hombre moreno, de 1.80 de estatura, pasó toda la noche mirándola hasta que finalmente le hizo llegar un papelito con su número de teléfono.

Ella tuvo miedo de escribirle, a pesar de que él le había llamado la atención. Entonces, su hermana la convenció: “eres soltera y no tienes nada que perder”, le dijo. Una semana después, lo hizo. Se escribieron durante algunos días y finalmente salieron.

Durante la cita, Yesenia percibió algo extraño en su actitud. Pero no se animó a increparlo. Finalmente, se trataba del primer encuentro y, a esa altura, ella ya deseaba repetirlo. Sin embargo, el galán se desapareció por varios días. Luego, se manifestó a través “del celular de un amigo” explicándole su ausencia: “es que yo no quiero hacerte daño, mi amor”.

Volvieron a salir una, dos, tres, muchas veces. En el ínterin entre un encuentro y otro, él seguía desapareciendo, cual mago de bajo presupuesto. Nunca había mayores explicaciones en torno a sus desapariciones. Aun así, transcurrido un año y medio, ella se animó a dar el siguiente paso: materializar un encuentro que dejaría atrás su virginidad.

Pero eso tampoco hizo que la presencia de su galán fuese más estable. Por el contrario, todo se tornaba aún más sospechoso. Con el tiempo, como era previsible, la ecuación se resolvió. Entre ires y venires, él se había casado con quien desde siempre había sido su novia.

Yesenia se enteró de esta boda a través de un tercero y comprendió de golpe que llevaba rato en la lista de las amantes que no se reconocen como amantes, aunque lo sospechen. No se sintió utilizada, pero si vacía, especialmente al descubrir que él siempre sería el gran ausente en los momentos más trascendentales de su vida.

No obstante, los encuentros furtivos nunca cesaron. Había algo que la hacía volver a sus brazos una y otra vez, aunque eso implicara llegar a casa sola y destrozada. Ella sabía que los amantes no hacen acto de presencia durante los domingos familiares, los cumpleaños de amigos, ni las navidades felices.

Las mayores ausencias ocurrieron cuando él se convirtió en padre, no una, sino dos veces. Del primer embarazo, se enteró por un primo. El segundo lo supo de su boca. Pero, a pesar del dolor o tal vez debido a este, ella se privó de experimentar nuevas relaciones amorosas. “Mi vida estaba atada a él así él pasará meses sin venir a verme”, me cuenta.

Tan pero tan atada que ella logró que su familia le abriera las puertas de su casa a este hombre, pese a que su madre no estaba de acuerdo con la relación, y él, a su vez, se las ingenió para hacerle creer a su esposa que Yesenia era “su mejor amiga”.

En una de sus desapariciones y tras seis años de relación clandestina, ella intentó alejarse y abrirse paso a una nueva historia de amor. Pero, su intento falló apenas él apareció. Hoy cumplen 11 años juntos, aunque durante la pandemia fue mucho más difícil verse. Los memes que vaticinaban que más de un amorío se vería afectado por el covid, no fueron más que una forma humorística de digerir su dura realidad.

En este caso, el dolor fue tal que Yesenia está decidida a superarlo. Dicen que cuando se llega al final del foso no hay más opción que ascender. Para hacerlo, ella echa mano de cualquier herramienta, desde ahogarse en trabajo hasta nadar en libros de autoayuda. La desesperación nos hace inclinarnos por todo aquello que parezca ayudar, y a veces, quien quita y lo haga. 

Hoy ella siente la necesidad de comprender por qué permitió lo inconcebible. Cree que sufre algo que los psicólogos llaman “la herida del abandono”, la cual fue generada por la ausencia absoluta de su padre desde que era una niña. Muchos no lo saben, pero el abandono es una de las primeras formas de violencia que experimentamos los seres humanos.

¿Cómo enfrentarnos al mundo y a las relaciones cuando las personas que supuestamente debieron cuidarnos y protegernos no se hicieron cargo de nosotros? Yesenia no recibe ningún apoyo económico de su amante, pero intuye que se convirtió en una dependiente emocional, capaz de tolerar cualquier cosa con tal de no sufrir otro abandono.

Pero, a veces el cansancio es más grande que el miedo, y ella, definitivamente, luce muy cansada de esperar. “Creo que nunca tuve la ilusión de que él terminase su relación para estar conmigo o quizás sí, no lo sé. Solo entendí que merezco más que sus migajas”.

Y ¿adivinen? Días después de esta carta, nuestra protagonista conoció a alguien con quien, tal parece, que se siente “muy diferente” en “muchos aspectos”. ¿Será que le pedimos a los dioses del amor que cuando “el mago” hago acto de presencia sea ella quien lo desaparezca de su vida?

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