“No puedo, me voy”

Enrique era un soltero empedernido. Tenía más de 40 años y cero ganas de cambiar su estatus civil. No quería hijos ni ataduras, vivía feliz con su gato persa y la señora que, cada tanto, iba a limpiarle la casa y dejar decenas de almuerzos congelados.

“Soy el sueño de cualquier mujer”, solía decirme.  “Creo que yo nunca confiaría en un cuarentón soltero, sin hijos, con mascota y casa limpia, algo ha de ocultar”, le respondía yo. Pero, lo cierto, es que le llovían las mujeres. Generalmente, bellas y sensibles.

Para lograrlo, sus estrategias de seducción siempre podían superarse. Durante algunos meses, por ejemplo, se dedicó a ir a clases de yoga y pilates en El Hatillo únicamente para levantárselas. “En lo que ven que no eres gay, te caen encima —me contaba—, y entonces yo empiezo a hablarles de los peldaños que debemos transitar en nuestro camino hacia el autoconocimiento y la sanación y fuas, con ese cuento las mato a todas”.

Yo, aunque lo vi un par de veces vacilándose algunos videos sobre el hinduismo, juraba y perjuraba que me estaba mintiendo. Nadie en su sano juicio podía creerle a semejante disfraz. “Tú no me has visto”, decía. Entonces, acepté la invitación a presenciar su modus operandi. En efecto, al finalizar la clase, las tipas murmuraban sobre lo “hermoso” y “sensible” que era.

¿Cómo podemos ser tan idiotas?, pensaba. ¿Por qué él es tan desgraciado?, rectificaba. A una parte de mi, le daba mucha risa todo aquello. A la otra, le molestaba la profunda irresponsabilidad emocional de actuar así.

“Un día te vas a conseguir con la horma de tu zapato”, solía repetirle.

La conoció en el Ávila y quiso asombrarla invitándola a volar en parapente: “Vamos ahorita pues, yo también sé volar”, le respondió ella.  Era una mujer de cuarenta y pico de años, pero estaba podrida de buena. Tenía unas facciones muy pronunciadas, las piernas definidas, los ojos claros y unos lunares muy sexys.

Se había convertido en madre a los 16 años y, hoy, si acaso, parecía la hermana mayor de su hijo. Para salir adelante, estudió administración y le sacó el jugo a su carrera por años. Pero desde que su carajito cumplió la mayoría de edad y se fue de casa, ella se dedicó a retomar la vida que había dejado de vivir.

Entonces, aprendió pol dance, practicó deportes extremos, se hizo algunos tatuajes, adquirió los vestidos más cortos de las tiendas y salió a rumbear todos los fines de semana.

Tuvo novios y peor es nada. A algunos los conquistaba en su rol de administradora y a otros en su faceta informal. Sin embargo, con Enrique fue sincera: yo soy todo esto. De repente, ambos iban a clases de yoga a ver quien levantaba más y hasta se lanzaban sus apuestas.

Tenían un humor igual de negro. Una mañana, la caraja lo llamó entre lágrimas:

—Mi amor, es que el gato…

—¿El gato qué? ¿Qué le pasó a mi gato?

—Bueno, es que la ventana estaba abierta y… (agregué acá un llanto ensordecedor).

El tipo salió corriendo a casa y ahí lo esperaba un pequeño cartel: “Feliz día de los inocentes”.

Casi todo les importaba un bledo.

Un domingo, ella lo invitó al almuerzo con sus padres y los “nonos”. Tras varias horas viéndolos hacer la pasta con sus propias manos y menear la salsa blanca sin cansancio, ambos acordaron ir por una Heinz 57 para echarla sobre sus platos recién servidos y así despertar el desprecio familiar.

Pero entre las mejores anécdotas, está el día en que ella lo llevó a una playa nudista. Enrique no sabía cómo evitar sus erecciones y ella solo le mostraba su pipí a todos los presentes.

Él, finalmente, se había enamorado. Se sentía cómodo y feliz. De su mente y su cuerpo, se había esfumado la necesidad de buscar otras mujeres, fingir o embaucar.

Pero, la imaginación y curiosidad de Daniela no tenía límites. Un día le propuso algo para lo que ni él estaba preparado: swinger (intercambios de parejas sexuales).

Ella ya había averiguado todo. Existía un club en Caracas, de gente de clase alta, al cual podían afiliarse:

 “No es tan de una, primero conocemos a la pareja, salimos con ella”, le explicó.

Él aceptó, se dejó llevar, pero llegado el momento del intercambio, supo que aquello era más de lo que él podía o quería seguir experimentando. La emoción de Daniela llegó incluso a perturbarlo. “No puedo, me voy”, dijo. Ella lo siguió. El silencio reinó algunos días.

Tras el episodio, Daniela intentó “rescatar” la historia: empecemos de nuevo, desde cero, solo tú y yo. Pero, para Enrique, fue imposible olvidar que casi la vio estallar en los brazos de otro. “Lo que pudo haber pasado” le ganó a lo que fue.

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