Mi amor platónico

Ingresé en la Universidad Central de Venezuela pocos meses antes de cumplir los 17 años. Siempre he creído que a esa edad uno no está realmente listo para decidir qué quiere hacer por los siguientes años, mucho menos si te lo pintan en tono «lo que harás por el resto de tu vida». 

De hecho, hay muchas experiencias maravillosas que no aprovechamos porque la inmadurez propia de esa edad nos lo impide. Yo estudiaba Psicología de día y Comunicación Social de noche. Al poco tiempo me di cuenta que aquello no era sostenible. La educación pública era mi bendición pero yo necesitaba trabajar porque los pasajes, guías y afines no se pagaban solos. 

Desde entonces supe, aunque algunos digan que no, que dedicarse a la llamada “vida intelectual” suele chocar con las necesidades básicas. Al crecer, verifiqué que para las mujeres el golpe es aún mayor porque casi todas las tareas de la vida familiar, etc, recaen sobre nosotras.

Por ende, debía abandonar una carrera pero no sabía cuál. Amaba las lecturas y los debates que surgían en las aulas de psicología. Hay dos clases que aún me resultan inolvidables. La primera contó con la participación de un hombre VIH positivo que relataba el impacto emocional de la enfermedad con una franqueza que me desnudó la crueldad del mundo. 

La segunda, planteaba un caso hipotético: un hombre va a tu consultorio y te dice que se siente atraído por su hijastra de 15 años, que le ha faltado el respeto de tales y cuales maneras y siente el deseo de abusar de ella. Él está ahí para buscar tu ayuda profesional: ¿Qué deberías hacer? 

Los chicos se metían en papel: «indagar en el porqué lo hace…», «ayudarlo a…», «él también es víctima de…» Mientras, mi cabeza solo pensaba en «denunciarlo, el tiempo está en contra, hay que salvar a esa niña primero». Cuando llegó mi turno, expuse mis ideas, que rápidamente fueron frenadas con el mentado «secreto profesional».

Sin embargo, yo me sabía de memoria un artículo salvador: el psicólogo podrá inobjetablemente proceder a revelar el secreto profesional, cuando de acuerdo con los dictados de su conciencia, exista un fin justificado y en la medida que el interés perseguido fuera mayor a lo que se mantiene en reserva. 

Esas clases eran divinas pero además los posibles argumentos y contraargumentos duraban semanas en mi cabeza. Pero en Comunicación Social aprendía a hacer lo que más me gustaba: escribir. Además, se supone que también me encontraría la misma sensibilidad/pasión para los temas sociales y que al estudiar de noche habría cierto nivel de madurez.

Todo fueron anhelos. En el plano real, habían muchos chamitos queriendo dedicarse al modelaje, la TV o los deportes pero ya saben: sus papás les decían que debían tener un título. También abundaban los adultos mayores con ganas de estudiar «algo fácil».

Intenté ignorar lo que me rodeaba y enfocarme en los profesores pero, con contadas excepciones, se trataba de gente con igual cantidad de conocimiento que de ego o frustración. De paso, era imposible proponer algo distinto a lo que habitaba en sus cabezas. Aún recuerdo mis 04 por escribir una crónica en primera persona, 07 por dejar un final abierto, 09 por no negar ni afirmar. Al poco tiempo, mi corazón andaba entre triste y arrepentido. 

Cuando estaba a punto de tirar la toalla, un ángel se cruzó en mi camino. Era un sociólogo, cuarentón, impartía las mil y un metodologías para la investigación que contemplaba la carrera, aunque casi nadie se inscribía en sus clases, «es demasiado exigente, él cree que uno no tiene nada más que hacer con su vida», susurraban los estudiantes por los pasillos. 

Para «fortuna» de todos, la misma clase era dictada por una viejecilla que te ponía 20 si le dabas los «buenos días». Pero en aquella absurda carrera numérica, yo solo buscaba una salvación. Empezaba a creer que Cortázar tenía razón, «la esperanza pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose».

Inscribí mi materia y me enamoré. Alberto lograba saltar del origen de las especies de Darwin a los ensayos sobre teoría sexual de Freud o la genealogía sobre la moral de Nietzsche, caminaba el laberinto de la Soledad de Octavio Paz, vigilado y castigado por Focault, descubriendo cual era ese segundo sexo de Simone de Beauvoir. Era el tipo más impresionante que mis ojos habían visto.

Recuerdo haber llorado en clase leyendo el suicidio de Emile Durkheim. Mientras, en sus “jueves de películas”, discutíamos la corporación, las muñecas rusas, el método, etc. Aunque lo más rico era escribir sobre todo eso, tener que aterrizar cada lectura “al formato periodístico”, trasladarla a casos cercanos, cotidianos, relacionados con nuestras simples vidas.

Alberto, sin duda, sabía cómo hacerlo. Siempre tenía un ejemplo cercano, un chiste bueno, una comparación admisible, una canción de salsa que recomendar, una frase capaz de hacer tambalear cualquier certeza. Además, era hermoso. Te entregaba las correcciones con la mirada pícara de quien hurga en tus expectativas, la voz de locutor de la nueva era, la sonrisita sexy.

Cuando culminamos las materias, él se fue a hacer un postgrado en México. Nos despedimos, como grupo, almorzando comida árabe. Recuerdo que le di las gracias, sin más. Pensé que sería muy infantil decirle que me devolvió las ganas de estudiar, me ayudó a no salir corriendo y me permitió, de una u otra forma, aprender a creer en mí: “Hazlo aunque no se parezca a nada”.

A veces me pregunto qué habría pasado si no me lo hubiese tropezado. Probablemente hoy sería una caraja frustrada, la chama que alguna vez creyó que podía escribir hasta que un par de profesores le dijeron que «no servía para nada».

¿Qué sería de ustedes si hubiesen creído en las voces que los desestimaban? Gracias a Alberto, también me propuse convertirme en profesora y dar las clases distintas al resto, pero parecidas a él. Llevo años intentando ser el contrapeso de todos aquellos que nos frenan. Algunos de mis estudiantes dicen que yo soy su amor platónico. Probablemente todos hayamos tenido uno.

Cuéntame tu historia, redáctala como sea, juntos le damos forma y la compartimos. Difundir las distintas formas del amor, siempre es necesario: [email protected]

 

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