La señorita de 80

Minerva llegó a Venezuela con apenas 16 años. Su hermana mayor y su esposo —quienes fungían como sus padres— decidieron venir al país en busca de una vida mejor.

Desde su aterrizaje, la jovencita empezó a trabajar en una reconocida empresa gasífera donde posteriormente hizo carrera profesional.

Mientras tanto, sus “padres adoptivos” decidieron entregarse a los trabajos del campo en una pequeña finca campesina. En este caserío familiar, trabajaba “el humilde Luis”, un muchacho muy admirado por su familia, debido a su inmensa capacidad laboral.

Sin embargo, la admiración se esfumó cuando Minerva puso sus ojos en él.

La jovencita se enamoró perdidamente del destacado trabajador y su sentir fue completamente correspondido. Ambos creyeron que su unión alegraría a todos sus allegados, pero no fue así.

Los familiares de Minerva explotaron de indignación al saber que aquella pequeña a quien habían rescatado de la pobreza para darle un mejor porvenir, había puesto su mirada en un vulgar peón.

Ellos aseguraban “querer” a Luis peeeero no para que se convirtiera en la pareja de su consentida. Era “una buena persona”, más no tenía los recursos suficientes para formar parte de la familia.

Sus familiares insistieron en la diferencia social y colocaron mil y una trabas en el camino de los jóvenes con el único objetivo de destruir su relación.

Más temprano que tarde, Minerva cedió ante las presiones y dejó a su gran amor. Luis pronto caería en las garras del alcohol, como en aquella canción de Jorge Guerrero:

“Tengo que ir a la cantina donde escucho encervezao
Un pasaje que me pone los ojos aguarapaos
Cuando pienso en la muchacha de quien vivo enamorao
Es la hija del dueño de hato donde siempre he trabajao”

Una y otra vez, intentó traerla de vuelta. Pero la señorita había tomado una decisión: complacer a su familia a costa de su propia felicidad.

A ella, como a todos, desde pequeña la educaron para ser agradecida, aunque eso implicase hacer cosas que no quería, pero los demás sí. Es así como empezamos a poner la mirada en el exterior y nos vamos olvidando de nosotros mismos.

Minerva, a pesar de tener casi 80 años, aún es llamada con el prefijo “señorita”. Nunca más se volvió a enamorar… no tuvo ni esposo, ni hijos.

Por el contrario, se entregó a los brazos del trabajo, crió a sobrinos, ayudó a hermanas, se transformó en un ejemplo de “independencia”.

Pero ¿es realmente una mujer independiente quien construye su independencia sobre los cimientos de lo que otros dispusieron para ella? ¿Puede ser feliz quien se queda añorando lo pasado? ¿Tendrá en su soledad algo de culpa?

Luis, por su parte, conoció a otra mujer, una “más parecida a él”, quien lo saco de los bares y le enseñó la dicha que otorga ser amados tal cual somos.

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