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Pueden olerte

Tras ver “Bebé reno”, recordé algunos episodios personales que, aunque no se acercan a los narrados en la serie, han -de una u otra forma- marcado algunas etapas de mi vida. 

Todos ellos están relacionados a esa frase de Richard Gadd: “El abuso dejó una herida tan profunda en mi que los abusadores podían olerla”.

Yo siempre tuve una tendencia amorosa a “rehabilitar” tipos, es decir, a conseguirme hombres que no estaban haciendo un carajo con su vida (entiéndase estudiar, trabajar, crear, etc) y querer convertirlos en proezas de la humanidad.

En la mayoría de los casos, nadie o casi nadie creía en ellos, al menos no las personas más importantes de sus vidas (progenitores, núcleo familiar). Entonces, llegaba yo a decirles lo que a mí nunca nadie me había dicho: “Tú puedes, eres bueno, creo en ti”.

De una u otra forma, me empeñaba en dar lo que no me dieron, en hacer lo que no habían hecho conmigo o lo que yo tantas veces quise, esperé, busqué.

Recién salí de bachillerato, me empaté con un carajo así. En cierta manera, “enderecé” su vida. Pero, cuando sentí que su bienestar estaba arrasando con el mío, decidí terminar con aquella relación.

Esa ruptura fue sumamente complicada porque él insistía en que iba a quitarse la vida y yo le rogaba que no lo hiciera hasta que una tarde esgrimí: “dale, hazlo”, desconecté el teléfono y me entregué al pánico de pensar que quizás lo hacía y sería “mi culpa”.

Ese era otro factor común: todo, siempre, era mi culpa.

Yo era “mala”, y cuando intenta no serlo, igual no era lo “suficientemente” buena, para nada o casi nada, pero seguramente “si daba un poquito más” lo sería. Tal vez entonces me reconocerían, querrían, etc. Un ciclo enfermo.

Con el paso de los años me fui tropezando con personajes aún peores. A mitad de carrera, salí con un chamo que me trataba tan extremadamente bien que no podía ser real. “Que bolas, estás tan acostumbrada a lo malo que dudas del que te trata bien”, me dije.

Pero, con el transcurrir de las semanas, mi primera impresión se hizo real: celopata, violento, especialista en aislarme de mi circulo amistoso. Aquello terminó con una denuncia y su madre clamando por él. A veces, detrás de los enfermos, hay familiares que creen que encubriendo ayudan.

Después, hubo un par de mentirosos con estadías cortas en mi vida: tipos que parecían geniales pero eran expertos en mentir una y otra vez, los reyes de la “infidelidad”.

Sin embargo, el pico de todo eso, llegó hace unos años, cuando conocí a quien parecía ser el tipo más brillante, agradable, caballero, maduro, especial. Un cuarentón, “divorciado”, pero buen padre, con una hija cuasi súper dotada.

El carajo hizo un minucioso trabajo de investigación y estudio sobre mí. Al principio, parecía algo destinado a enamorarme y que de pinga ¿no? Si a veces los maridos no saben ni cuál es nuestro color favorito aunque nos vistamos de morado todos los días.

Pero, no, aquello no era bueno.

Él me escuchaba atentamente porque así obtenía todas las herramientas que necesitaba para calcular mis miedos, lo que sentía, anhelaba, y jugar cada ficha a su antojo.

Era un suerte de camaleón, iba tomando la forma que él, yo, o la situación necesitase.

Cuando algo parecía develar su verdadera forma, construía una red de historias simultáneas que me hacía perder el foco. Iba manipulando la realidad de una forma tan abismal que, al final, la loca siempre era yo.

Tenía una manera de mentir tan brutal que yo jamás creería que aquello que decía era falso.

Básico: yo no tengo una mente tan perversa como para imaginar que alguien es capaz de inventarle un cáncer a su papá, por ejemplo, pero pasó, eso pasó, y yo fui la pendeja que busqué ayudas médicas para el suegro desvalido al que yo jamás había visto… porque no, nunca lo vi, así como tampoco interactué con su hija la súper dotada.

Pero, claro, todo esto tenía “una razón de ser”.

Yo terminé casi oculta porque su “expareja” era una “demente” que podía atentar contra mi vida, una vida que –a esas alturas- ya parecía una telenovela, totalmente absurda, pero en la que me era imposible no creer.

En aquel momento, todo encajaba, aunque hoy – en retrospectiva- vea que absolutamente nada tenía sentido. De hecho, fue muy difícil dejar de sentirme una idiota por haber caído en eso.

Mientras todo ocurría, él me adulaba, me hacía sentir la mujer más inteligente y “con futuro” del mundo, pronunciaba esas oraciones que yo nunca había oído pero siempre necesité, recreaba como posibles mundos irreales, y, a la par, me mantenía ocupada: incluso haciendo labores que le correspondían únicamente a él, por las que se llevaba el crédito una y mil veces.

Hoy, no sé si lo que yo sentía era “amor”, pero lo cierto es que no podía dejarlo, no encontraba la manera de salir de esa relación, me generaba adicción.

En algún momento, mi psicólogo me explicó que los psicópatas te mantienen en un estrés constante que te hace segregar tanto cortisol que se va deteriorando tu cerebro. Entonces, empiezas a confundir cosas, a perderte, y eso hace que te dominen cada vez más.

Pero, lo más importante, me hizo comprender que algunos, tal como dice Richard Gadd, tenemos heridas abiertas, cuyo olor atrae a los cazadores. No sirve perfumarlas y cerrarlas cuesta mucho.

Superar la inseguridad, las carencias afectivas, dejar de odiarse, de buscar en una pareja lo que nunca tuviste en tu núcleo familiar, abandonar el espíritu de rescatista, de mujer que debe comprender porque es incomprendida, que da y da y da a ver si por fin recibe, es un trabajon.

Pero vale la pena ponerse en eso… porque es la única garantía que tenemos de romper el bucle y conocer la felicidad que otorga un amor sano, una vida en paz.

Por: Jessica Dos Santos

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