Otro tipo de amor

Camilo nació en medio de una guerra civil. Era 1987 y, en Mozambique, el  Frente de Liberación (Frelimo) y la Resistencia Nacional (Renamo) se disputaban el control del territorio. La beligerancia empezó apenas dos años después de que el país alcanzará a liberarse del dominio portugués. Poco o nada disfrutaron de aquella independencia.

Durante su niñez, en Maputo, no abundaban los juguetes pero tampoco las balas, pues la capital fue el sitial más privilegiado. A sus cinco años, tras un millón de muertes, llegó “la paz”, y la imperiosa necesidad de reconstrucción de  una infraestructura rural —incluidos hospitales, líneas de ferrocarril, carreteras y escuelas— totalmente destruida.

Allí, entre tensiones e injerencias, a orillas del océano Índico, permaneció hasta sus 18 años. Al salir de los  800.000 kilómetros cuadrados de su patria, se trasladó a la ocho veces más pequeña Portugal, donde realizó su licenciatura y maestría, al tiempo que conoció a María Elena, una compañera de estudios que se convertiría en su primer gran amor.

Tras graduarse, partieron a Estados Unidos,  y cursaron un doctorado de cinco años. Luego, se trasladaron hasta Alemania, trabajaron tres años en diversos proyectos de índole científica, y en el ínterin tomaron la decisión de casarse. Ya siendo “marido y mujer”, la vida los llevó a Francia,  pero justo ahí, donde se halla “la capital del amor”, se dijeron adiós.

La primera despedida ocurrió en el 2018 cuando Camilo, atraído por esa rara agitación política de la que tanto hablaba la prensa internacional, tomo un avión rumbo a Venezuela, para participar como observador en las elecciones presidenciales de ese año.

Pero un viaje que debía durar cinco días se transformó en una estadía de mes y medio. Camilo se quedó a compartir con un grupo de periodistas internacionales —con quienes interactuaba desde la distancia— para poder conocer, de primera mano, lo que ocurría en este pedacito de El Caribe. No se le ocurrió quedarse, pero sabía que su destino era volver.

El hecho es que casi un año después, en febrero del 2019, Caracas lo recibiría otra vez, pero ahora como parte de ese mismo equipo de prensa. Desde entonces, Camilo se entregó a la efervescencia de este pequeño país que cada día genera mil nuevas noticias, donde el sol y la luna se turnan sin que notemos su cambio.

En esta oportunidad, se quedaría tres meses (marzo, abril y mayo), el tiempo que se puede permanecer en Venezuela con visa de turista, para luego regresar a Saint-Genis, el pueblito francés cerca de la frontera con Suiza, donde vivía, y en teoría, seguiría viviendo, con su esposa. Sería un viaje más, otra breve estadía. Nada para un hombre que había visitado dieciocho países y vivido en cinco.

Ella, aunque lo iba a extrañar, aceptó la propuesta. El amor también contempla “ceder” de vez en cuando ¿no? Y tras ese trimestre, vendría el feliz reencuentro. Finalmente, nadie en su sano juicio se quedaría en Venezuela mucho tiempo, menos después de los apagones masivos del 7 y 25 de marzo de aquel año.  Aunque nadie dijo que Camilo estuviese exactamente cuerdo.

Se acercaba agosto y algo —tal vez el clima, la historia viva o el calor de su gente— lo convocaba al asentamiento. Los que saben de arraigos y desapegos, dicen que hay diferencias sustanciales entre “quedarse”, “permanecer”, o “asentarse”, esto último implica establecerse en un espacio de manera firme. ¿Esto quiere decir comprarse un apartamento o enamorarse de un lugar hasta sentir que formas parte de él y viceversa? Quién sabe.

Pero, si algo tenemos y contagiamos los venezolanos es nuestra brutal tendencia a la sinceridad o el “sincericidio” y Camilo no escaparía de eso: ¿Seguía amando a su esposa? ¿La extrañaba lo suficiente? ¿Y él? ¿Era el mismo hombre que se casó con ella?  ¿Había un proyecto de vida en común o se trataba de una unión facilitada por los contextos pasados? “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”, recitaría el poeta.

Llegó el día de partir y nuestro protagonista fue el gran ausente en el Aeropuerto de Maiquetía. María Elena no podía venir por su trabajo, Camilo tampoco la deseaba acá. Buscó excusas, pero ninguna era creíble. Ya no había para donde agarrar: “Me voy a quedar, tenemos que separarnos”.

Los correos iban y venían.  Hasta que en agosto asumió su decisión y viajó a Francia. Al tenerla enfrente, todo parecía más complicado, intentó explicar lo que él tampoco entendía, habló de emociones, buscó alzar la bandera blanca de la paz, le pidió el divorcio, permaneció allí hasta concretarlo, volvió al Sur.

Camilo abandonó al cercano rio Sena, dejó de lado la famosa Catedral, olvidó los puentes repletos de candados, cambió “Amelie” por “Puente Llaguno: claves de una masacre”, Alí Primera le sonó más que Edith Piaf, se fue del lugar más romántico del mundo a uno de los más caóticos, donde, de una u otra forma, encontró otro tipo de amor, uno que lo hizo entender que, como diría el líder mozambiqueño, Samora Machel, “la solidaridad no es un acto de caridad, sino una ayuda mutua entre las fuerzas que luchan por un mismo objetivo”.

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