Luces, cámara y acción

Yo estaba realizando una investigación sobre la historia del cine venezolano. El tema no me era del todo ajeno. Quienes me conocen saben la cantidad de horas que he pasado viendo películas venezolanas “de las viejas” y mi rara teoría sobre como estas producciones, buenas o no, nos ayudan a leer el que país que fuimos y el que somos.

Recuerdo que conseguí una lista de largometrajes venezolanos (1975-1995) y andaba buscándolos como loca. Entonces, un amigo me habló del tipo que me podía ayudar. Al parecer, un profundo conocedor, un profesor de pinga al que no se le paraba muchas bolas.

Tras pensarlo un poco, le escribí. Sin mucha simpatía, me dijo que podíamos vernos en el Restaurante La Tertulia, de la Candelaria, a eso de las 5:00 de la tarde. Entré y el carajo estaba en la barra. “Un tipo serio”, le dije señalando su ron en las rocas. “El gusto es mío”, respondió. Éramos dos amantes del ron que se habían rodeado de amigos “cocuyeros”.

Como primera condición –dijo- respondería cualquier pregunta siempre y cuando no lo grabara. Intenté negociar: “te grabo pero no te cito”. Entre preguntas, respuestas y comentarios a pie de página nos agarró la noche.

Caminamos juntos hasta la puerta de mi casa. Tenía tantas dudas que era obvio que lo volvería a fastidiar. Entonces, quedamos en vernos otra vez. Al despedirnos, note que sonreír no le restaba seriedad. “Las sonrisas serías existen”, pensé infantilmente.

Nos reencontramos en otro restaurante de la zona.  Estaba en el segundo piso y había pedido algo de comer. Yo, como siempre, dije que no quería nada y luego rasguñe de su plato. Empecé a hacerle preguntas antes de que terminase de comer. Pero, esta vez, entre sus respuestas iba descubriendo parte de su vida y eso… me gustaba.

En los días subsiguientes, nos intercambiamos un par de correos. Finalmente, mi trabajo se publicó y creo que fue la excusa perfecta para vernos otra vez. No recuerdo si lo discutimos o lo celebramos. Pero, después de eso desechamos las excusas.

Fui a su universidad, nos embriagamos en Bellas Artes, comimos en las icónicas areperas de Bello Monte, nos tropezamos en algún concierto de salsa, y visitamos un restaurante peruano en Chacao. Ese es mi recuerdo más nítido, aunque aún no sepa cómo llegar al lugar sin perderme veinte veces primero.

Al salir, caminamos hasta la parada 24 horas de Chacaíto y agarramos una camionetica hacia el centro. “Te gusta mucho esto ¿no?”, exclamó con la mirada de un hombre que perdió la partida. “¿Qué?”, pregunté. “Lo de andar por Caracas de madrugada, de bar en bar, observándolo todo, como si fueras una sifrina descubriendo la ciudad”, me dijo.

Su comentario, sin proponérselo, respondió ese “¿qué coño estás haciendo, Jessica?” que retumbaba constantemente en mi cabeza. Yo tenía novio y él estaba casado. Lo hacía porque me gustaba y, por primera vez, no necesitaba un argumento más profundo que ese. Con él, hacia cosas que el miedo no me permitía hacer sola.

Pero, además, disfrutaba su don para conversar, su manera de estar.  “Si, me gusta”, respondí. Nos besamos y por alguna rara razón, ese fue –diría Benedetti- el minuto feliz:

“Gracias al escrúpulo, vacilamos, y se nos pasa el tiempo de gozar, de gozar ese minuto feliz que, como gracia especial, fue incluido en nuestro programa (…) constantemente nos estamos frenando, conteniendo, engañando y engañándonos; por qué entonces no puedo hacer posible tu minuto feliz; además tengo curiosidad por saber si no podrá ser también mi propio minuto feliz”.

Salimos unas cuantas semanas más. Jamás hicimos el amor… y aún no sé muy bien el porqué.

Una mañana me escribió: mi esposa la sabe. Fue la dosis necesaria de realidad y nuestra última conversación en mucho tiempo. 

En mis adentros, por “raro”, “inmoral”, “coño e m…” o poco sororo que suene, yo deseaba que su esposa le creyese, lo perdonase y fuesen felices. Algo me decía que él no era un infiel compulsivo sino que –al igual que yo- jamás habría podido perdonarse si se perdía aquel minuto feliz.

Casi 8 años después de esta historia, nos tropezamos en una pequeña reunión. Su voz me hizo estremecer como el primer día. Me invitó a bailar. “Yo no sé bailar salsa”, le recordé. “Pero si ya estás bailando”, me dijo al oído. Por un momento, nada había cambiado. “Estás idéntico”, susurré.  “Y tú te ves tan chamita como siempre”, respondió.

Con sus manos en mi cintura y la respiración caliente en mi cuello, me volví a preguntar: “¿Por qué fue que jamás hicimos el amor?”. Tal vez dentro de unos años me atreva a consultárselo. O quizás esta columna me traiga la respuesta. Ya les contaré. 

Cuéntame tu historia, redáctala como sea, juntos le damos forma y la compartimos. Difundir las distintas formas del amor, siempre es necesario: [email protected]

 

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