Papá no está, pero existe

Jennifer era hija única. De su padre, nunca supo nada. La abandonó cuando ella era muy pequeña. Su madre era una colombiana con un carácter “muy fuerte”. Tal vez por eso se destacaba como profesora de primaria en un reconocido colegio de Caracas.

Vivían solas. Pero en su casa, la libertad no existía. Se seguían numerosas normas y el poder de decisión de Jennifer era casi inexistente. “No podía ni mover una olla”, recuerda. En medio de tanta represión, ocurrió lo previsible: explotó la rebeldía.

Jennifer, tras culminar a duras penas el bachillerato, se negó a inscribirse en la universidad. Por el contrario, se arrojó a los años sabáticos y “la vida loca” vendiendo zarcillos y pulseritas (hechos por ella) por todas las playas del Litoral Central.

Era increíblemente talentosa con sus manos, pero poco constante. No obstante, durante ese período de sol y arena, también hubo algunos intentos de volver al carril: cursos de manualidades, otros de repostería, trabajos más formales.

Entre una locura y la otra, los años fueron pasando. De repente, Jennifer se acercaba a los 35 y el llamado “instinto maternal” se empezó a manifestar. Además, estaba convencida de que pronto la iba a “dejar el tren”. Quería un hijo y lo quería ya.

Entonces, se lo planteó a su pareja o lo más cercano que tenia a eso, un hippie con el que llevaba solo un par de semanas. Muy aventurero y todo, pero el tipo de inmediato rechazó su propuesta. “No quiero eso, casi no te conozco, no estoy listo”, respondió firmemente.  

Sin embargo, ella no se iba a dar por vencida. Por eso, una noche —que parecía “cualquier noche” pero coincidía con su día de ovulación— en medio de una fiesta, procuró que su novio bebiese más de la cuenta y se entregará a un apasionado encuentro sin protección.

El plan (el de ella, claro) salió a la perfección. El encuentro se tradujo en un barrigón. El novio, tras el desconcierto y la molestia inicial, se mostró dispuesto a intentarlo. Entonces, alquilaron un pequeño apartamento y vivieron juntos un par de meses, los suficientes para darse cuenta de que no sabían ni soportaban nada del otro.

Las peleas estaban a la orden del día. Entonces, el hippie agarró sus peroles y se fue.  Jennifer se quedó sola con su barriga y no le quedó más opción que volver donde su estricta y ahora molestísima madre, quién esta vez apretó aún más las tuercas: “Si quieres regresar, necesitas un trabajo formal y ya te conseguí uno en el colegio. Tú decides”.

No le quedó otra opción que aceptar la oferta de su madre y empezar a trabajar como auxiliar de educación inicial. Entre eso y ser madre soltera, se acabó el tiempo de inventar. Cuando apenas se estaba adaptando a su nueva dinámica, su madre enfermó de forma severa. Jennifer y su hijo se quedaron absolutamente solos.

Entonces, sin notar cómo ni cuándo, ella empezó a ser igual de asfixiante que su madre. De hecho, lo inscribió en un costosísimo colegio bilingüe para niños de clase alta, donde su hijo nunca se sintió cómodo. Hoy, ya entrando en la adolescencia, él se siente frustrado y lleno de la misma desesperación que quizás ella solía sentir, pero no recuerda.

Además, el chico no deja de preguntarse quién es y donde está su padre, un hombre del que Jennifer no supo más, como si la tierra se lo hubiese tragado. Ella evita darle detalles, no los tiene. Tampoco posee una historia bonita que contar.

Pero, sin duda, la situación empeoró cuando, tras más de trece años de entrega exclusiva, a esta mujer se le ocurrió volver a probar su suerte en el amor. Su hijo no lo aceptó. La rebeldía se potenció. No se entienden, casi no se escuchan.  

Los psicólogos, con quienes Jennifer ha conversado, afirman que su hijo tiene un cúmulo de rabia mal canalizada. Una mezcla entre haber lidiado con la partida de su abuela, el carácter de su madre, la ausencia de una figura paterna y su dificultad para establecer relaciones sociales con niños similares a él.

Pareciera que las relaciones tempranas nos definen.  De una u otra forma, en los primeros años de vida, las personas aprendemos la autovaloración sobre la base de los mensajes que nos dan nuestras figuras maternas o paternas. Ergo, el abandono no es una buena señal.

Hoy Jennifer cree que, aunque el tren biológico se alejaba, quizás ella no debió actuar como lo hizo. Al final, no tenía ni la más mínima noción de lo que implicaría ser madre.  Solo quería ser distinta a la suya y sin darse cuenta se convirtió en su fotocopia.  

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