Pretty Woman

1 de enero. 2:30 am. Todos se fueron a dormir. Yo intentaba soltar mi ansiedad: “Ya pasó. Se acabó diciembre. Todo está bien”. Tomé agua, respiré, sentí cierto alivio, y de repente: un pico de energía.

Tenía ganas de salir a correr por toda la ciudad. Juro que hubiese podido hacerlo sin cansarme. Estaba en casa ajena así que ni siquiera me planteé la posibilidad de bajar a las áreas comunes.

Entonces, tomé mi tablet y decidí ver algo que me diese sueño. Es decir, algunas de esas producciones diseñadas para no hacerte pensar, a las que me gusta llamar “películas tonticas”.

Y ahí estaba: “Pretty Woman” como tendencia número 1 en Netflix.

La había visto hace más de una década, pero creí sabérmela a la perfección.

Suelo recordar casi todas las películas “tonticas” donde aparecen las mujeres más bellas (físicamente) del mundo: Julia Roberts, Jennifer Aniston, Scarlett Johansson y Anne Hathaway o los hombres más sexys: Richard Gere, George Clooney, Chris Hemsworth, etc.

Listo, le di play, dispuesta a ilusionarme con la posibilidad de que un millonario, con unas canas espectaculares, llamado Edward Lewis, se enamorase de una prostituta, Vivian Ward, en tan solo una semana y fuese capaz de cambiar su forma de obrar, vencer su miedo a las alturas y al amor, que tal vez y sea lo mismo, todo en medio de una banda sonora maravillosa.

Eso quería. Anhelaba encontrarme con la misma historia de amor que había visto en mi adolescencia, maravillarme con la “nueva cenicienta” y su final feliz.

En cambio, terminé reflexionando sobre lo jodida que es la prostitución, pensando en el camino que conduce a ella, en aquello que las hace permanecer ahí. Luego, odié al proxeneta y me quebré con las prostitutas que eran halladas muertas.

Me dio rabia ver como un aspecto de nuestra vida nos puede marcar para siempre ante los ojos ajenos, como si la mujer que tuvo problemas con el alcohol estuviese condenada a ser vista como “la alcohólica” toda la vida y, de una u otra forma, esa misma etiqueta la puede llevar a recaer en el vicio una y otra vez.

También sonreí irónicamente cuando evidenciaron como tener dinero puede garantizar que un amplio sector de la sociedad te trate bien, te “respete”, te considere digno de entrar a tal o cual lugar, de comprarte un vestido o unos tacones, pero no te garantiza estar rodeado de gente valiosa o que al menos te aprecie. 

Esta vez no me conmoví con el final feliz sino con la escena en la que Vivían le cuenta a Edward sus amores erráticos, esa rara fascinación por los “vagos”, los tipos “malos” que podía oler a kilómetros de distancia, y de los que terminaba inevitablemente enamorada, sin importa que ellos fuesen sumamente crueles con ella.

Entrelíneas vi todas sus carencias y traumas, el alejamiento familiar, el miedo a decepcionar, lo frágil que te vuelves cuando no tienes un círculo de contención.

Lloré cuando hablaron de lo fácil que es internalizar las cosas malas que nos dicen y como a veces nos cuesta la vida entera creernos las buenas.

Al terminar la película también me detuve a ver la portada original y de repente el cuerpazo de Julia Roberts se veía aún más cuerpazo.

Entonces leí que en aquel afiche la cabeza de Julia se superpuso encima del cuerpo de Shelley Michelle, considerada la doble más famosa de la historia del cine, por su figura escultural.

De pronto, el cuerpo que yo había admirado desde la adolescencia, el de Julia, tampoco fue suficiente para la industria, la misma industria que nos enseñó a jamás estar contentas en nuestras propias carnes. 

Igual Julia nunca fue la primera opción para esta historia. El papel fue pensado para Molly Ringwald, quien lo rechazó porque no se sentía cómoda con la idea de hacer de prostituta. También lo despreció Sandra Bullock, Sarah Jessica Parker y Daryl Hannah, esta última porque pensaba que el rol de trabajadora sexual denigraba a la mujer.

El problema, tal parece, es que te vean como prosti, no los motivos por los cuales existe “el oficio más antiguo del mundo”, los clientes que lo sostienen, los proxenetas, los constantes maltratos o asesinatos de trabajadoras sexuales.

De esta forma, mi año inició con una revelación clicherosa: yo ya no soy la misma que hace 10 años, puedo releer un libro o una película y entenderlas, sentirlas, de formas completamente diferentes. Las maneras actuales me gustan más.

Me enorgullece haber pasado de la fascinación por el sugar daddy de antaño que rescata a una pobre mujer hacia una lectura más compleja y real de la vida.

Este 2024 celebro la única certeza que tengo: no seré exactamente la misma que en 2023 y eso está bien. 

Por: Jessica Dos Santos

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