Las hermanas que escogemos

Cuando la vi llegar a la oficina pensé que le faltaba un tornillo. Con el tiempo supe que eran dos. Era bastante joven. Tenía potencial, aunque ni ella misma supiese cuanto. A veces creo que ni siquiera estaba segura del cargo al que se había postulado. La entrevista de trabajo se dividía en tres: una prueba escrita, una práctica y una breve conversación personal.

En la escrita, salió malísimo. La práctica, estaba un poco mejor. En la personal, me hizo una advertencia que parecía amenaza o viceversa. “Yo tengo un hijo”, manifestó como quien saca las garras. Ajá ¿y entonces?, le dije.  “Bueno, eso, para que usted sepa que yo tengo un hijo”, exclamó aún con más firmeza. Pobre, carajito —pensé— su mamá está loca ‘e bola. Me paré lentamente y concluí aquel encuentro.

Apenas nos despedimos intenté volver a mis tareas hasta que un compañero, urgido de que yo tomase una decisión que aliviará sus cargas laborales, me precisó con una mezcla de burla y desgano: “A esta tampoco las vas a contratar, ¿verdad?”. No sé, lo único que hizo fue repetirme que ella tiene un hijo, contesté. “Ay no, entonces no”, gritó él. “¿Por qué?”, insistí. “Las mujeres con hijos son menos productivas, los carajitos se enferman a cada rato, ellas no pueden asumir las guardias de fin de semana, olvídalo, no te servirá”, respondió como quien canta “la vida es así, no la he inventado yo”.

De repente sentí como si alguien hubiese golpeado la parte más sagrada de ni feminidad, mis ganas de algún día convertirme en madre sin tener que renunciar a mi oficio, el deseo que me había llevado a pelear con uñas y dientes contra una sociedad que insiste en oprimirnos y encasillarnos en los reducidos espacios donde no incomodamos sus ansias de superioridad. La respuesta de mi compañero me generó tanta, pero tanto arrechera, que enseguida llame a la carajita hiperactiva: ¿puedes empezar mañana?

Llegó y solo le expliqué lo elemental. En aquel entonces tenía aún menos paciencia que hoy y me escudaba en la premisa de que la gente debería aprender mediante la observación. No sé en qué punto del camino nos hicimos panas. Probablemente al empezar el día, cuando solo había cuatro gatos en la oficina y ella repartía café o un pan que se compró en el camino porque alguna tragedia de la cotidianidad había impregnado su mañana. Ya saben: no escuchar la alarma, despertar sin agua, descubrir que se acabó la bombona de gas, o caerte a golpes en la camionetica para poder llegar a tiempo.

Al poco tiempo, supe que contratarla había sido un acierto y que retenerla demasiado tiempo allí sería un error. Entonces, debíamos aprovechar esos meses. Intenté enseñarle un par de cosas, algunas con amabilidad y otras a los gritos. Una mañana, de las más celebres, me mamé de leer la palabra ‘decisión’ escrita primero con s y luego con c, así que me acerqué a su puesto y empecé a darle con un dedito en la cabeza: “vamos, decisión, primero con c, luego con s, aja c, s, c, s, ¿sí?”. Pero, mayormente, me enfoqué en transmitirle otras cosas: que las mujeres somos arrechas, que todo lo podemos, que siempre es posible dar más, pero que también es válido cansarnos, que llorar no nos debilita pero reír nos hace más fuertes, que la vida seguiría siendo jodida pero cuando las voluntades se juntan podemos aliviar las cargas.

Ella cargaba sobre sus hombros el peso de no poder vivir con su hijo por no tener un techo digno para hacerlo. En ese contexto, cada momento con su hijo era atesorado de una manera especial. Cuando lo conocí, supe inmediatamente que ese carajito sería el sobrino a quien le sacaría las patas del barro más de una vez. Era diáfano, noble, jodedor.

Entre mis recuerdos felices en aquella oficina está revisar currículos junto a él: “Este no te va a gustar, el tono de espera es un reggaetón”, decía tras marcar el número de un postulante y pasarme su hoja de vida. Al terminar, sus razonamientos sobre si contratar a alguien o no siempre estaban atravesamos por el amor a su madre: Este vive muy lejos, exclamaba yo. “Mi mamá también y siempre llega temprano”, respondía él. Ambos insistían en enseñarme que todos se merecen una oportunidad. Yo intentaba decirles que no siempre es tan fácil.

Con los días, ella y yo  empezamos a planificar proyectos ambiciosos o al menos a pensar que algunas cosas no eran tan imposibles como el desanimo generalizado nos hacía creer. En el camino, mi pareja repetía que esa pana estaba loca y juntas inventábamos “demasiadas guevonadas”. Su pareja, a la par, cultivaba hacia mí una arrechera de fuerza mayor. Una vez me dijo que yo quería convertir a su novia en una mujer como yo: muy profesional, muy arrecha, muy con techo, carro y todo, pero “sola”.

Su “ataque” encendió todas mis alarmas. No porque me dolieran sus palabras, para aquel entonces yo ya había empezado a entender la premisa que guiaría mi vida: entre estar con quien hace daño y estar sola, no había nada que dudar. Pero algo me decía, muy en mis adentros, que allí estaba el talón de Aquiles de mi amiga, ella tenía miedo de enfrentar ciertas cosas “sola”. A los seres humanos nos cuesta mucho entender que jamás estamos tan solos como creemos, especialmente cuando somos militantes de la solidaridad. Pero, al final, la vida los puso a ellos donde debían estar: en el recuerdo, junto a las versiones más reducidas de nosotras.

Con mi amiga aprendí que el transitar hacia la transformación personal no es la cosa mágica que vaticinan los coach. No consiste en pintarse el cabello ni en meterse en un gimnasio, aunque ambas cosas puedan hacer parte del proceso. Es un transitar que va dejando jirones de nuestra piel regados por ahí y parece un error hasta que se transforma en acierto.

Pero animarnos a intentarlo, nos dio techo (ajá, techo) y cobijo. Le permitió el reencuentro con su hijo y el crecimiento personal. Juntas hemos asumido trabajos que parecían imposibles, nos acompañamos en momentos jodidos, nos contamos cada cierto tiempo cuáles son los nuevos temores que nos impiden avanzar, crecemos, seguimos creciendo, y entendemos que esa es la magia de la amistad, ser la familia que uno mismo escogió. 

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