Perder el equilibrio por amor

Cuando se conocieron, ambos estudiaban Ingeniería Civil en el estado Carabobo. Ella era de Maracay y José tenía un apartamento en Valencia.

Al poco tiempo de empezar a salir, él planteó la posibilidad de vivir juntos para que así ella no tuviese que viajar todos los días de una ciudad a otra.

Eran una pareja en sintonía, transitaban el mismo camino a un ritmo similar. Pero un día la vida de José se complicó. Tuvo que abandonar los estudios y ponerse a trabajar. Se fue retrasando en la carrera y su tiempo libre era cada vez menor.

A pesar de eso, él estaba cómodo con su relación, tenían casi ocho años juntos, y aunque nunca se casaron, él la sentía su legítima esposa. Quería más, siempre quiso más.

Por eso, vio lo que quería ver y se hizo el pendejo ante cualquier señal que pudiera infringirle dolor.  Su pareja se graduó y partió. José perdió el trabajo, no terminó la carrera, y se quedó estancado en un mismo pensamiento: “ella se aprovechó de mi”.

Tras la ruptura, todo fueron ataques de pánico, obesidad, problemas de tensión, arritmias y depresión. Cuando creía estar tocando fondo, se daba cuenta que podía cavar aún más.

Entonces, buscó ayuda profesional pero los psicólogos solo le hablaron de “patrones de conducta” y, a su juicio, lo tipificaron como “a uno más del montón”.

En medio de su desesperación, una tarde cualquiera, empezó a escribir en papelitos todos los mantras habidos y por haber, las frases de libros que parecían escritas para él.

Luchó con todas sus fuerzas para abandonar el “consumo compulsivo” de pornografía. El porno –confiesa- le generó muchísima dependencia. De igual forma, dejó de visitar burdeles y evitó el alcohol. Empezó a hacer ejercicio y retomó la universidad. 

Hizo las cuentas y se percató de que tenía todo para ser feliz, solo necesitaba entender ¿por qué quería seguir deprimido? ¿Qué le impedía celebrar sus pequeñas victorias? Aún no lo descubría, pero optó por ser más amable consigo mismo y con su entorno.

Entre avances y retrocesos, percibió que el dolor se había ido y -como suele suceder- su ex olfateó que estaba siendo superada y decidió regresar. Ella gritó a los 4 vientos su arrepentimiento, pero él ya no quería que su pasado se volviera presente.

“Fuimos felices en algún momento y yo solo quería mantener ese instante por el resto de mi vida, pero no se pudo y hoy solo somos dos desconocidos que alguna vez vivieron juntos”.

Pero, a pesar de las lecciones aprendidas y algunas atracciones mutuas, José sigue solo. Cree que es la mejor manera de mantenerse alejado de los problemas. Sus excusas me recuerdan una de mis escenas favoritas de comer, rezar y amar, cuando Ketut Liyer le dice a Liz que “a veces perder el equilibrio por amor es parte de vivir una vida equilibrada”.

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