Muchos besos y nada de aquello

El año 2015 estaba a punto de terminar sin ninguna novedad para Omar. Pero, de repente, Carolina fue trasladada al departamento de Consultoría Jurídica que él coordinaba.

Ella era una abnegada abogada, una caraja súper eficiente. Tenía casi 40 años, ostentaba su soltería con orgullo, se sabía poseedora de una simpatía arrolladora y una inteligencia incalculable.

No obstante, a Omar lo cautivó fue su don para conversar sin retrasarse en sus funciones. A menudo, les tocaba trabajar juntos. Él le asignaba un trabajo tras otro y ella los entregaba siempre con los mejores resultados, muy por encima del resto de sus compañeros.

Durante dos años, fueron una excelente dupla laboral. Pero, justo cuando se iniciaron las protestas antigubernamentales del 2018, conocidas como “guarimbas”, el panorama empezó a cambiar.

Las manifestaciones los obligaban a salir mucho más temprano de sus hogares y, por supuesto, a regresar más tarde, lo que hizo que compartiesen más tiempo juntos y en un horario extra laboral.

Omar, que de por si siempre llegaba más temprano de lo correspondiente, comenzó a sentir un deseo enorme de verla llegar antes que al resto. Era, a su juicio, la única manera de poder saludarla con un beso en la mejilla o un abrazo que dejase entrever su sentir.

De esta forma, la cajita de los sentimientos empezó a abrirse. Entonces, nuestro protagonista se puso a la “cacería” y su “ataque” fue felizmente correspondido.

Carolina reaccionaba a todos sus piropos de forma provocativa, aceptaba cualquier invitación, le demostraba su interés constantemente. De pronto, comenzaron a verse casi todos los sábados con la excusa de terminar los pendientes. Pero resulta que Omar, desde hace muchísimos años, ostentaba un contundente “estado civil: casado” en su cedula.

Este “pequeño detalle” imposibilitó que concretasen cualquier encuentro intimo pues Carolina, oriunda de tierras andinas y educada bajo la más estricta enseñanza católica, se negó rotundamente al “pecado” de materializar el feroz deseo que sentía por el hombre ajeno.

Sin embargo, Omar asegura que el amor que surgió entre ambos fue tan profundo que, aunque jamás hicieron el amor, él se sentía el hombre más feliz del mundo al estar a su lado. “Cuando se trataba de Carolina acariciar sus mejillas, besar su frente o mirar sus ojos era más suficiente”, recuerda.

Él asegura que hubiese podido pasar toda su vida en esa dinámica. Aunque, persistiendo también en sus pretensiones de avanzar al plano sexual. Pero, súbitamente, Carolina lo puso entre la espada y la pared: “Quiero un compañero de vida, alguien que esté a mi lado todos los días con sus respectivas noches”. 

Omar lo pensó, pero no pudo. Imaginarse separándose de su esposa “de tanto tiempo” le resultaba aterrador. No importa si había más costumbre que amor, él sencillamente no podía concebir la idea, aunque “amara” a Carolina y desease profundamente estar con ella.

Carolina, por su parte, estableció unos plazos prudenciales para que Omar tomase la decisión. En el fondo, ella deseaba ser madre, acababa de cumplir los 40 años, y sentía que no podía perder ni un minuto más. A veces parece, como si se tratase de un conjuro, que cuanto más ansiosas estamos las mujeres con la maternidad más “parejas imposibles” arriban a nuestras vidas. 

Finalmente, el día llegó y Omar exhibió una mezcla de miedo con comodidad: Lo siento, yo te amo, pero no abandonaré “mi hogar”. Tras decirlo en voz alta, el vacio se hizo aun más profundo. “Sentía que mi mundo se terminaba, pero no era capaz de dar un paso distinto”, rememora.

Tras eso, él pensó en renunciar al trabajo. Pero Carolina tomó la delantera: se fue y además lo bloqueó de todas las instancias digitales posibles. Desde entonces, Omar cambió su comportamiento en casa. “Al comienzo tuve el cuidado de ser muy discreto, pero luego no importaba nada; tal vez buscaba una excusa para tomar la decisión”, asegura.

Al cabo de un tiempo, su esposa supo algunos pormenores de esa “relación furtiva”. Siguen juntos. Tienen dos hijos. Pero este cacho de muchos besos y “nada de aquello”, laceró para siempre su matrimonio. De cierta manera, el hombre se quedó “sin el chivo y sin el mecate”.

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