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¿Odias o amas tu cumpleaños?

Algunas personan aman que llegue su cumpleaños. De hecho, arman una gran fiesta para sí mismos. Se compran lo que les provoca. Son capaces de autohomenajearse en grande.

Otras, en cambio, se ponen nerviosas, ansiosas, tristes. Nunca celebran e incluso le piden a sus seres cercanos que “por favor” no les vayan a hacer ningún regalo.

Yo tengo una relación amor-odio con los cumpleaños. Se lo atribuyo a la presencia prematura de la dualidad vida-muerte. Mi hermano morocho nació segundos antes que yo y murió tan solo un par de semanas.

Mi cuerpo en formación se sentó sobre el suyo y se la puso difícil. A veces me creo una sobreviviente, un alma que deseaba demasiado vivir, pero la mayor parte del tiempo me asumo la “culpable” de su deceso.

Sea como sea, mi fecha de nacimiento y mi sobrevivencia se convirtieron en la presencia que recuerda una ausencia, una celebración sin plenitud.

Pero, además, en mi núcleo primario jamás se celebraron los cumpleaños. Creo que siempre fueron vistos como un año menos de vida y no como 365 días vividos, que merece ser celebrados.

Por si fuera poco, mi ansiedad sumaba un factor extra: mi mente elaboraba inconscientemente una larga lista que siempre empezaba con: “estoy cumpliendo tantos años y todavía no he hecho/comprado/vivido/tenido tal o cual cosa”.

Da igual cuál fuese mi edad, siempre faltaba un check: “no me he graduado”, “todavía no trabajo en mi profesión”, “aun vivo con mis padres”, “ya me mude pero esto mide 30 metros”, etc.

El espiral trasciende al tema material. Por ejemplo, después de los 30, entró el afán por la “pareja estable” o el debate sobre la maternidad (creo que todas lo hemos tenido, incluso las que decidieron rotundamente no ser mamás).

Socialmente, existe una fuerte presión vinculada con la edad. Se supone que hay edades preestablecidas en las cuales ya “deberíamos” haber culminado la formación universitaria, conseguido el trabajo bien remunerado, la casa, el carro, el matrimonio, los hijos.

A la par, están nuestras metas personalísimas, aquello que creíamos que habríamos logrado para tal o cual momento.

Entonces ¿qué ocurre si estas expectativas no se han cumplido? ¿Qué pasa si nuestra vida no se parece en nada a lo que “debería ser” o a lo que querríamos que fuese? ¿Y si en algún momento lo fue y se desmorono? La autoflagelación puede ser durísima.

Por eso, tras muchas crisis existenciales y mucho trabajo psicológico, yo me bajé de esa carrera sin frenos donde no disfrutamos el recorrido ni tampoco somos felices con los resultados (independientemente de cuáles son).

Este 13 de julio cumplí años y lo pasé como los últimos meses de mi vida: intentando vivir un minuto a la vez y vivirlos de verdad, por más cliché que esto suene.

No sé si es la edad o los procesos que he atravesado pero últimamente solo me importa una cosa: estar tranquila. Lo solucionable se solucionará y lo que no… se transformará.

No podemos controlarlo todo. No somos adivinos. La vida no es estática. Todo se decanta. Lo estoy entendiendo. Al fin lo estoy entendiendo.

Además, por primera vez, me siento orgullosa de mí, y no se imaginan lo raro que es escribir esto, lo difícil que me resulta hablarme bonito.

Pero, si, estoy orgullosa de mi, camino ligera (con todo y mis sombras), tengo la mente y el accionar limpios,  sé que nunca faltará el amor (en mi interior y a mí alrededor) y solo me interesa estar sana y lucida para disfrutarlo.

Si usted llega a su cumpleaños así, tal vez ese sea su mayor regalo.  

Tal y como pregonaba Séneca: Tenemos “toda una vida para aprender a vivir”.

Por: Jessica Dos Santos

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