Para las que alguna vez fuimos engañadas

Nos “conocimos” por teléfono en el 2014. En aquel entonces, yo trabajaba en una emisora y solía interactuar con mis fuentes de esa manera. Cuando me los tropezaba en persona, casi nunca sabía qué hacer. Además, los encuentros cara a cara siempre me restaban puntos especialmente porque soy la tipa con la gestualidad más delatora del mundo. En menos de un minuto, mi entrevistado podría adivinar si su respuesta me parecía una soberana estupidez o si me estaba encantando su manera de pensar. Este caso no fue la excepción.

Dos años más tarde, empezamos a trabajar juntos en uno de los tantos proyectos que mis 27 años podían impulsar de manera simultánea. Sentí una afinidad de esas que comienza con un “no”, “no vale, no”, “Ay, no sé ¿será que si?”. Sin embargo, nunca me detuve a pensar en eso pues se trataba de un hombre casado, ergo, prohibido. No era una mojigatería sino la promesa de no reincidencia de una especie de adicta a las relaciones conflictivas.

Ya yo había sido “la amante” en dos oportunidades. Lo fui a consciencia, lo asumí así, nadie se iba a divorciar y, de hecho, ambos “amaban” a sus esposas y “jamás” se separarían de ellas. Fueron relaciones efímeras, pero donde finalmente me hallé sufriendo. Me desmoronaba pensar en el daño que “yo” les ocasionaba a esas mujeres que seguramente no sabían nada de mí existencia, me aterraba ser descubierta, me daba aún más pánico que fuera a través de un escándalo callejero, pero lo que más me jodía era descubrirme casi todos los domingos por la tarde anhelando momentos que estaban vetados para el “cargo” que yo ostentaba en aquel trío que simulaba ser dúo, preguntándome ¿será verdad que la ama? ¿Se puede amar y engañar al mismo tiempo? ¿Todos los hombres en algún momento de su vida necesitan traicionar a quien eligieron como compañera? ¿Ellos realmente entienden que se trata de una traición? ¿Será que la monogamia no sirve?

Las amantes, sépanlo, no siempre son las tipas malas que gozan y chulean, porque se saben más “jóvenes” o “explotadas” que la oficial. A veces, son mujeres atrapadas en sentimientos e historias de las que no saben cómo salir, jevas inseguras que se engañan a sí mismas pensando “bueno, no importa, mejor que sea así porque yo igual no estoy para compromisos”, mientras sufren cuando alguien les pregunta por su pareja o perciben que el reloj biológico avanza y el chance de ser mamás se va con él. Y no, yo no iba a volver a caer en esa paja. Mejor sola que mal acompañada o acompañada a medias, me repetía.

No obstante, un par de meses después yo estaba ahí: sentada en un mueble escuchando a un tipo decirme entre lágrimas que su matrimonio dejó de funcionar “mucho antes de mí” y que ambos, de mutuo acuerdo, habían decidido separarse. Pero de ese hilo, yo ya tenía un rollo. Entonces, intenté llevar la situación al estatus de esos amoríos que yo no deseaba repetir, pero que al menos tenían un punto a favor: eran honestos conmigo.

“Ven acá papi, háblame claro que yo no tengo peo con eso. ¿Qué quieres tú? ¿Un polvo? ¿Una aventura?”, le pregunté. Acto seguido, me dispuse a escuchar toda la verborragia que diría no, por favor, eso no es así, tú no eres mujer para un polvo y ya, yo contigo quiero todo, mientras yo pensaba “ajá, todo, menos dejar a la esposa”. Pero no, no pasó. El tipo se indignó, se paró y se fue. Imagínense, ¿cómo era posible que él por fin abriese su golpeado corazón y yo no estuviese dispuesta a creerle?

Con el paso del tiempo, yo, que hasta ese día al menos rescataba ser la amante que sabe que el tipo no duerme en otra cama ni está con la esposa “solo por los niños”, caí en una extraña pero extrañísima red de mentiras, en la que me vi atrapada por al menos 3 años.

Fui la amante sin saberlo, la que metió al tipo y su decena de camisas a vivir en su casa, la que visitó sus espacios y no halló ningún rastro de otra, la que se exhibía publica y relajadamente, la que se creyó el cuento completo. Hasta que el temido show llegó.

Era una tarde de agosto, cuando la bandeja de entrada de mi Facebook estalló en insultos feroces, aunque bastante clichés. Siempre me he preguntado ¿por qué ante una infidelidad masculina, la mujer engañada culpabiliza a la “prostituta” que “se le metió por los ojos” a su esposo y exime de culpas al tipo? La otra no te está engañando ni rompiendo ninguna promesa porque quien se caso contigo fue él, no ella. Supongo que forma parte de ese raro machismo que las mujeres odiamos, pero que sin notarlo reproducimos a cada instante.

No sabía cómo actuar. Respiré. Realicé un par de capturas de pantalla para enviárselas a una amiga, que minutos después estaba en mi casa: “¿Qué quieres hacer?”, me preguntó. No sé… ¿llorar?, le dije. Pero las lágrimas no salían, tardaron muchas semanas en salir. Algo me decía que debía mantener la guardia en alto. Viví el acoso, un acoso brutal, de ambos durante varios días, cada uno con su versión particular de los hechos. La daga final llegó cuando ella decidió reenviarme las notas de voz que él le había enviado, esas donde “Jessica no significa nada para mí” y “yo solo te amo a ti, mi amor”. Escucharlas, y créanme lo hice una y otra vez, abrió el umbral a otro nivel de dolor e instauró en mis adentros la idea de que yo no podía ni debía confiar en nadie. 

Yo nunca imagine esto, me repetía. Pero ¿realmente nunca te lo imaginaste?, me preguntaba después. De repente, noche tras noche, fui recordando capítulos con demasiada nitidez: con razón tal día llegó tarde, seguro por eso no me acompañó a tal fiesta. Hurgué conversaciones viejas, invoqué recuerdos que creía insignificantes, me auto flagelé una y mil veces. Desde afuera, tras el paso de los días o cuando cesa el amor, todo se ve más claro: No, Jessica, él no ponía su teléfono modo avión para cenar en paz contigo. Lo hacía para no recibir las llamadas de la esposa frente a ti.

¿Realmente es tan malo pensar que un tipo pueda desconectarse para estar relajado en una casa compartida por ambos? Tal vez no. Pero no albergar malos pensamientos es —por los que siempre saben más que tú y por ende pueden juzgarte— ser “ingenua” y eso se paga caro. De esta forma, empecé a culparme por “no haberme dado cuenta antes”.

Con el tiempo y la madurez, una deja de lado esa rara e inútil tendencia a buscar siempre un culpable. Asume lo que le toca y remata con un “él sabrá lo que hizo y por qué” y listo, ya fue. Lo realmente difícil es ponerse a trabajar en las necesarias reconstrucciones, especialmente porque ese proceso incluye algo que parece una nimiedad, pero no lo es: entender que una mala experiencia no te puede llevar a generalizar o reproducir lo malo.

Estoy segura que todas las personas que atravesamos por capítulos similares, nos descubrimos mirando de reojo a nuestra siguiente pareja mientras pensamos “este cree que yo soy pendeja, ese contacto que dice mamá en realidad es la amante” o “¿con quién se estará riendo este perro?”, aunque en realidad el tipo ande viendo memes sobre como unos locos tomaron el Congreso de EE.UU.

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