¿Mientes? ¿Por qué?

Hace días, le conté a un amigo mi experiencia usando por primera vez una copa menstrual. Así, desenfada como ustedes siempre me leen, “chamo, esa vaina se perdió. No la encontraba, no sabía cómo sacarla de ahí, casi me pongo a llorar”.

Él, que es médico, recordó que una vez estando en el hospital vio llegar a una pareja sumida en el desespero. “Sáquenmelo, por favor”, repetía ella. No era una solicitud para abortar ni se trataba de un juguete erótico atascado. Era un simple y vulgar preservativo.

Sin embargo, el acompañante era su amante y el esposo estaba a punto de llegar a casa tras un largo viaje, por lo que –lógicamente- no reaccionaria bien al toparse con un condón ajeno en medio de un ansiado y esperado reencuentro amoroso.

La historia me hizo recordar a Nando, el gato del amor. El tipo caía de pie aún en las más embarazosas situaciones. Durante algunos años, trabajó en una agencia de viajes ubicada en un famoso centro comercial de la ciudad.

El flujo laboral era poco y en su abundante tiempo libre terminó poniendo el ojo (y “la bala”) sobre el cuerpo de una hermosa morena que trabajaba en una peluquería cercana.

Una tarde, mientras se hablaban chiquitico, de cerquita, ella interrumpió el erotismo imperante con un abrupto “mierda, mierda, allí viene mi marido”. Nando miró por la vitrina y contempló el reflejo del fulano. Debía medir casi dos metros y pesar unos cien kilos.

Entonces, se acercó aún más a su amante y le dijo: mami, actúa normal, preséntanos. Cuando llegó, su esposa lo saludó con un cálido beso: “Mi amor, que sorpresa verte, mira, ven, te presento a mi amigo Nando”.

Nando brincó hacia atrás, lo miró detalladamente de arriba a abajo y viceversa hasta que con una sonrisa maliciosa disparó: “¡que grandotote!”. ¿Perdón?, refutó el tipo. Entonces, Nando agitó las manos como obstinado por la poca comprensión que recibía, mientras se dirigía a su amante: ¿Y tú te comes todo eso cariño? ¡que golosa!

Al creer entender la escena, el esposo fornido retrocedió un paso, como si hubiese un riesgo latente de contagio.  “Te vine a buscar para que almorcemos”, murmuró. “Claro, vamos”.

“¡Ayyyy, que rico! Yo me comeré un sanguchito de atún y un jugo de patilla sin azúcar, porque tengo que mantener la figura. Por cierto, cariño… ¿Tu esposito no tiene un hermano así bien talla L como él?”, gritó Nando entre risas mientras se alejaba.

Un par de horas después, la mujer lo llamó: ¡Eres de lo último! ¿De dónde sacaste esa actitud de princesa? “Del instinto de supervivencia, mi amor, de donde más va a ser”, respondió él.

La historia y el sinfín de mentiras que la hizo posible siguieron durante un par de años más. El esposo de ella jamás se entero. La esposa de él tampoco. “¿Cómo no lo notan/notaron?”, se preguntó más de uno. Pero si viviéramos pensando que somos víctimas de los engaños de quienes nos rodean, la vida en sociedad sería insoportable.

Las estadísticas arrojan que la mentira casi siempre se hace presente en la vida pública y en los contextos familiares. ¿Habrá que darle la razón al psicólogo Miguel Hierro, cuando afirma que “mentir es como los catarros, los padece todo el mundo?”

En el libro “Amar sin miedo a malcriar”, la psicóloga Yolanda González Vara, indica que la capacidad de mentir surge en la infancia y supone un importante avance en el desarrollo del niño pues devela la independencia de su estructura mental respecto a la de sus padres.

En este sentido, los niños “mienten” para protegerse, para conseguir algo que desean, para evitar un castigo, por lealtad a sus padres o, en el caso de las víctimas de abusos, por temor a que decir la verdad pueda romper vínculos afectivos importantes.

Los adolescentes, en cambio, mienten para quedar bien, para simular algo que, en realidad, no son, para ocultar a sus padres trasgresiones que consideran reprobables o, sencillamente porque creen que esa mentira les facilita la entrada a un grupo del que desean ser parte.

Pero y ustedes, adultos y adultas de mi corazón, ¿mienten? ¿Por qué?

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