Me dejó y no me lo creía

Sabía que aceptar su invitación era un error. Vincularse sentimentalmente con un compañero de trabajo casi siempre lo es. Fuimos a ver “La piel que habito” de Almodóvar. Era la primera vez que yo pisaba una sala de cine “VIP”. No comprendí la magnitud del sillón ni la copa de vino a las 4 de la tarde, pero él convirtió mi incomodidad en algo gracioso. Era pana y detallista.

Tras esa cita, empezamos a almorzar juntos en la oficina. Salimos un par de veces más y, no sé cuándo ni cómo, nos hicimos novios. La jornada laboral se hizo más productiva y divertida. Él es, probablemente, uno de los mejores post productores que he conocido. Y a pesar de nuestras diferencias, éramos una buena dupla, una pareja que caía bien. Él tenía la creatividad y yo la disciplina necesaria para avanzar en aquel ámbito laboral.

A su lado y con su apoyo, proyecté la voz, perfeccione mi forma de editar, empecé a fijarme en el soundtrack de las películas, aprendí a montar bicicleta, le perdí el miedo a las motos, le puse el pecho a las subidas en carro sincrónico, acampe en el Ávila, me metí en un curso de cuatro, probé el sushi, compramos un terrenito para sembrar, nos pusimos a vender tortas y fui comprendiendo la importancia de no juzgar a nadie: Tenía a mi lado a un hombre valioso e inteligente, aunque no ostentase títulos académicos y tuviese un horrible tatuaje de Rasputín.

Yo intenté, en mayor o menor medida, devolverle todo su amor y dedicación. Me fajé para eliminar sus errores ortográficos, me empeñé en que estudiara y creciera profesionalmente, lo empuje a comprarse una camioneta usada, lo motive a conocer Venezuela y también a salir de ella, ampliamos horizontes en las más brutales aventuras. Éramos felices o al menos yo creía que lo éramos. Tanto que nunca me detuve a pensar si todo eso era realmente lo que él quería o si solamente lo hacía por complacerme.

En algún punto, lo confieso, empecé a asumir que era su deber hacer todo lo que yo organizaba en mi cabeza, lo que yo —al unísono— había planificado para ambos. “Creo que te hice tan mío, que por un instante te olvidé”, cantaría llorando años después mientras manejaba sin rumbo por tierras guaireñas, quizás con la esperanza de tropezármelo en alguna orilla de playa.

Yo siempre quería más, exigía y exigía, aunque no siempre estaba dispuesta a dar. Entonces, su seguridad se empezó a disipar y vio fantasmas donde no los había. Nacieron absurdos reclamos, quejas que disfrazaban sus propias inseguridades: “Te gusta más hablar con fulanito que conmigo porque como él si es estudiado seguro te entiende más”. Creo que dejo de admirarme y empezó a dolerle mi forma de ser.

Entonces, aquellas peleas que ni siquiera eran peleas llegaron para quedarse. Poco a poco, empezó a lucir cansado y yo también. Pensé mil veces en terminar la relación, salí un par de noches sin decirle nada, inventé excusas para no verlo, me molestaba todo: “Es que siempre me da los buenos días igual”, llegué a decirle a una pana. No pude asumir que nuestros sentimientos habían cambiado, que la relación —que yo tanto había cuidado— de repente se estaba muriendo y yo no sabía qué hacer con el cadáver. Pocas cosas son tan dolorosas como ver el fuego extinguirse lentamente y no poder reavivarlo ni apagarlo de golpe.

Aun así, me sorprendió y me dolió a morir el día que me pidió “un tiempo”, “aire”, “espacio”. Me jodió su ambigüedad. Yo merecía que me mandaran a la mierda como es debido, ¿pero que tontería era eso de “dame tiempo y espacio”? Peor que el “no eres tú, soy yo”. Lloré día y noche, había perdido a mi pareja y a mi mejor amigo, me costaba asumir mis rutinas sin su presencia, pero seguir tropezándomelo en la oficina.  

Sí, yo también estaba cansada, mintiéndole, huyendo, pero no me había preparado para ese desenlace. Quizás, por ególatra que suene, el problema fue ese: el final fue propiciado por él y no por mí. Él intentó ser mi pana, pero mi cerebro no podía procesar un cambio de luces tan veloz… ¡y ahora es que faltaba!

Poquísimo tiempo después, me enteré que él estaba preparando su boda, por la iglesia y todo, con otra, una otra que estaba embarazadísima. Eso me destrozó por partida doble: él quería un hijo y yo siempre le pedí esperarme un poquito más. No lo entendí. Aún no lo entiendo. Me dediqué absurdamente a averiguar quién era ella. “No se parece a mí, no tiene nada que ver conmigo, o sea, la caraja sale en su foto de perfil con el libro de Crepúsculo, maldita sea”.

Así supe que yo todavía era una experta juzgando. En mi cabeza era inconcebible que me dejara por alguien totalmente distinta a mí, lo que —por supuesto— la hacía “peor”, “menos”. Me repetí durante muchos meses que a los tipos les gustan las carajas simples, brutas, “con ella él no se va a sentir inferior”, bla bla bla. Hasta que el dolor se fue y caí en cuenta de mi ridículo accionar. Obviamente él quería algo distinto a mí y eso estaba bien.

Terminamos en 2015. Nunca más hemos vuelto a hablar.

El año pasado visité un lugar que conocí gracias a él y del cual me apoderé hasta el sol de hoy: Todasana, en la costa. Mientras recorría el lugar, recordé —sin nostalgia ni añoranza alguna— todo lo que ese pana me enseñó, lo que hizo por mí, la manera en que nos quisimos y apoyamos, y de repente, lamenté que él no hubiese tenido la valentía para propiciar un final más frontal ni yo la madurez para terminar con esa relación mucho antes. Pasado y sanado.

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